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jueves, 24 de noviembre de 2011

El enigma del agua en Cordoba



A continuacion exponemos la distribucion y usos del agua en la Cordoba Musulmana transcribiendo el articulo de Cherif Abderraman jah y Margarita Lopez en su libro el Enigma del Agua en Al-Andalus .

Dice Ibn Jaldun, el famoso sociólogo tunecino de origen andaluz del siglo XIV, en su obra Al-Muqqadimah, que para que la vida en una ciudad sea grata, es necesario atender, al fundarla, a varias condiciones. En primer lugar, a la existencia en su solar de un río o de fuentes de agua pura y abundante, pues el agua, “don de Allah”, es cosa de capital importancia.

El agua en el mundo islámico sirve, ente otras cosas, para satisfacer la higiene de los musulmanes, para el consumo doméstico y agrícola, y para el uso cortesano y religioso. En la ciudad hispano-musulmana, el agua se encuentra en casas, palacios, fuentes públicas, hammams, o baños, depósitos y canalizaciones urbanas.

Al llegar los musulmanes a la Península Ibérica encontraron numerosas ciudades hispano-romanas con una infraestructura de canalizaciones, pero con notables destrucciones y deterioros. Sobre esas ruinas, fueron levantando los árabes nuevas ciudades, respetando lo útil y aportando la definitiva configuración de la ciudad hispano-musulmana. A esta clase pertenece la principal ciudad de al-Andalus: Córdoba,

El agua, esa “bendición de Allah”, ya que se consideraba un acto piadoso y benéfico, meritorio de recompensa divina, el proveer de agua a los musulmanes. El agua se consideraba necesaria para cubrir las necesidades del cuerpo y del espíritu, e imprescindible para toda la Creación.

El agua pública y los aguadores

En la morfología de la ciudad había fuentes públicas (sabbala), adosadas a los muros de las casas y decoradas con vistosos azulejos polícromos, que proporcionaban agua a los cansados viandantes para beber o para sus abluciones. Proveían también a las mujeres y a los muchachos más humildes que no disponían de ella en sus casas. Estas fuentes se localizaban cerca de la mezquita o de la madraza, y en las puertas de acceso de la ciudad, donde se aglomeraban los viajeros recién llegados y la multitud que acudía a los mercados de ganado, que solían instalarse fuera de las murallas, junto a sus puertas principales.

En Córdoba, durante el siglo IX, el emir Abderrahman II mandó construir un gran depósito que recogía el agua sobrante del suministro de sus alcázares, para que fuese aprovechada por el pueblo. Se instaló el depósito junto a la llamada Puerta de la Celosía (Bab al-Musabbak). Un siglo después, su descendiente, el califa Abderrahman III, hizo construir junto a ese depósito un pilón con tres tazas superpuestas a las que abastecía un surtidor, para que los cordobeses pudieran proveerse de agua con mayor facilidad.

El agua pública era también objeto de pequeño comercio, ya que innumerables aguadores (sakka) recorrían las calles con el tintineo de sus vasos de metal, transportando el preciado líquido en odres de cuero. Ofrecían a voces la bebida en las tardes de calor, o llegaban hasta las casas para vender su mercancía a domicilio, por unas monedas.

La figura del aguador ambulante y vocinglero, nos ha sido familiar hasta hace pocos años, los aguadores llevaban el agua cristalina de los qanats desde las fuentes a las casas, transportándola en borriquillos, aún en pleno Siglo de Oro. Esta costumbre causaba extrañeza a los extranjeros que visitaban la capital en aquella época.
Los aguadores transportaban el agua a lomos de una acémila desde el Guadalquivir, y la vendían en los barrios de su ciudad. Había una auténtica ordenanza que regulaba la actuación de estos aguadores, y que recoge con gran meticulosidad Ibn Abdun en su tratado de hisba.

Se establecía que los aguadores tuvieran un lugar reservado a la orilla del río Guadalquivir, en un pequeño muelle o tinglado de madera, río arriba, donde la corriente fuese menos fuerte. Se prohibía a los barqueros o a cualquier otra persona que les disputasen a los aguadores el disfrute de este derecho.

El punto en el que los aguadores debían sacar su agua, se determinaba exactamente en la ordenanza. En ella se establece el límite entre el flujo y reflujo marinos, prohibiéndose el acceso a este lugar a toda persona que no perteneciera a la corporación o cofradía de los porteadores de agua. Con ello se demuestra palpablemente que el oficio de aguador estaba perfectamente organizado y regulado en la Sevilla andalusí.

Continuaba la ordenanza estableciendo que la infracción de esas disposiciones sería castigada con prisión o con pena corporal, según estableciera el muhtasib. También se encargaba al muhtasib, o almotacén, que vigilara a los aguadores, para que no tomaran el agua en aquellas zonas del río pisoteadas por las acémilas, ya que estaban sucias y turbias.

El tratado de Ibn Abdun nos sigue suministrando curiosos datos sobre las costumbres “fluviales” de la población, tanto femenina como masculina, de la Sevilla andalusí: Dice que hay que prohibir a las mujeres que laven la ropa en el lugar donde los aguadores sacan el agua del río, porque lavan su ropa interior sucia, y por ello es necesario que laven en un lugar del río, más discreto y preservado de la vista del público.

Igualmente, se establece la prohibición de arrojar basuras y desperdicios al río Guadalquivir .

Las conducciones urbanas y domésticas

Pero la mayor parte de las casas de la España musulmana contaba con aprovisionamiento de agua potable, ya fuera procedente de un pozo o aljibe situado en el patio interior, o por medio de canalizaciones que la traían desde más lejos.

El pozo o aljibe doméstico se aprovisionaba del agua de lluvia, que desde los desagües de las azoteas iba resbalando por cañerías de arcilla hasta acumularse en el depósito. Para evitar el arrastre de impurezas con el agua, se ponían unos filtros en la desembocadura de los depósitos, que se limpiaban periódicamente.

El patio, incluso el más humilde, podía de esta forma permitirse el lujo de tener un pequeño surtidor para hacer más fresca y agradable la estancia familiar, complementándose su sonido, especialmente al anochecer, con el denso perfume de los jazmineros que trepaban por las paredes. Si la casa era pudiente, el patio y las salas de estar se adornaban con un estanque o alberca, llevando el refinamiento hasta lo indecible, como se ve más adelante.

La preocupación de los soberanos de al-Andalus por el aprovisionamiento de agua para las ciudades, se hace patente en la gran cantidad de redes de canales y acueductos que abastecían los distintos enclaves urbanos. Ese es el caso de los dos famosos acueductos que, en el siglo X, llevaban el agua a Madinat al-Zahra para abastecer aquella inmensa ciudad-palacio, cuyo subsuelo era una maraña de tuberías, muchas de ellas de plomo, según han podido descubrir las excavaciones arqueológicas. En Sevilla, el califa almohade Abu Yaqub Yusuf, mandó construir los llamados “caños de Carmona”, que traían el agua a la ciudad y a la Buhayra. En Córdoba y en Toledo, hacía subir el agua del Guadalquivir y del Tajo mediante una noria.

El sistema de abastecimiento de Madinat al-Zahra debió ser grandioso. El agua se captaba desde la zona serrana de la hoy llamada Santa María de Trasierra, a dieciseis kilómetros de Córdoba, y desde allí discurría, unos tramos bajo tierra y otros en superficie, atravesando montañas, barrancos y valles mediante acueductos –como el Valpuente o el del arroyo de las Viejas–, hasta el canal de entrada al recinto palaciego de al-Zahra.

Higiene y costumbres saludables

La higiene del cuerpo ha sido y es un precepto socio-religioso para las gentes del Islam. Aparte de la higiene natural del cuerpo, el musulmán realiza una serie de actos purificación preceptivos, como son las abluciones rituales anteriores a las plegarias y después del acto sexual. Además, el buen musulmán no debe comenzar a comer sin haberse lavado previamente las manos y, una vez terminado el condumio, debe lavar de nuevo sus manos y enjuagarse la boca.

En torno a este acto se desarrollaba en el hogar andalusí todo un repertorio de artesanía doméstica del agua, desde jarras y jofainas de burda loza o de cerámica fina, hasta aguamaniles repujados, de cobre o plata, que se exhibían con pulcritud ante los invitados de la casa, dependiendo del nivel económico de la familia.

El jabón de olor y la toalla acompañaban al agua en este ritual, para el perfecto remate de la higiene de los comensales. Al final, en las casas pudientes, aparecerían los picudos perfumadores de cristal de roca o de plata, rociándolo todo –comensales y alfombra–, con agua de rosas de Alejandría o de China.

Para el lavado corporal, entre las clases humildes se utilizaba un barreño grande y aguamaniles, mientras que las gentes acomodadas tenían bañeras (abzan) en baños unipersonales, y las clases aristocráticas presumían de poseer en sus palacios un conjunto de salas de baño, con una estructura semejante a las termas romanas. Eran los hammams, que también podían ser de uso público.

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