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miércoles, 2 de enero de 2013

Córdoba y al-Andalus, según un viajero -Ibn Hawqal-, en la segunda mitad del siglo X

Segun"anales de la cordoba musulmana", de Arjona castro, en su documento núm. 164 961 "La ciudad más grande de al-Andalus es Córdoba, que no tiene su equivalencia en el Magreb, más que en la Alta Mesopotamia, Siria o Egipto, por la cifra de población, la extensión de su superficie, el gran espacio ocupado por los mercados, la limpieza de los lugares, la arquitectura de la mezquita, el gran número de baños y posadas. Varios viajeros originarios de esta ciudad, que han visitado Bagdad, dicen que ella equivale a uno de los barrios de la ciudad mesopotámica. El señor de esta capital, ‘Abd al-Rahman ibn Muhammad, fundó al oeste de Córdoba una ciudad que llamó Zahra’, sobre el flanco de una montaña rocosa de superficie lisa, llamada Yabal Batlash; él trazó allí mercados, hizo construir baños, caravasares, palacios, parques; invitó al pueblo a vivir allí y ordenó promulgar por España la proclamación siguiente: ‘Quien quiera construir una casa o elegir un local de habitación próximo al soberano, recibirá una prima de 400 dírhemes." Un río de gente se apresuró a edificar; lós edificios se hicieron densos y la popularidad de esta ciudad adquirió proporciones, hasta el punto de que las casas formaban una línea continua entre Córdoba y Zahra’. El príncipe transportó allí su tesoro, sus despachos, su prisión, sus depósitos y sus aprovisionamientos. Todo esto ha sido trasladado y vuelto a traer a Córdoba, porque los Omeyas tuvieron temores infundados sobre esta ciudad, y porque adquirieron mal presagio de los hombres que allí murieron y del pillaje de todos sus aprovisionamientos. Yo he oído contar a más de un perceptor digno de confianza, funcionarios que conocen a fondo las imposiciones levantadas sobre el país y la renta de ‘Abd al-Rahmán ibn Muhammad, que el total de las rentas hasta el año 340 =951 no era inferior a 20 millones de dinares, poco más o menos, sin contar las mercancías, las joyas labradas, los aparejos de navíos, así como las piezas de orfebrería, cuyos príncipes no pueden pasar sin ellas. Después de la muerte de ‘Abd al-Rahman ibn Muhammad, en el año 350 =961, la autoridad eligió a su hijo Abú ‘Abd al-Hakam ibn ‘Abd al-Rahmán. Este sometió a confiscaciones a los cortesanos de su padre, se apoderó de las riquezas de sus servidores y ministros que habían vivido continuamente a su alrededor. El resultado de esta operación se elevó a 20 millones de dinares, total sobre el que las personas competentes están de acuerdo, facilitando incluso detalles. Esta enorme fortuna no ha sido igualada en su época, en el país del musulmán, más que por las afrentas de Gadanfar Abú Taglib ibn Hasan ibn ‘Abd Alláh: este último había operado nuevas tomas sobre las sumas manejadas por los notables en la Alta Mesopotamia y en ‘Iráq. El conjunto había sido superior a la cifra ya nombrada, se dice incluso que se elevaba a 50 millones de dinares. Pero Dios hizo cambiar su fortuna y le hizo perder esta opulencia, abandonándole y debilitándole. Es así como el Altísimo tiene la costumbre de actuar en caso de beneficios ilícitos, cuando una fortuna es adquirida por la codicia, la injusticia y procedimientos deshonestos.
La mención de la suma que acabo de citar permite recordar la aventura del desgraciado, hijo del desgraciado, cuyas actividades fueron reducidas a la nada por Abu ‘Amir ibn Abi ‘Amir, director actual de las monedas en España. Este gozaba en distribuir dinero y el que había recibido se lo vio confiscar; también él, que no había podido aprovecharse de ello, debía reconocer su propia falta. Córdoba no es quizás igual a una de las dos mitades de Bagdad, pero no está muy lejos de serlo. Es una ciudad de un muro de piedra, provista de hermosos barrios y vastas explanadas. Hace mucho tiempo que el soberano de esta ciudad reina sobre ella y tiene su residencia y su palacio en el interior de la muralla que la rodea. La mayoría de las puertas de su palacio alcanzan el interior de la ciudad por varios lados. Dos puertas de la ciudad, abiertas en la misma muralla, dan sobre la ruta que lleva de Rusafa al río. Rusafa se compone de alojamientos que forman la zona alta de la ciudad, y cuyas construcciones alcanzan el barrio bajo. Es una aglomeración que rodea la ciudad por los lados este, norte y oeste; el sur da sobre el río, a lo largo del cual se desarrolla la ruta llamada al-Rasif. Es en el barrio donde se encuentran los mercados, tabernas, caravasares, baños y moradas de las clases inferiores de la población. La mezquita aljama que es muy bella y grande, se encuentra en la misma ciudad; la prisión está situada en su vecindad. Córdoba está muy separada de las casas de sus barrios, que no la alcanzan de una manera inmediata. La ciudad está admirablemente dispuesta. Más de una vez he dado la vuelta a la muralla en una hora; es una muralla de forma circular, muy sólida y de piedra. Zahra’ no ha conseguido jamás tener una muralla acabada. Tiene una bonita mezquita aljama, que posee una gracia propia, pero inferior a la mezquita aljama de la capital en estructura, capacidad y grandeza. Córdoba tiene siete puertas de hierro. Es una ciudad considerable y extensa, que presenta un plano elegante. Hay grandes fortunas, y el lujo se despliega de varias maneras, como son los tejidos y vestidos preciosos, en lino flexible, en seda basta o fina; o bien por las monturas ágiles y las diferentes clases de comestibles y bebidas. Sus soldados no presentan un espectáculo digno de ser visto, porque ignoran todo lo referente al arte y a las reglas de equitación, a pesar de su bravura y su costumbre de combatir. La mayoría de sus guerras se desarrollan en medio de estratagemas y astucias. Ni yo ni nadie hemos visto jamás un hombre montado sobre un caballo de pura sangre o un media pura-sangre, calzando estribos; son incapaces de ello; ninguno, a mi opinión, utiliza estribos, por temer, en caso de caída, que su pie quede enganchado. Así pues, ellos montan sus caballos sin silla. Los asuntos militares de ‘Abd al-Rahman ibn Muhammad y de sus predecesores no han comprendido nunca más de cinco mil caballeros, los cuales reciben un sueldo; su administración no preveía un número más elevado, porque el país está suficientemente defendido en las ciudades de las Marcas, por los habitantes de la península, lo que le pone al abrigo de los atentados del enemigo y de los cristianos de la vecindad. Aparte de ellos, no hay adversario que temer, y no hay por qué ocuparse de ellos. Solamente, de vez en cuando, la península ha sido atacada improvisadamente por los navíos de los normandos, de los turcos petchenegos y de algunos otros pueblos como eslavos, búlgaros, los cuales ocasionan estragos en sus provincias. Lo más a menudo, estos fueron obligados a retirarse después de haber sido puestos en fuga." de Ibn Hawqal, Kitab al-Masalik wa-l-Mamálik. Trad. María José Romani Suay. Textos Medievales n.º 26, Valencia, 1971, pp. 63 al 66

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