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martes, 20 de septiembre de 2011

Enigmas del Santuario de la Fuensanta.


    La aparición de la Virgen a Gonzalo García, cardador de lana, data según algunos autores del año 1420, aunque es probable que haya errores en la ó de las fechas, por los siguientes motivos según Rafael Martinez Castro en su escrito " Santuario de la Fuensanta de Cordoba": 
1. El día 8 de septiembre no fue sábado en 1420, se habla de esta fecha como el día de la aparición de la Virgen.
 2. En 1420 aun no era Obispo de Córdoba D. Sancho de Rojas, al cual pone como tal en la fecha de la aparición.
 3. El testamento otorgado por la viuda de Gonzalo esta pidiendo una fecha de aparición mas tardía de 1420, en que ya estaba casada y con una hija de no corta edad. 
3. Hay un periodo de tiempo demasiado largo entra la aparición y el movimiento devocionario hacia la Fuensanta. 
Por todo ello probablemente fue el 8 de septiembre de 1442, que es cuando si coinciden todas las circunstancias narradas con anterioridad. 

     Todos conocemos mas o menos la historia de la Virgen de la Fuensanta. A Gonzalo que era del barrio de San Lorenzo y tenia una mujer paralitica, ademas de que su única hija estaba loca, cuando iba por el vado del río que dicen del Adalid, se encontró con dos mujeres y un mancebo todos muy hermosos, la mas bella de ellas le dijo que tomara un jarro de agua de un charco, que le señalo, y lo diese a su mujer e hija para que recuperaran la salud. Los otros dos seres también le hablaron para que hiciera lo que le había dicho aquella señora, que no era sino la Virgen y ellos Santa Victoria y San Acisclo. 
    El sitio donde le señalaron para que cogiese el agua era una fuente que manaba de unas piedras y raíces de un cabrahigo. Cuando Gonzalo volvió a mirarlas ya habían desaparecido, entonces fue a comprar un jarro de bexcenno y regreso a la fuente, lo lleno de agua llevándoselo a su casa para que bebieran y así quedaron sanas ( manuscrito inédito de Vaca de Alfaro). 
     Parece ser que el jarro se conservo muchos años como una preciosa reliquia, era de barro vidriado y de color amarillo, incluso afirma Vaca de Alfaro que en 1671 lo tuvo en sus manos, mas de dos siglos después. 
     A pesar de todo ello siguen los problemas a la hora de fechar los acontecimientos, ya que la fecha que se ha asignado de  aparición de la Virgen, que no es otra que 1442 coincide con la que la mayoría de los autores dan para la revelación al ermitaño del lugar, donde se hallaba la imagen de la Virgen.
Así pues mencionada aparición habría que situarla entre 1442 y 1450, en el llano de la huerta de Albacete, rodeada por las que hasta ahora fueron las de la Fuensanta, del Cañaveral, de la Cruz...etc. 
     Al ermitaño al que le fue revelado que aquella antigua higuera encerraba en su tronco hueco una imagen de la Virgen María, dio cuenta de su revelación y el Obispo D. Sancho de Rojas, y este determino abrir el tronco, encontrando la figura. Algunos afirman que era de alabastro, otros de mármol y se encontraba hecha pedazos, los cuales se los llevo Gonzalo. 
     Se barajan dos Hipótesis: 
 1. La enterraron o escondieron allí como signo de veneración. 
2.  La escondieron precipitadamente por miedo a la profanación árabe. 

     ¿Es posible que en estos pagos hubiese un monasterio o una ermita anterior al santuario de la Fuensanta?
    ¿Tal vez fuese Santa María de las Huertas una ermita de los pagos de la Fuensanta y explicase así la existencia de la Imagen de la Virgen, encontrada rota en el interior del tronco del cabrahigo?.
    Una rotura provocada por lo que se venia encima, por la cercanía de las circunstancias que provocaron la necesidad de camuflarla lo antes posible.
    Todo un misterio, uno mas de los que guarda este santuario.
     Parece que la antigua imagen tenia en las espaldas unas letras góticas desgastadas que no se podían leer ( Ramírez de las Casas Deza, Indicador Cordobés). 
     Se hizo otra imagen de barro cocido, la que ha llegado a nuestros días  hecha en la década de los 50 o los 60 del S.XV. 
     Uno que ha pasado su infancia en estos pagos, asegura que era habitual ver por las huertas aledañas al Pocito, multitud de cabrahigos, higueras...etc. A escasos metros del manantial existía lo que los niños llamábamos el cañaveral. 


     Otro misterio de este paraje se encuentra en el Pocito, la restauración de este la formalizo probablemente entre otros Mateo Inurria , existe una inscripción que lo data en 1897. En fotos antiguas se aprecia claramente como una escultura de la Virgen coronaba a este, desapareció y en su lugar se puso una cruz bastante menos emblemática y representativa. 
     En 1450 aun no existía la iglesia, en 1454 ya la habían construido. En 1456 ademas de la iglesia se construyo un hospital. 
     Otra curiosidad es que el retablo donado por el cabildo, desde el año 1976 se encuentra en la iglesia de San Pedro de Nueva Carteya. 
    Independientemente de ser conocida esta iglesia por su Virgen, también lo es por su famoso
 "Caimán", cuya leyenda nos habla de un hombre cojo, que paseaba por el arroyo del entorno, cuando le salio de entre los cañaverales un caimán que le intentaba morder, este hombre arrójandole pan para distraerlo lo mato con su muleta. Otra tradición nos habla de un sentenciado al que se le encargo que terminara con el saurio a cambio del indulto. 
   En realidad y con toda probabilidad el caimán vino de América traído por algún indiano. Es curioso pero la existencia de un caimán o cocodrilo en una iglesia o templo no es original de la Fuensanta, muy al contrario hay un sin fin de ejemplos a lo largo de todo el territorio nacional , Jaén, Sevilla, Sonsoles, Berlanga, Santiago de la Puebla, y muchas otra comunidades cuentan con uno de ellos. Tampoco deja de ser curioso que las leyendas que se cuentan en estas localidades son todas muy similares, condenados que lo matan a cambio de su libertad, arroyos desde donde el animal  ataca a personas y animales..., historias que se repiten una y otra vez. 
     La exhibición de un saurio asociado al culto mariano en el interior de un recinto sagrado no es exclusivo de Córdoba, como ya dijimos. Recientemente, Joaquín Albaicín ha señalado la existencia de otro ejemplar en la parroquia madrileña de San Ginés, yacente en este caso a los pies de la Virgen de los Remedios. ¿Qué hay entre el caimán y la Virgen? . El propio Albaicín ha intuido detrás de nuestro cocodrilo la figura del Ammit egipcio (el Guardián de la Puerta, el Vigilante del Umbral), presente en pesada de las almas a la que todos estamos obligados tras nuestro apocalipsis particular, y cuya función es devorar a quienes no superen la prueba con solvencia. Representa la vía única por la cual todo ser ha de pasar necesariamente, y cuya boca será, «según el estado al cual ha llegado el ser que se presenta ante él», ya «Puerta de la Liberación», ya «Fauces de la Muerte»). En este contexto, a la Virgen le sería asignado el papel de o guía de almas: «modelo y puente entre lo terrenal y lo celestial, lo bajo y lo alto», la Virgen y el Caimán, la Dama y el Dragón, la Diosa y la Serpiente, la Bella y la Bestia.
     No podemos dejar un ultimo enigma en el tintero, esta vez se trata de una imagen de la Virgen y el niño que se encontró en 1976, en lo que entonces era la  huerta del patio, apareció bajo el pilar derecho de la entrada al jardín por el atrio, estaba hecha pedazos. Nuevamente una estatua enterrada y rota, es una imagen gótica..... umm demasiadas casualidades, actualmente se encuentra flanqueando las escaleras del patio de la iglesia de la Fuensanta.

viernes, 6 de mayo de 2011

Los poyos de Córdoba

    Los bancos de piedra estaban generalmente adosados a las paredes de las casas en la ciudad. En el setecientos en Córdoba se les llamaban "poyos". 
    Estas superficies además de para descansar apoyando las espaldas en la pared, resultaban muy útiles para poner a la venta los zapatos viejos. Según Ramirez de Arellano de aquí nace el dicho que cuando a uno le veían mal calzado, se le preguntaba 
"si calzaba en los poyos". 
    Estos también servían para vender comestibles, asimismo eran usados por los pobres y desocupados para pasar la noche, y en ellos se exponían los cadáveres de los desconocidos para que los viandantes los reconocieran..

El colmillo del elefante de la Mezquita - Catedral de Córdoba.

    El licenciado Tomas Moreno, Capellán de la Catedral, en un manuscrito fechado en 1735 nos llamo la atención sobre un lucernario en la catedral, del que pende un antiquísimo colmillo de elefante. De este afirma que mide un metro y cuarenta y siete centímetros. 
     Cuenta la leyenda que Abderraman tenia un fabuloso elefante y que lo cedió para acarrear material en las obras de construcción de la Mezquita, tanto se excedieron con el animal que un día murió de sobre-esfuerzo. Abderraman sobrecogido ordeno que se perpetuara la memoria del paquidermo, colgando uno de sus colmillos de la bóveda de las lucernas. 
     Pues bien ningún abderraman existía cuando verdaderamente se construyo esa cúpula, el colmillo fue colocado en época cristiana, no como exvoto sino como objeto simbólico. Los elefantes eran considerados tanto por su color como por sus formas redondeadas, como símbolo de nubes, así mismo se le atribuían virtudes como la templanza, sabiduría y eternidad.
     Estos fueron realmente los motivos de colgar el colmillo en nuestro templo magno, el resto lo añadió un pueblo añorante de la grandeza de otros tiempos. 
    Exposición basada en un articulo del ilustre cronista de la ciudad Miguel Salcedo Hierro.



jueves, 24 de marzo de 2011

Las obras del murallon.

    La petición de construcción del muro del murallón se fecha en 1773 y desde entonces la ciudad empezó a hacer acopio de materiales, para emprender la obra y a organizar corridas de toros para asegurarse una fuente de ingresos constantes ante la magnitud económica del proyecto.
     La orden para que comenzaran los trabajos se fecho en 1792, la obra no se terminaría hasta principios del S.XX.


 
Los trabajos sufrieron múltiples parones por la incapacidad técnica para resolver problemas de ingeniería hidráulica o por falta de recursos del municipio , de manera que esta defensa no se vería concluida más que a su mitad , esto es, hasta la Cruz del Rastro hacia el año 1852.


    Hasta 1882 no se continuó el proyecto (levantar el murallón desde la Cruz del Rastro hasta el Puente Romano) y la razón fueron las expropiaciones que exigía su realización. Se acabaron en el año 1905 .
    La ciudad, como agradecimiento al ministro de Fomento que facilitó su ejecución, el abogado motoreño Santos Isasa, decidió llamar al nuevo trayecto Ronda de Isasa».


    Por su parte, la actuación entre la Puerta del Puente y el Puente de San Rafael se inauguró en 1953 . En relación a la parte sur, terminaría de encauzarse en los años 60 del siglo XX.   Esta lentitud de los trabajos de amurallamiento, dará lugar a la típica expresión cordobesa  " va a tardar mas que la obra del murallón", pues esta no la vieron finalizar cordobeses de tres siglos.






jueves, 24 de febrero de 2011

Duque Cornejo y la Sillería de la Catedral de Córdoba.

Una serie de misterios rodean la sillería de la catedral de Córdoba, enigmas o interrogantes que trataremos de desmembrar en las siguientes lineas.
     La nueva capilla mayor de la catedral de Córdoba requería una sillería adecuada y nueva, pero los canónigos se vieron forzados a trasladar parte de la antigua sillería de la antigua capilla mayor al nuevo emplazamiento. 
Primer interrogante ¿donde se encuentra la antigua y original sillería de la primitiva capilla mayor de la catedral? , nada se sabe. 
     La sillería actual fue elaborada sobre 1750 por un artista de renombre de Sevilla, Pedro Duque Cornejo, y un equipo de artesanos. El proyecto fue enorme, empleando hasta 46 trabajadores a la vez y costando 913,889 reales y 6 maravedíes. Es una de las obras maestras del Barroco Español y el último coro tallado en madera de España. El escultor, a cambio de un salario anual de 300 ducados, acordó esculpir dos medallones para cada silla. Uno grande representando una escena de la vida de Jesús o la Virgen, y una pequeña representando un pasaje de la Biblia.Tuvo que competir con dos artistas renombrados hasta que fue seleccionado.Pero el brillante y consumado artista tuvo que someterse a unas condiciones en su contrato que son mas dignas de un autor novato que de un profesional cualificado y de importancia como el lo era.
    Segundo interrogante, ¿porque acepto las condiciones ingratas del cabildo cordobés? 
     Pedro Duque Conejo no llegó a ver su obra terminada. Murió a la edad de 80 años, justo después de presentar la último de sus esculturas en barro para su aprobación. Se enterró a poca distancia de su sillería (que se terminó unos meses después) en un funeral ostentoso pagado por la Iglesia.     
    Su lápida está al pie del Facistol ( Fuente: Orti Belmonte, pp.201-215). 
    Entre el facistol y la puerta principal de acceso, una lapida en mármol negro cubre los restos. En la parte alta de la lapida esta esculpido un escudo en el que se lee: 
 "Aquí yace Don Pedro Duque Cornejo estatuario de cámara de la Reina, varón de singular bondad y sencillez, celebre profesor de arquitectura, pintura y escultura, hizo la sillería del coro de esta santa Iglesia que concluyo con su vida el año de 1757 a los 80 años de su edad. Requiescat in pace". 
     En el año de 1883 y a causa del desgaste sufrido por el paso constante y por el tiempo fue restaurada y refundida la lapida por Mateo Inurria, este recibió por ello 35 pesetas 
     Tercer interrogante, ¿ porque elige su enterramiento en la catedral cordobesa en vez de por ejemplo en su catedral sevillana u otras en las que había participado?. 
     Hay quien afirma que esta fantástica sillería esconde misterios indescifrables, tallados maravillosos que en ocasiones están tan al detalle que solo pueden apreciarse con lupa. Una sillería sombreada, relegada a un segundo plano por el magnifico templo en el que se ubica, pero que por si sola seria de primer orden ante todas las sillerías del país

lunes, 14 de febrero de 2011

El enigma de " la cruz que hizo con la uña el cautivo" en una columna de la Mezquita de Córdoba.

En la Mezquita de Córdoba, en la ampliación de Almanzor, existe una columna que tiene tallada una cruz de 17 cm y lo que parecen señales de haber existido una cadena en ella. Cuenta la leyenda que en esa columna estuvo encadenado un cautivo cristiano que hizo resistencia contra el aumento de islamización de la sociedad cordobesa.
     Varios cristianos entraron en la Gran Mezquita y condenaron el Islam, provocando intencionadamente su propio martirio; Uno de ellos, como era demasiado joven en vez de matarlo lo ataron a una columna, convirtiéndolo en esclavo, para que se hiciera musulmán...Lo único que consiguieron es que se aferrara más a su religión tallando con sus propias uñas una cruz en la columna a la que estaba atado. 
      La leyenda del Cautivo Cristiano probablemente viene de la memoria histórica de un movimiento breve del siglo IX, cuando San Eulogio inspiró una resistencia contra el aumento de la Islamización de la sociedad cordobesa. Varios cristianos entraron en la Gran Mezquita y condenaron el Islám, provocando intencionadamente su propio martirio. 
     A la derecha de la columna existe un cartel pintado en la pared atribuible al S. XVIII con la traducción libre de la inscripción latina que viene a decir:

  EL CAUTIVO CON GRAN FE/ EN AQUESTE DURO MÁRMOL/ CON LA UÑA SEÑALO/ A CRISTO CRUCIFICADO/ SIENDO ESTA IGLESIA MEZQUITA/ DONDE LO MARTIRIZARON.

    La baranda delantera que la protege parece que fue colocada en el S.XVI. La cruz del cautivo se ubica entre la capilla de Nuestra Señora del Rosario y la de Epifanía. El cabildo la denominaba antiguamente como el "Cruxificado" pero el pueblo siempre le dijo "el Cristo". 
     Lo que verdaderamente existe es una cruz hendida en el marmóreo fuste de la columna. Encima de la cruz se nos ofrece la siguiente inscripción, " este es el santo cristo que lo hizo el cautivo con la uña".      En el flanco izquierdo de la columna, hay un tosco bajorrelieve de mármol que muestra la efigie de un hombre de mediana edad, arrodillado en dirección a la cruz de la columna, la figura tiene una soga al cuello y dos grilletes aprisionándoles los tobillos. La vestimenta ha sido estudiada por un profesor de la Escuela Superior de Arte de Córdoba y la describe como 
" Almilla de cuerpo, especie de camisola ancha, calzón recogido derivado de los Zagüelles moriscos y gorro o capuz".
     Este profesor, Ramón Gonzalez añade que esta era la ropa que usaban los"galeotes" en aquella epoca. Esto lo mando esculpir el racionero Baltasar Najera de la Rosa entre 1614 y 1627. 
     En un manuscrito de 1735, el capellán de la catedral Tomas Moreno, afirma que el arco se llama       " del Ahorcado", porque de el colgaron al cautivo. 
     Ante tales informaciones podemos sacar las siguientes conclusiones:
 1. La leyenda viene de una tradición lejana, es decir ya a principios del S.XVII se hacia referencia a ella.
 2. El lugar o ubicación de la inscripción en el fuste de la columna, se encontraba en sitio visible, dado que las capillas en el momento de los hechos aun no estaban construidas, por ello el cautivo estaría a la vista de los que por el templo se encontrasen.
 3. No parece lógico que un lugar sagrado sirviera como cárcel o lugar de tortura. 
4.Se necesita mucho tiempo para hacer una inscripción de esa envergadura en una columna de mármol. 5.Son muchas las marcas de cantería o de artesano que se pueden apreciar en los fustes de la mezquita cordobesa, de todo tipo y dimensión. 
6. La mezquita- Aljama cordobesa fue el corazón del Islam durante muchos siglos, la referencia espiritual, tras la conquista se abrió un periodo de fervor por lo conseguido, fervor que bien pudo generar las mas notorias fantasías religiosas, alimentadas por curiosidades o casualidades. 
     Este bien pudo ser el origen de la leyenda, una inscripción en la columna, procedente de la marca que un cantero hizo para distinguirla de otras que no eran las suyas. Un descubrimiento por parte de un conquistador que vio en aquello un simbolo de un martir cristiano que fue capaz de morir en cautiverio por su religion, grabando con su uña el simbolo de la cristiandad por excelencia, y finalmente un caldo de cultivo adecuado para recibir esa fantasia y expandirla a una sociedad impregnada profundamente de relatos de esas carácteristicas.

jueves, 11 de noviembre de 2010

El enigma de las reliquias de los Santos Mártires de Córdoba

    El fenómeno del martirio resulta algo inexplicable, ya que es contrario a un instinto básico, primario y principal como es el de la supervivencia. No solo era cuestión de contrariar a la autoridad reinante, además se debía tener una capacidad de sufrimiento que en la actualidad parece incomprensible, para finalmente aceptar la muerte incuestionable. 
    Este fenómeno tuvo su momento en Córdoba, hasta tal punto que incluso los mismos cristianos llegaron a tacharlo como de aptitud de "soberbia". 
     En abril del año 850 un sacerdote perteneciente a la iglesia de San Acisclo, llamado Perfecto fue acusado de proferir insultos contra Mahoma, fue condenado a muerte y decapitado. Este hecho dio lugar a una progresiva cadena de actos de exaltacion religiosa. Los árabes respondieron en primera instancia con blandura, pero ante la persistencia de los cristianos, al cabo de un año sufrieron martirio varios de ellos. 
    Abderraman ordeno la prisión del obispo de Córdoba Eulogio y continuaron los martirios mas crueles si cabe. Finalmente Eulogio fue degollado. 
    Según la tradición, las reliquias de los Mártires se conservan en la urna de plata custodiada en la parroquia de San Pedro. Restos recopilados durante generaciones y venerados por los vecinos de Córdoba, pero ¿realmente que encierra esa urna de plata?, los restos humanos existentes en ella, ¿a quien pertenecen?.
     A ciencia cierta, poco se sabe de estos Santos Mártires. Escasas noticias, transmitidas muchas veces de forma tradicional pero sin apoyadura documental, apenas son algunos detalles de las vidas y martirios de estos cristianos cordobeses. Sin embargo, se sabe con total seguridad, por la investigación llevada a cabo sobre dichas reliquias en 1997 y 1998 por los doctores Fernández Dueñas y Felipe Toledo, que en la urna hay restos humanos de dos épocas distanciadas por varios siglos, que perfectamente podrían corresponder al tiempo transcurrido entre las persecuciones romana y califal.
     Reproducimos a continuación el artículo sobre las reliquias de los Santos Mártires del que es autor el médico y académico cordobés Ángel Fernández Dueñas, y que aparece publicado en el Boletín de la Real Academia de Córdoba (año LXXXIII, número 146, Enero–Junio 2004, páginas 215–230). En el artículo, el autor expone algunas de sus conclusiones tras haber investigado sobre las Reliquias de los Santos Mártires. 
    Un día del mes de diciembre de 1997, don Manuel Nieto Cumplido, Canónigo Archivero de nuestra Santa Iglesia Catedral, me comentó el proyecto del Sr. Obispo D. Javier Martínez, referido a la apertura del Arca de los Santos Mártires, para proceder a un tratamiento de conservación, recuento y clasificación de las sagradas reliquias en aquella contenidas. A primeros de marzo del año siguiente, recibí el nombramiento de Perito Médico para tal menester, firmado por el Canciller–Secretario del obispado, don Felipe Tejederas (q.e.p.d.), citándome para el día cinco siguiente, en la Sala Capitular de la Catedral Mezquita, con el fin de proceder a la misión encomendada, una vez prestado juramento ante el Sr. Deán y Vicario Judicial de la Diócesis, don Alonso García Molano, en presencia del Sr. Delegado del Obispo, el referido Sr. Nieto y el Promotor de Justicia, don Juan Arias Gómez. A las cinco de la tarde del día señalado, nos reunimos junto al Sr. Obispo y los canónigos antes citados, algunos miembros más del Cabildo y el párroco de San Pedro, el carpintero, el cerrajero y los guardias de seguridad, además de los peritos médicos designados, el Dr. Toledo Ortiz y el que esto escribe. Tras haber jurado, todos los que intervendríamos en el proyecto, ejercer nuestras respectivas funciones con honestidad y celo, se procedió a la apertura del Arca, serrando su tapa superior, habida cuenta de la imposibilidad de abrir los candados que la aseguraban, por haberse perdido las llaves correspondientes, cosa nada extraña si recordamos que la última vez que se cerró la Urna fue el 4 de mayo de 1791. Una vez facilitado el acceso a su contenido, me cupo el honor de ir extrayendo los restos, al par que el Dr. Toledo iba colocándolos fuera. La impresión que tuve en aquellos momentos, fue la de estar introduciendo mis manos en las mismísimas entrañas de Córdoba; ellas, mis pobres manos, tocaban y tomaban aquellos restos sagrados de unos cordobeses que dieron su vida confesando a Cristo, unos, en los primeros siglos de nuestra Era y, los más, en los años centrales del siglo IX. Experiencia única, que forma parte de mis recuerdos más vívidos y entrañables. Durante dos meses y medio, las reliquias permanecieron sobre la misma Mesa Capitular, en tanto que el Dr. Toledo y yo, procedíamos, en nuestros ratos libres, a su clasificación y recuento. No quiero ni puedo dilatarme más en cada una de las circunstancias que vivimos solos y encerrados (situación necesaria y acordada con los guardias de seguridad), desarrollando nuestra interesante tarea. Por mi parte, desde que supe la misión que se me encomendaba, me puse a leer, de una forma tal vez desordenada, todo lo que pude encontrar de la extensísima bibliografía referente a los Santos Mártires de Córdoba; pensaba, infeliz de mí, que podría llegar, incluso, a su identificación, una vez conocidas las circunstancias de su martirio, sueño, en fin, que quizá se haya cumplido en un caso solamente. A partir de entonces, me propuse una línea de investigación más rigurosa, acudiendo a las prístinas fuentes escritas, que son, para los mártires mozárabes, las obras de San Eulogio y Álvaro Paulo, sin obviar las noticias que nos legaron aquellos escritores, cordobeses y foráneos, que, a lo largo de los siglos, se ocuparon del tema y que me abstengo de citar, por quedar reflejados en su mayoría, en las correspondientes notas a pie de página. Habiendo adquirido, creo, un aceptable conocimiento de los mártires cordobeses, de su vida y circunstancias de su muerte, acometo hoy, siquiera sea una aproximación, sobre la relación de los restos estudiados con los datos históricos que he podido recabar. No pretendo hacer una exposición exhaustiva porque excedería, en mucho, el limitado espacio de un artículo, aunque no renuncio a retomar el tema, más pausada y extensamente, en un futuro inmediato. Sí les prometo, que intentaré ceñirme siempre a posibilidades objetivas, a cuestiones compatibles con la verdad, a la luz de la historiografía y la razón, obviando explicaciones forzadas y, a veces, manipuladas por muchos autores. He de comenzar exponiendo pormenorizadamente, la relación de huesos que pudimos estudiar. De esta relación, quiero resaltar estos datos: 
     Pudimos contabilizar 450 piezas óseas de adulto, más un número considerablemente menor, perteneciente a niños, que merecerá una explicación, creo que convincente, más adelante.  Fijémonos, especialmente, en el número de cráneos (seis, completos; doce, absolutamente definidos, aunque incompletos y 80 trozos de bóveda craneal) y en el de fémures, derechos e izquierdos, por cuanto, basándome en dichas piezas óseas, he de construir mis deducciones. A este respecto y aunque sólo sea a vuelapluma, he de apuntar, que, por ejemplo, Martín de Roa afirma que existían en el Arca “...nueve cabezas casi enteras, muchas partes de otras, que, al parecer de los médicos, eran de otras nueve y huesos de otros 18 cuerpos, que según eran, entre sí, diferentes, no podían de ser de menos número y algunos quemados...”. Este mismo número, 18, es el que defiende Sánchez de Feria, aunque matiza que habrían que añadirse los restos de seis mártires más, tres hispanorromanos (Acisclo, Victoria y Zoilo), un hispano–godo (Agapito) y dos, mozárabes (Natalia y Félix), no tenidos en cuenta por autores anteriores. Una tercera teoría, defendida por otros, es la de considerar los “dieciocho clásicos”, más los seis hispano–romanos, de los que no podrían contabilizarse sus cabezas. Gran parte de estas afirmaciones choca frontalmente con mi investigación, como estoy seguro de poder demostrar. A Martín de Roa le puedo argüir, que ninguna pieza ósea excepto los cráneos alcanza el número de 18; las cifras más aproximadas, son 17 fémures derechos, 14 izquierdos y 12 húmeros y 11 coxales, también izquierdos. Y en cuanto al número total, baste recordar que, cada cuerpo humano, sin contabilizar las piezas craneanas, se compone de 178 huesos, cifra, que multiplicada por 18, significarían 3.204 piezas óseas, número muy superior a las 352, excluidos los cráneos, contabilizadas en nuestro estudio. Sé, por supuesto, que es absolutamente imposible que pudieran conservarse todos y cada uno de los huesos de los mártires que, tras diversos avatares, pudieron, al fin, recalar en la Basílica de los Tres Santos, hoy iglesia de San Pedro. Existen, al menos, tres causas comprobadas, que pueden explicar esto:
     La primera de ellas, hay que situarla en los primeros años del reinado de Mohamed I (853 y 854), cuando dos torvos personajes, el exceptor Gómez, cristiano apóstata y el conde de los cristianos, Servando, caído en la herejía al final de su vida, no se contentaban con abrumar a sus antiguos correligionarios con onerosos impuestos e innumerables vejaciones, sino que el segundo de los citados llegaría a exhumar algunos cadáveres de los mártires que se veneraban en distintas iglesias, para mostrar sus restos a los ministros del emir, mofándose de ellos. 
     Otra causa que influye en esta merma de reliquias se dio a raíz de su descubrimiento en la iglesia de San Pedro, el 26 de noviembre de 1575, cuando, quizá a causa del exaltado fervor que provocó un hallazgo tanto tiempo intentados, desapareció un número, nunca cuantificado, de huesos, incluido un cráneo que, tiempo después, sería devuelto y colocado en el Arca. 
    El tercer motivo hay que basarlo en la enorme veneración que suscitaban las reliquias de los mártires, a lo largo de toda la Edad Media, en todo el Occidente cristiano, que trajo como consecuencia el deseo de reyes, obispos y abades de monasterios, de poseer alguna de ellas y si, al principio, las más buscadas y deseadas fueron las de los hispano–romanos, sobre todo, Acisclo y Zoilo, después del siglo IX serían también las de los mozárabes. Córdoba, tierra de mártires, fue un punto especial de demanda, como se expondrá más adelante; por ahora, bástenos decir, que, en cierto grado, este fenómeno también influyó en el número de piezas óseas, que, en definitiva, quedaron en el Arca. 
     A estas tres circunstancias expuestas, había que añadir la pérdida de muchas de ellas a consecuencia de múltiples y dispares circunstancias que podemos suponer, y la desaparición de otras, constituidas por pequeños huesos, que irían deteriorándose a lo largo de los siglos, hasta originar su destrucción. A este respecto, he de comentar la gran cantidad de restos pulverizados, existentes en el fondo del Arca, que hubimos de recoger en unas bolsas al efecto y depositar dentro de aquella, antes de ser sellada. 
     Con respecto a los restos de niños, noticia esta no constatada en ninguna de las fuentes consultadas, tal vez para evitar supuestos escandalosos, pero escamoteo, al fin y al cabo de la verdad histórica, hemos de introducir ya su explicación, aunque en estos momentos haya de ser apresurada: En los monasterios dúplices existentes en nuestra sierra, con frecuencia recalaban familias enteras que, a veces, llevaban niños de la más tierna edad. Ello, lo podemos constatar en la Regla de San Fructuoso, Regula communis, en la que se dice: “Cuando alguno viniera con sus mujeres y sus hijos pequeños, menores de siete años, es voluntad de la Santa Regla común, que padres e hijos se pongan en manos del abad, para que él disponga, con toda solicitud, lo que debe observar cada uno. Teniendo compasión de estos niños tan tiernos, les permitirán que puedan ir del padre a la madre, cuando quieran…”. O sea, es natural que en los cementerios de estos centros de espiritualidad, fueran inhumados los cadáveres de los niños que morían y en dos de ellos, Peñamelaria y Cuteclara, recibieron enterramiento algunos mártires que, en algún momento y por diferentes causas, fueron trasladados a otros lugares. Es verosímil que, entre los restos de adultos, fueran incluidos, quizá, a veces, voluntariamente, algunos huesos de niños, lo que explica, de forma lógica, nuestro inesperado hallazgo.
     Expuestas estas consideraciones previas, vayamos al fondo de la cuestión, que quiero exponer de la forma más sucinta posible. Pero, primero, quiero detenerme en esta imagen, que reproduce el cuadro que pintara en 1870, Ángel María de Barcia, el más completo, sin duda, que se ha dedicado a los mártires cordobeses, conocido, sobre todo. Gracias a las reproducciones difundidas por la fototipia Hauser y Menet, muchas de las cuales las podemos encontrar en conventos e iglesias de nuestra ciudad, incluso en algunos domicilios particulares. En la parte superior del cuadro, vemos una alegoría de los Cielos, presidida por Jesús portando la cruz, símbolo de su martirio y la Virgen Maria y a ambos lados, los mártires de las persecuciones romanas. A la derecha, tras un ángel en pleno vuelo, los dos santos hermanos, Acisclo y Victoria y un poco más atrás, Fausto, Januario y Marcial. A la izquierda, inmediatamente, Lorenzo y su pan–illa simbólica I–I y más al extremo, Zoilo y sus 21 compañeros de martirio. Inmediatamente por debajo, los límites nebulosos de la sierra y la cinta plateada del río, se continúan con el alcázar del emir, la Mezquita y, finalmente, a la izquierda, una panorámica del barrio de la Ajerquía. A este lado del río, se sitúa una Torre de la Calahorra absolutamente figurativa, por cuanto no existía aún en el siglo IX. En la base del cuadro, aparecen los mártires mozárabes en número de 53, reunidos en la margen izquierda del Guadalquivir, en el sitio donde casi todos ellos fueron colgados tras su decapitación en las puertas del palacio emiral, que se encontraban, aproximadamente, en el lugar que hoy ocupa el Triunfo de San Rafael de la Puerta del Puente. En el centro de ellos, aparece Eulogio, primer e indiscutible historiador del movimiento martirial mozárabe y catalizador del mismo; el santo blande una espada manteniendo una actitud de arenga a sus compañeros de destino y, a ambos lados de los símbolos del martirio, la cimitarra y las palmas, aparecen todos los campeones de la fe, repartidos en diversos grupos, según fueron sacrificados. Su identificación, por supuesto, aproximada, la he intentado durante muchas horas y cuando ya estaba concluida, encontré en una reproducción de este cuadro, existente en la iglesia de San Francisco, otra casi idéntica que figura al pie de la litografía, sin que me haya sido posible, por cuestión de tiempo, hacer un pormenorizado cotejo con la realizada por mí. 
     En definitiva, los mártires cordobeses, reconocidos por la Iglesia, alcanzan el número de 57, que comprende seis hispano–romanos y 51 mozárabes. Yo, por mi parte, llego a contabilizar 89 –31 y 58, respectivamente a saber: 
     Entre los primeros, además de los seis, por todos aceptados, Acisclo, Victoria, Fausto, Januario, Marcial y Zoilo, habría que añadir los 21 compañeros de martirio de éste último, además de Lupo, Aurelia, Sandalio y Secundino, que suman los treinta y uno afirmados. En cuanto a los mártires mozárabes, además de los 48 sacrificados en la década de los años cincuenta del siglo IX, durante los reinados de Abderramán II (822–852) y Mohamed I (852–886), que constituyen el cuerpo fundamental de este trabajo, hay que incluir además, a Adolfo y Juan, martirizados en el año 825, y a Felicitas y Maria, decapitadas en el 860, los cuatro, víctimas de los dos emires citados; por fin, también hay que contabilizar a Dulce, Pelagio, Argentea, Vulfura y Eugenia, muertos bajo la égida de Abderramán III y a Ágata, de la que no puedo precisar la fecha de su martirio. Total. 
    Pero, centrándonos en el tema de las reliquias contenidas en el Arca, limitemos aún más la cuestión: En la lápida colocada en la fachada de la iglesia de San Pedro, figura una relación de los mártires, que, se asegura, están incluidos en la citada urna, cuestión en la que, en algunos casos, no puedo estar de acuerdo. Esta relación, que expongo, enumerada cronológicamente, es la siguiente: Acisclo, Victoria, Fausto, Januario, Marcial, Zoilo, Agapito, Perfecto, Sisenando, Pablo diácono, Teodomiro, Flora, Maria, Natalia, Félix seglar, Cristóbal, Leovigildo, Emila, Jeremías seglar, Rogelio, Servideo, Argimiro, Elías y Argentea. Refiriéndonos a Acisclo y Victoria, hemos de recordar que los restos del primero, se esparcieron por muchos lugares de España, hasta en seis ocasiones, a partir del año 688, hasta 1339. En lo que respecta a Victoria, sólo figura el traslado a Tolosa, en el año 810, de “la cabeza y otras reliquias”. Mucho más revelador resulta el caso de Zoilo, alguna de cuyas reliquias fueron llevadas en el año 630 a Medina Sidonia y en el 851 a Pamplona y, al fin, en 1070, lo que quedara de su cuerpo, sería trasladado a Carrión de los Condes. Sin embargo, a favor de su testimonial presencia en el Arca, a pesar de lo que diga Ambrosio de Morales hemos de decir, que en 1714, sería devuelta a Córdoba, “la canilla de un brazo”, atendiendo a la petición hecha 114 años antes desde Córdoba, donde se deseaba contar con alguna reliquia del santo. Aunque ésta fuera depositada, en principio, en la ermita de San Zoilo, tras la desaparición de ésta, pudiera haber sido agregada al Arca en alguna de las aperturas habidas, a lo largo del siglo XVIII. Los restos de Fausto, Januario y Marcial –verdaderos titulares de la Iglesia de los Tres Santos, hoy San Pedro– han de estar, por pura coherencia, en la sagrada Urna, pero ¿qué restos? Si recordamos su martirio, comprobamos que, tras serles amputados nariz, orejas y labio superior y extraídos los dientes, fueron quemados y los restos que quedaran, fueron pasto de los perros. Poco podría ser recuperado, obviamente. Agapito, aunque figura en la relación que comentamos, es seguro que no fue martirizado y muy dudoso, incluso, que fuera santo. Aunque así lo nombra Antonio de Yepes, Usuardo en su Martirologio, le trata de Venerable y Florez sólo hace mención de que “en Córdoba le veneraban como santo”. Pero, yendo al fondo de la cuestión que tratamos, es casi imposible que parte de sus restos estén en el Arca, pues su cuerpo entero fue trasladado, junto al de San Zoilo, a Carrión de los Condes. Exceptuando a Agapito, por las razones aducidas, concedamos, con todas las suspicacias legítimas y realizando una nueva profesión de fe, que, efectivamente, figuran en el Arca, restos, pocos, de Acisclo, Victoria, Fausto, Januario, Marcial y Zoilo. En cuanto a lo que respecta a los mártires mozárabes, poseemos muchos más elementos de juicio, para poder sentar nuestras conclusiones. La primera de ellas es la negativa a aceptar la presencia de Elías en el Arca, como afirma la aludida lápida de San Pedro, por cuanto este santo, muerto el17 de abril del año 856, junto a los monjes Pablo e Isidoro, tras ser decapitado, fue arrojado al Guadalquivir, desapareciendo su cuerpo, como sucedería también con sus compañeros de martirio. Intentemos un apretadísimo resumen de las circunstancias de la vida y muerte de los 48 mártires aludidos: De ellos, 22 fueron naturales de Córdoba; cuatro, de su provincia; seis, pertenecientes a la diócesis de Sevilla; tres, a la de Granada y uno, respectivamente, nacidos en Martos, Badajoz, Alcalá de Henares, Toledo, Portugal, Francia, Palestina y Siria, no constando el lugar de nacimiento de cuatro más. Todos, menos dos, residían en la propia ciudad o en los monasterios de la sierra y en lugares aledaños, como eremitas. Fueron 38 hombres y 10 mujeres de todas las edades, con evidente predominio de los jóvenes (27). De ellos, 35 fueron clérigos –sacerdotes, diáconos o monjes– y 12, seglares (desconociéndose el estado de uno, Salomón). Cuatro procedían de familia totalmente musulmana; cinco de matrimonios mixtos y tres más, antiguos cristianos islamizados, que volvieron al seno del cristianismo. Todos, excepto dos, Sancho y Argimiro, fueron decapitados, aunque fue dispar el destino de sus restos. Diecinueve mártires, después de degollados, fueron colgados y quemados, siendo esparcidas las cenizas de trece de ellos, en las aguas del Guadalquivir; de los seis restantes, pudieron rescatarse restos de dos, Cristóbal y Leovigildo y una parte de las cenizas de Émila, Jeremías seglar, Rogelio y Servideo. De los seis colgados y arrojados al río, sin ser quemados, sólo fueron recuperados los restos de dos, Rodrigo y Salomón. Uno, Argimiro, fue descolgado del patíbulo y enterrado por los cristianos por especial licencia del emir. Nueve más, tras su muerte, fueron directamente tirados al río, de donde fueron rescatados todos, excepto Amador. Por fin, doce fueron abandonados en el lugar de la ejecución, todos ellos recuperados, menos Abundio, del que San Eulogio en su Memorial de los Santos, dice que “se le expuso a las fieras para que lo devorasen”. Sólo de uno, Witesindo, se desconoce el destino de sus restos. Observamos que los que fueron quemados y arrojadas al río sus cenizas, lógicamente desaparecieron para siempre, lo mismo que sucedió con cuatro de los colgados y arrojados al Guadalquivir e idéntica suerte la que corrieron, uno de los nueve directamente sumergidos tras su decapitación y el único de los doce cuyos cuerpos fueron abandonados en el lugar del martirio. En total, de los 48 mártires mozárabes, 28 pudieron ser rescatados y 20, definitivamente se perdieron. Reduzcamos, ya, nuestra exposición, a los 24 rescatados, sin contar los cuatro representados en el Arca sólo por sus cenizas. Seis no pueden estar en ella por haber sido trasladados fuera de Córdoba, como es el caso de Aurelio y Jorge, llevados al monasterio de San Germán de los Prados, en París, en el año 858; y Félix monje (San Félix de Córdoba en los santorales, al que no hay que confundir con San Félix de Alcalá, mártir homónimo, un año después de aquéI), que también fue trasladado a Carrión de los Condes, junto a Zoilo y Agapito en el 1070 y, finalmente, Eulogio y Leocricia, llevados a Oviedo en el año 883. Un sexto mártir, Luis, fue extraído del Guadalquivir pocos días después de su muerte en el año 855, en Palma del Río, donde quedaron sus restos. Nos queda seguir el rastro de 18 mártires. De todos ellos existe constancia del destino de sus reliquias, que fueron repartidas por iglesias y monasterios de Córdoba. Las Basílicas de San Zoilo, San Acisclo, Tres Santos, San Cristóbal y los monasterios de Peñamelaria, San Ginés de Tercios, Santa Eulalia de Mérida, Cuteclara y Santos Cosme y Damián, fueron los lugares de veneración de estos mártires y de ellos, sólo recalarían en la cripta de San Pedro, según los diversos autores consultados, estos diez: Perfecto, Sisenando, Flora, Maria y Argimiro, procedentes de San Acisclo; Pablo diácono, Teodomiro, Cristóbal y Leovigildo, llevados de San Zoilo y Natalia, de Tres Santos. De los ocho restantes, sólo existe constancia de su primer enterramiento. Antes de seguir adelante, tratemos del caso de Argentea, incluida en la relación de la lápida y no estudiada, por pura razón cronológica, entre los 48 santos mozárabes ya tratados. Esta joven virgen y mártir, hija del caudillo muladí Omar ben Hafsum, degollada en el año 931, en el reinado de Abderramán III, aunque no figura en ningún santoral antiguo conocido, ni siquiera en el Calendario de Recemundo, escrito sólo 30 años después de su muerte, sí es verosímil que pueda estar entre las sagradas reliquias. Aprestémonos ya a extraer algunas conclusiones teniendo en cuenta, por un lado, el recuento de las reliquias existentes en el Arca y, de otro, las posibilidades que nos brindan los textos consultados. Concedamos que, además de restos de los seis mártires hispano–romanos y las cenizas de los cuatro mozárabes aludidos, también se encuentren en ella, los diez recién citados, además de Argentea. Se alcanzaría un número máximo de 21, tres menos de los especificados en la lápida de San Pedro. Sin pretender hacer un análisis exhaustivo de las reliquias, me limitará a considerar los fémures y los cráneos hallados, para intentar determinar, sin intención de dogmatizar, quiénes pueden estar en el Arca. Como veíamos más atrás, existen 20 fémures derechos o restos de ellos identificables, 14 masculinos y seis femeninos y 21 izquierdos, 16 de hombre (uno, hispano–romano) y cinco de mujer. Luego, hay, al menos, seis mujeres, de las que, las cinco siguientes, sabemos que pueden figurar en el Arca. De Victoria, por las razones expuestas y otras, que se han obviado en aras de la brevedad, no pueden existir fémures. Tampoco de Flora y Maria, de las que, únicamente, consta la existencia de sus respectivas cabezas. Dos de estos huesos, sí pueden corresponder, en cambio, a Natalia y a Argentea. Luego nos faltarían cuatro mujeres por localizar. Basándonos también en el número de fémures, en los izquierdos en este caso, hay, al menos, 16 hombres, uno de ellos, hispano–romano. Ateniéndonos a los mozárabes –15– podemos atribuir un fémur, con toda seguridad, a Perfecto, Pablo diácono, Teodomiro y Argimiro, cuyos esqueletos pudieran haber estado completos, e incluso, también a Sisenando (a pesar de haber sido pasto de ratas y perros) ya Cristóbal y Leovigildo (quemados y parcialmente recuperados). Luego, todavía, sobran ocho fémures para atribuir a otros tantos varones. Tomando los cráneos como punto de referencia, hemos visto que existen seis completos y 12 “inequívocos” (macizo maxilar y base del cráneo), y 80 trozos de bóveda para completarlos más que cumplidamente. Total, 18 (seis de mujer y 12 de hombre), de los que, siete, pueden atribuirse a Perfecto, Pablo diácono, Teodomiro, Flora, Maria, Argimiro y Argentea, y tres más, a Sisenando, Cristóbal y Leovigildo, a pesar de los condicionamientos expuestos. Tendríamos diez adjudicados, pero nos faltarían ocho nombres más. Ante esta “ausencia” de mártires, hemos de plantear la siguiente hipótesis, fundada en los textos y tradiciones: Es probable, al parecer, que de la Basílica de los Santos Mártires, en 1275, fueran llevadas todas las reliquias reunidas, a San Pedro o, al menos, en algunos casos, directamente, desde las distintas iglesias en la que, originariamente, fueron enterradas. Esto, pudo suceder perfectamente, con las correspondientes a Gumersindo, Servodeo, Liliosa, Columba, Pomposa, Pedro monje, Rodrigo, Salomón y el cuerpo de Maria. Un total de cinco hombres y tres mujeres, número que nos permite responder a las deducciones planteadas: 1. Los cuatro fémures femeninos que faltaban, corresponderían a Liliosa, Columba, Pomposa y María. Se justifica así, perfectamente, el número de mujeres en el Arca. 2. De los ocho fémures izquierdos masculinos sobrantes, cinco podrían corresponder a Gumersindo, Servodeo, Pedro, Rodrigo y Salomón y aún sobrarían tres. 3. Es lógico y lícito asignar los ocho cráneos que restaban, a cada uno de los mártires últimamente relacionados, exceptuando a María, cuya cabeza ya figuraba en el Arca. Después de toda esta exposición, me atrevería a establecer cinco conclusiones a este estudio. Primera conclusión: En el Arca de los Santos Mártires, existen, no sólo los restos tradicionalmente aceptados, sino también todos los procedentes de las distintas iglesias de Córdoba. Segunda conclusión: El recuento de las mujeres mártires, es perfecto: En el Arca: Flora, Maria, Natalia, Liliosa, Columba, Pomposa y Argentea. Fuera de Córdoba: Leocricia (en Oviedo). Perdidas: Digna, Benilde y Áurea. Tercera conclusión: En cuanto a los varones: En el Arca: Perfecto, Sisenando, Pablo diácono, Teodomiro, Gumersindo, Servodeo, Pedro monje, Argimiro, Rodrigo, Salomón, Cristóbal y Leovigildo. Fuera de Córdoba: Aurelio y Jorge (en París), Félix seglar (en Carrión de los Condes), Luis (en Palma del Río), Eulogio (en Oviedo). Perdidos: Los quince ya conocidos. No se conoce su destino: Abundio y Witesindo. Cuarta conclusión: La relación de mártires, que figura en la lápida de San Pedro, no se ajusta totalmente a la verdad. – Incluye a Elías, que se da como desaparecido. – Cita a Agapito, que no fue mártir, y a Félix seglar, trasladado, como quedó dicho a Carrión de los Condes. – No cita a los mártires que estaban en las diversas iglesias; sólo, a los procedentes de San Acisclo, San Zoilo, uno de San Cristóbal y dos, de Tres Santos. Quinta conclusión: Basándome en el estudio de los restos hallados, puedo afirmar, que existen huesos de, al menos, 19 personas y cenizas de otras cuatro, correspondientes a 23 mártires mozárabes. Haciendo una tercera y última profesión de fe, habría que sumar a este número, los seis santos martirizados en época romana, todos decapitados, con lo que los restos, serían de 29 personas. Sin embargo, todavía faltan los nombres de tres varones más, dueños de los tres fémures izquierdos que nos quedaban por adjudicar, con lo que el número total de personas, cuyos restos reposan en el Arca, asciende a 32. ¿Pudiera corresponder a Zoilo, Agapito, Félix, a pesar de saber con certeza que fueron trasladados a Carrión de los Condes en 1070? No lo creo, por las razones expuestas y alguna más, en la que no puedo ahora extenderme. ¿Deberíamos atribuirlos a los protomártires mozárabes Adolfo y Juan, que sabemos, fueron inhumados en San Cipriano, y a Vulfura, compañero de martirio de Argentea, enterrado en “cementerio desconocido? No existe referencia alguna al respecto y su aceptación, sin más, sería un absurdo intento de cuadrar el círculo... En definitiva, al terminar de escribir este trabajo, fruto de muchas horas de satisfecha dedicación, sólo puedo terminar diciendo de los restos humanos que encierra el Arca de los Santos Mártires, incluidos los de los niños, que no son todos los que están ni están todos los que son.

domingo, 7 de noviembre de 2010

El enigma de San Rafael

    Nuestra hermosa ciudad esta impregnada por imágenes de San Rafael, son muchos los rincones de nuestra urbe los que esconden a este notable Arcángel, muchos cordobeses creen que el Arcángel San Rafael es el patrono de Córdoba, cuando realmente son los mártires Acisclo y Victoria. San Rafael es el custodio de Córdoba desde que en la Edad Media se atribuyó a su protección contra una epidemia de peste, tras varias apariciones a un fraile llamado Padre Roelas. San Rafael (hebreo: רָפָאֵל, Rāp̄āʾēl) es uno de los tres arcángeles conocidos por nombre dentro de la tradición católica, dado que la referencia al personaje se da dentro del libro de Tobias ó Tobit , los otros dos arcángeles son Miguel y Gabriel. 
     El nombre proviene del hebreo רפאל: Rafa-El, que significa ‘el Dios El ha sanado’ o ‘¡sana, El!’ o ‘medicina de El’ . Actualmente la palabra hebrea equivalente a médico es rofe, conectado con la misma raíz de Rafa-El. En árabe es llamado اسرافيل Israfil.
     Otro milagro atribuido al Arcángel es la intervención en el hallazgo de las reliquias de los Santos Mártires cordobeses cuya urna se conserva en la Basílica Menor de San Pedro de la capital. En unas obras de restauración en noviembre de 1575 se descubren las reliquias de un grupo numerosísimo de mártires de las persecuciones romanas y mozárabes, agrupadas en una "fosa común". Según el testimonio del Padre Roelas, el mismo Arcángel San Rafael autentificó esas reliquias afirmando el origen martirial de los restos encontrados. Posteriormente el Concilio Provincial de Toledo del 22 de enero de 1583 declararon auténticos esos mismos restos.
     En definitiva, nuestro San Rafael tiene su origen en la ciudad de Córdoba a consecuencia de una epidemia de peste bubónica procedente de Sevilla ( por ello la mayoría de las estatuas de San Rafael existentes en nuestro casco miran hacia la ciudad hispalense), se recurrió a este santo y no a otro porque era el adecuado, llamemosle el competente, la medicina de Dios contra la peste que asolaba la ciudad Probablemente el padre Roelas jamas supo la influencia que origino con esta decisión en el pueblo cordobes. Este es el origen y no otro del San Rafael en Córdoba.

jueves, 14 de octubre de 2010

Miguel Cervantes Saavedra, su origen cordobes y converso.




Segun A. Medina Molera el origen del literato universal no solo es converso, tambien Cordobes, leamos el siguente articulo en el que se dan las claves para haber llegado a esta conclusion.


Miguel de Cervantes dice ser cordobés y andaluz: en 1593, se declara vecino de la villa de Madrid y natural de Córdoba. No se trataba de un acta de bautismo como la de Alcalá de Henares; nunca sabremos si para Cervantes aquella ciudad de nombre encastillado, supuso realmente alguna referencia significativa. Con dicho testimonio, Cervantes muestra que todavía en el siglo XVI y XVII, se es capaz de diferenciar el lugar de nacimiento del verdadero lugar de origen familiar por genealogía y por sentimiento, en consonancia con su herencia cultural andalusí.” La alcurnia y cepa de Cervantes tiene su origen en conversos cordobeses y granadinos, según los irrefutables documentos cervantinos del Archivo de Protocolos de la ciudad de Córdoba, dados a conocer por el historiador y biógrafo cervantino José de la Torre y el Cerro (1923-1925), quien suministró junto con Alonso Cortés a Francisco Rodríguez Marín, los nuevos documentos cervantinos hasta entonces inéditos.’` Esta genealogía y la autenticidad de los documentos cervantinos citados, están confirmados por los más reconocidos biógrafos cervantistas, entre ellos citamos a Luis Astrana Marín (1948-I 958, 1996), Américo Castro (1925-1972), FranÇoise Zmantar (1980), Rosa Rossi (1988), Jean Canavaggio (1958-1997), Martín de Riquer (1967-1997), Marthe Robert (1963-1996), Fernando Arrabal (1996), Luis Combet (1980), Arsemo Escolar (1997), Franco Meregalli (1997), Angelina Costa Palacios (1997), Alberto Sánchez (1997), Krzysztof Sliwa (1997), Daniel Eisenberg (1997),5° Manuel Andrino (1997), 54 Antonio Cruz Casado (2000),5= entre muchos otros.” Una de las ramas moriscas de los Cervantes asentados en Córdoba era originaria de Granada. Familia de artistas, músicos y cantores, que habían sufrido en directo las consecuencias de la paulatina conquista de aquel reducto de soberanía andaluza que era el emirato Nasrí, así como la obligada conversión cristiana; viéndose forzados a cambiar de lugar y vida por desenvolverse con mucha dificultad tras la conquista cristiana de estos territorios.

Esta rama de los Cervantes había contemplado la pena infinita del jardín granadino con sus fuentes cegadas. Habían presenciado el desgarro humano y la ruina que provocó la conquista de la ciudad, ensanchando su penumbra con una tristeza del tamaño del universo… Eran recién conversos a la fe de Cristo y tuvieron que improvisar y tejer un laberinto de supervivencias veladas; aprender de forma más que acelerada que todos los caminos conducían exclusivamente a Roma y… poco más. Álvaro de Cervantes hizo oposición a maestro de canto en la Mezquita-catedral de Córdoba, ganando la plaza se traslada con su familia a dicha ciudad. Muchos de los avatares de la familia de Cervantes están muy bien documentados en el Archivo de Protocolos de Córdoba a lo largo de más de cien años. Durante los siglos XVI y XVII, abundan en esta ciudad los apellidos Cervantes y Saavedra en diferentes ramas de cristianos nuevos. La ascendencia cordobesa de Miguel de Cervantes podemos establecerla desde su tatarabuelo hasta nuestro autor. Escribe Rodríguez Marín: ¿No es verdad que… sobre ser cordobés Miguel de Cervantes por la ley étnica de su linaje paterno, lo fue asimismo por la levadura cordobesa que dejaron en su alma los primeros años de su vida?.” Cruz Casado ha encontrado en el Quijote expresiones características del lenguaje cordobés del Siglo de Oro. En esta obra también se alude al Caño de Becinguerra y especialmente a la Posada del Potro, por entonces uno de los más famosos lugares de la picaresca andaluza. De hecho, fueron fabricantes de agujas de este lugar los que mantearon a Sancho Panza en uno de los capítulos del Quijote. También Arsenio Escolar dice: La familia fue muy trashumante, y en aquellos años los conversos cambiaban mucho de domicilio para borrar pistas de su pasado y más fácilmente poder buscarse la vida.

El tatarabuelo de Miguel de Cervantes se llamó Pedro Díaz de Cervantes y debió nacer en Córdoba a principios del siglo XV. El bisabuelo de nuestro gran maestro de la literatura, Rodrigo de Cervantes, fue pañero en el barrio de la Plaza del Potro y había nacido en Córdoba hacia 1435, axarquía y morería con mayoría de mudéjares, refugiados moriscos y conversos en general, que también por entonces fue el centro artesano y comercial de la ciudad; lugar donde Cervantes vivió parte de su infancia que evoca en el Quijote (I, 17). Como en muchas familias de conversos, tuvo también algunos parientes que dedicaron sus servicios a la Inquisición en Córdoba, como más adelante tendremos ocasión de comprobar. En 1474, vivía en Córdoba Rui Fernández de Cervantes, que estuvo casado con Catalina Martínez y eran vecinos de la parroquia de San Nicolás de la Villa, padres de Rodrigo de Cervantes quien fue a su vez bisabuelo del autor del Quijote. El bachiller Rodrigo de Cervantes casó con Catalina de Cabrera, de alcurnia desconocida, lo que era tanto como decir de casta de cristianos nuevos; dado el rigor, claridad e interés por mostrar en aquella época la limpieza de sangre si se era de casta cristiano vieja. El bachiller Rodrigo de Cervantes era además trapero de profesión, es decir, comerciante en paños y telas, ocupación propia en Córdoba de conversos de origen musulmán. También en los hábitos inquisitoriales el bisabuelo de Cervantes pierde los autos contra Catalina de Palma, cristiana nueva que había sido arrestada como sospechosa de herejía, según consta en el mismo documento cervantino. Juan de Cervantes, hijo de Rodrigo y abuelo de nuestro autor, contrae matrimonio con Leonor de Torreblanca, para así más abundar en las tradición heterodoxa familiar mal disimulada o imposible de ocultar. Numerosas son las familias de apellido Torreblanca naturales de Córdoba durante los siglos XV XVI y XVII, pero de linaje y solar cristiano viejo conocido, sólo había una: la que tuvo por tronco en Andalucía a Fernando y Andrés de Torreblanca, los únicos de origen navarro que sirvieron a los reyes Juan II y Enrique IV siendo Fernando nombrado alcaide de Cabra. El resto de las familias de apellido Torreblanca, fueron conversos musulmanes y judíos apadrinados y apellidados por esta familia navarra, según era costumbre general entre la mayoría de los bautizados conversos, sobre todo en los señoríos. El hecho de que el cronista e historiador local del siglo XVII, Andrés Morales Padilla, no mencione en su Historia de Córdoba a Leonor de Torreblanca, abuela de Cervantes como hija de Andrés de Torreblanca, que era el único heredero con solar y linaje, es, sin duda, una prueba más del carácter cristiano nuevo que tuvo igualmente esta rama familiar; sobre todo, si tenemos en cuenta, como ya venimos señalando, la importancia que en la época gozaron los abolengos. Otro suceso familiar a tener en cuenta fue que, ya en 1473, presenció Rodrigo Díaz de Cervantes “los sangrientos sucesos, alborotos, crímenes, saqueos e incendios del populacho contra los conversos, de los que fue la primera víctima un Torreblanca. La familia de Cervantes va a vivir muy ajustada a la situación general de las generaciones de conversos o cristianos nuevos, a pesar de sus múltiples intentos de camuflaje. No fue una mera suma de casualidades. Propósitos edificados durante largo tiempo para mejor encubrirse por terror a la Inquisición, se revelaron de pronto inservibles o absurdos; briznas familiares de una experiencia tan dura, van a constituir claves destacadas de la brusca aventura que supuso la vida y obra de nuestro autor. Otro estudioso, Rodolfo Gil Benumeya, insiste en el indiscutible origen converso cordobés de la familia de Miguel de Cervantes Saavedra: Encontramos documentos sobre muchos familiares de don Miguel, de la rama paterna, todos cordobeses, su abuelo, el licenciado Juan Cervantes y su padre Rodrigo de Cervantes, que a pesar del azar de sus sucesivas residencias por toda España, nunca perdió el contacto con su cuna cordobesa donde vivió de 1553 a 1563, en el barrio de la plaza del Potro.” Sobre estos aspectos genealógicos están de acuerdo hasta los biógrafos e investigadores más academicistas y oficialistas del cervantismo, ratificándolos con la actualización de su obra biográfica sobre Cervantes Jean Canavaggio (1997), Luis Astrana Marín (1996), Alberto Sánchez (1997), o Fernando Arrabal (1996), entre otros muchos, aunque una parte de sus biógrafos más recientes dan esta cuestión por algo tan totalmente asumido que ya tan siquiera la plantean.”‘ Como va a demostrar con su propia genealogía familiar el mismo Cervantes, ni para vivir ni para escribir sirve de mucho un exceso de cálculo, mas bien conviene, como sugiere Nietzsche, andar un poco desprevenidos.

Rodrigo de Cervantes, padre de nuestro autor, vive obsesionado por ocultar su origen converso, cambiando en numerosas ocasiones de lugar de residencia, padeciendo en vida de irrealidad, que diría Borges. Como es sabido, su padre fue cirujano, lo que no significaba en aquella época nivel académico ni distinción social alguna: “pero lo de cirujano no hay que entenderlo en su sentido presente: era menos que un actual practicante, un simple encargado de amarrar huesos dislocados o rotos, de sajar granos y de dar sangrías -pero, además, en esta actividad había de competir con los barberos más baratos: “un real por dos sangrías”, dice a don Quijote cierto ganadero haber pagado por la curación de cierto pastorcillo suyo.” Llega incluso a verse forzado a desempeñar oficios al servicio de la Inquisición, igual que tuvieron que hacerlo su padre y otros familiares. Su estado de ánimo vino muchas veces a tal extremo que, muerto, no podría ser el fantasma que afirman algunos investigadores era ya entonces. El propio Miguel de Cervantes ratifica ese penoso estado, así como el servicio inquisitorial de su padre con la declaración que hace en Sevilla el 10 de junio de 1593, en este caso como argumento a su favor en el pleito que sostuvo el mesonero cordobés, Tomás Gutiérrez, con la Hermandad del Santísimo Sacramento del Sagrario, afirmando “ser hijo e nieto de personas que han sido familiares del Santo Oficio de Córdoba”. Era normal que los oficios inquisitoriales fueran ocupados por conversos, ya que era la mejor forma de probar la autenticidad de la conversión; además, al avenirse a ello, disponían de un mejor conocimiento de las causas y de los encausados. Para concluir esta búsqueda y genealogía familiar, hay un conocido pleito que tuvo el padre de Cervantes en la ciudad de Valladolid y que le costó la cárcel, por lo que de nuevo se vio obligado a trasladar su residencia para poder seguir de cerca el procedimiento judicial en sus trámites y apelaciones. Lo que trasluce que la familia de nuestro autor no tenía ganada ejecutoria de hidalguía, pues de haberla tenido le hubiera bastado a Rodrigo con exhibirla o citarla, justificando ser descendiente directo de quien la obtuvo para salir al punto de la prisión, sin más complicaciones. Otro dato más sobre esta probadísima familia de conversos, es el escaso uso que hizo su hermana Magdalena del apellido Cervantes, que solía cambiarlo por los de Pimentel o Sotomayor, y sólo en una ocasión y por comercio de paños consta que hiciera uso del apellido Cervantes.

viernes, 5 de marzo de 2010

El retrato del Gran Capitan

    La fisonomía del Gran Capitán ha sido siempre un misterio ya que los retratos existentes se estiman que fueron realizados en el S.XIX, y los rostros acuñados en las monedas son del todo irreconocibles. 
    En agosto del 2003 Manuel Ruz Feria, director de un centro docente de Montilla realizo un viaje a la galería de los Ufizzi, una de las pinacotecas mas importantes del mundo, allí encontró un oleo pintado por Cristoffano del Altissimo datado en el S.XVI. Hechas las comprobaciones pertinentes podemos afirmar que estamos asi ante la mas que probable imagen del Gran Capitán .
     Desde finales del siglo XIX el Ayuntamiento de Córdoba venía pensando la posibilidad de erigir un monumento en conmemoración del Gran Capitán.
     Una de las más extendidas leyendas que circulan en Córdoba sobre el monumento al Gran Capitán, trata sobre la cabeza de la estatua ecuestre, y no es otra que la consideración de que la misma pertenecía al torero Lagartijo. Nada más lejos de la realidad. El profesor Ramón Montes señaló la causa de la diferencia material y cromática entre la cabeza y el resto de la escultura: "La figura ecuestre está realizada en bronce, a excepción de la cabeza que es de mármol blanco. Recurso éste, que utilizó Inurria para contrastar y darle una más genuina expresión. En base a este hecho, existe un bulo según el cual la cabeza del Gran Capitán es la de Lagartijo. Nada más lejano a la realidad.  Existen expuestas ambas cabezas, en bronce, en el Museo de Bellas Artes, en donde puede comprobarse el error". En la misma línea se manifestó José María Palencia Cerezo en uno de los más completos estudios realizados hasta la fecha sobre el monumento: "(...)no existe al respecto ningún tipo de testimonio documental ni literario que pueda llevar a plantearlo. En segundo, porque sobre el particular nada se recoge en el contrato firmado en 1915 con el Ayuntamiento de Córdoba. Y por último, porque de haber procedido en tal sentido, Inurria hubiera navegado contracorriente, convirtiendo una de sus obras más emblemáticas en un pastiche sin sentido de época". 
    En realidad, el modelo para la cabeza fue un organista de la Iglesia de San Nicolás.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Córdoba, la cuna del caballo español

Los jerezanos y los sevillanos han sido durante muchos años los que mas han lucido a los extraordinarios ejemplares de caballos raza española, pero en realidad este caballo perfecto pertenece a Córdoba, donde se creo y nació en el S.XVI gracias al sueño de un monarca. Esta es la historia de un hecho olvidado, tal vez ocultado durante centurias, el caballo español es el caballo cordobés. La paz que reinó en España junto a la riqueza procedente de América permitió que Felipe II pudiera dar rienda suelta a la que, posiblemente era su mayor afición: los caballos, creando para sí y para el mundo el pura raza español. Es por tanto este un caballo nacido por deseo real, como consecuencia de los cruces de caballos y yeguas realizados en la ciudad de Córdoba con tal fin, a partir del año 1567. 
     Aunque durante siglos se ha venido defendiendo, que el caballo español era un producto de la evolución natural de la especie equina, adaptada al medio geográfico andaluz, es en realidad la culminación de un macroproyecto genético, económico, social y sobre todo cultural, con el que se obtuvo el animal noble y bello que conocemos. Es por tanto una raza de caballos prefabricada y conseguida en la segunda mitad del siglo XVI. El cambio sufrido por la nobleza medieval (guerrera) a la renacentista (palaciega), en este periodo histórico,caracterizó a esta última como una sociedad ociosa dada a fiestas y espectáculos. Sin embargo, las recomendaciones médicas para hacer ejercicios como medio de mantener la salud terminarían con el letargo de la nobleza. Los médicos aconsejaron la realización de las actividades que, durante el período medieval, habían sido las habituales de los nobles en la guerra. Se consideraba que dichas actividades, al haber entrado a forma parte de la naturaleza de este grupo, no podrían dejar de realizarse pues, su ausencia provocaría la aparición de enfermedades.     Estos ejercicios incidieron directamente en la creación de numerosos juegos ecuestres, torneos y favoreció el perfeccionamiento de la equitación; estas distracciones conseguían que los nobles no sólo se mantuvieran diestros en el arte de la guerra sino que preservaban su salud. Por ello el rey las promovió creando picaderos donde la corona y los nobles pudieron realizar ejercicios de equitación de la recién creada Alta Escuela. Para llevar a cabo los ejercicios de este nuevo sistema de doma iniciado en Nápoles por Federico Grisón, Felipe II decidió crear un caballo que fuera capaz de realizar estos aires con la belleza y la perfección requerida. El caballo existente en ese momento no reunía tales características al ser pesado y carente de las cualidades necesarias, por haber sido seleccionado sin fines estéticos y con el único objetivo de conseguir un medio de locomoción. 
     Lo que un principio fue un simple deseo real, de carácter social y médico, terminó siendo, tras crear en la ciudad de Córdoba al caballo español, uno de los más grandes y queridos proyectos de Felipe II. El pura raza español se convirtió en el símbolo del Imperio "donde nunca se ponía el sol".  Se trato del primer macroproyecto genético de la historia para conseguir una raza de caballos cuyas características habían sido expuestas por los clásicos griegos como las más idóneas para un équido. Proyecto que fue ordenado llevar a cabo en la ciudad de Córdoba, en 1567, por el rey Felipe II. 
     La historia del pura raza español sale a la luz después de estar oculta 430 años, tras una laboriosa investigación basada en los documentos que se generaron en su creación, en Córdoba, a partir del año 1567, su autor Juan Carlos Altamirano, fuente de este articulo . De la misma forma que Louis Doberman a través de cruces de distintas razas, entre 1834 y 1894, obtuvo el perro Doberman, Felipe II mandó crear en 1567 al caballo español cruzando para ello los innumerables tipos de caballos existentes, entonces, en Andalucía. Para ello, Felipe II, el 28 de noviembre de ese mismo año, emitió una Real Cédula dirigida a su corregidor en Córdoba Francisco Zapata y de Cisneros en la que determinaba fundar, en esa ciudad andaluza, una nueva raza de caballos: "Os mando que entreguéis a Francisco Sánchez de Toledo, mi pagador de la caballeriza cuatro mil quinientos ducados (...) para que se compren yeguas de vientre siguiendo las instrucciones que hemos ordenado para la raza y casta de caballos que hemos mandado hacer en Andalucía. Porque deseamos que se consiga el fin que hemos acordado de tener mil doscientas yeguas de vientre con sus potros y crías (...) hemos mandado que se vayan comprando por la orden que de nuestro caballerizo mayor". Así mismo, ordenó la construcción de las extraordinarias caballerizas reales cordobesas, que, siguiendo las órdenes reales, fueron financiadas con las rentas que producían las salinas andaluzas. Para llevar a cabo la selección de los animales más idóneos para ese fin, Felipe II nombró como caballerizo real al cordobés Diego López de Haro, verdadero artífice del caballo español. El resultado obtenido por éste fue tan extraordinario que los caballos conseguidos serían, contraviniendo lo expuesto por este rey al principio del proyecto, exclusivamente para uso de la Casa Real que los utilizó como regalo a reyes extranjeros, nobles y clero. La nueva raza fue utilizada como emblema de un Imperio y de una cultura que había sido capaz de conseguir lo que todo el mundo ansiaba, el caballo perfecto. Se ha afirmado para justificar la aparición de variados rasgos morfológicos para algunas características de la raza española, entre otros motivos, que fue cruzada con caballos centroeuropeos por un Teniente napolitano erróneamente denominado Juan Jerónimo "Tiutti", caballerizo real de Córdoba (1600-1622). La realidad es que su nombre era Juan Jerónimo Tinto y no era teniente militar como se ha hecho creer. Este caballerizo nunca cruzó la raza y, precisamente, fue una de las personas que más trabajaron en preservarla como podemos apreciar en la obra que comenzó para cercar de piedra la histórica dehesa de Córdoba la Vieja. El motivo que argumentó para pedir permiso al rey para llevar a cabo esta faraónica obra fue que un potro, durante la noche, entró desde una dehesa colindante a esta dehesa real con el riesgo, según palabras de este caballerizo, de "bastardear la raza" porque, entonces, en ella pastaban las yeguas españolas. Para evitar este problema pidió permiso al rey para comenzar la cerca que todavía se encuentra en perfecto estado y que, aunque se comenzó en el año 1617, por diversos motivos, no se acabaría hasta 1700.                          Afortunadamente se conservan los documentos que se originaron por el traslado de una partida de caballos, en 1593, desde Córdoba a Viena, vía Génova (Italia). La meticulosidad de la administración española de la época ha hecho posible que hoy podamos conocer de forma detallada como se organizó el viaje de los primeros caballos españoles que llegaron a ese país. Comenzó el 28 de agosto de ese año a raíz de la carta de Felipe II a su caballerizo en Córdoba: "Don Diego de Haro a cuyo cargo esta la raza, y caballeriza que tenemos en la ciudad de Córdoba, sabed que yo he tenido por bien que de los caballos que hay en esa caballeriza, se den al emperador mi sobrino doce caballos, al archiduque Ernesto, su hermano, seis, al archiduque Fernando, cuatro y a Maximiliano y Matías, cada otros cuatro, al duque de Saboya diez, al duque de Mantua dos, y a don José de Acuña uno, que todos son cuarenta y tres caballos, y han de ser muy buenos, y de edad de cuatro hasta seis años. Os mando que habiendo elegido los que he mandado enviar a Madrid para mi servicio, y del príncipe, mi muy claro y amado hijo, escojáis los susodichos entre los demás y los enviéis, con persona de recaudo a Cartagena, donde he mandado que se flete un navío en que se embarquen y lleven a Génova. Y las personas que los llevaren de ahí, los entregarán a Decio Rucio, si estuviere allí (en Cartagena), que por la experiencia que tiene de ello, por haber traído algunas veces caballos de Nápoles, he acordado que los lleve él por mar. Y de cómo habrán salido de ahí me aviséis luego. De San Lorenzo a veinte y ocho de agosto de mil quinientos y noventa y tres años. Yo el Rey, y refrendada de Juan de Ibarra, sin señal". 
     A partir de este momento, Austria, se convirtió en uno de los países de partida para el resto de las naciones limítrofes de los caballos españoles. Caballos que fueron utilizados para obtener, a través de sus cruces, nuevas razas como: la Lipizzana, o la menos conocida raza de Kladrub, de Bohemia, estos caballos, sin duda, siguen hoy mostrando en su morfología y movimientos, los genes de nuestra raza.          Para que se llevara a cabo el proyecto de conseguir el caballo español se eligió como lugar idóneo a Córdoba. El secretario real Francisco Eraso dirigió una Real Cédula el 28 de noviembre de ese mismo año al que era corregidor de la ciudad, Francisco Zapata de Cisneros para que se construyera una caballeriza y señalara las dehesas, en los baldíos y realengos de esa ciudad, que proporcionarían el pasto y sustento de las mil doscientas yeguas que se comprarían. Así se hizo, librando los primeros 1.500 ducados para el mantenimiento de la yeguada y 500 para el comienzo de las obras de la caballeriza. El resultado del proyecto fue tan extraordinario que estos caballos nunca llegaron a cubrir las yeguas de las dehesas municipales sino que quedaron para uso privado de la corona y compra de voluntades, a través de regalos a reyes y nobles. 
     Este fue el origen del caballo español, la cuna del mismo fueron las Caballerizas Reales de Córdoba, aquí se creo y se mantuvo durante mucho tiempo hasta que no se a quien se le ocurrió que no era el lugar mas adecuado. Tenemos a la Meca del caballo español, saquémosle fruto, trabajemos en ese sentido, involucrando a los poderes públicos y a la ciudadanía para potenciar este espacio, madre de todos esos animales tan hermosos que son admirados en el mundo entero, y que señores como tantas otras cosas de importancia nacieron en nuestra urbe, en la ciudad de Córdoba, dejemos ese senequismo provinciano y comprometámonos con la defensa de un buen proyecto. Las caballerizas Reales de Córdoba siempre estuvieron asociadas a la historia del caballo: asiento de la caballería de César en época romana y en época musulmana, recinto donde al-Hakam I, agrupó sus afamadas cuadras con más de dos mil animales. Fernando III mandó construir el antiguo palacio de las Caballerizas Reales, siendo ampliando por Felipe II. Un desgraciado incendio acabó con este edificio, que fue mandado reconstruir por Fernando VI y concluido por Carlos III. AcogióVII Depósito de Sementales, y en la actualidad a la sección montada de la Policía Local de Córdoba. Entre otros títulos añadamos que son las cuadras ocupadas mas antiguas de Europa.

lunes, 1 de marzo de 2010

El caballo cordobes en los toros

Hubo quien dijo que Córdoba era la madre de los mejores caballos del mundo, los equinos de silla cordobesa se denominaron en un primer momento Guzmanes, mas tarde Valenzuelas, después andaluces y finalmente españoles. Muchos eran los caballos que había en Córdoba durante el periodo de Abderraman I ( 756- 787), a los mozárabes de Elvira se les hacia pagar 10000 caballos durante cinco años. Alhaken II tenia 2000 caballos en dos edificios colindantes a su alcázar en la ribera del río. Estos se repartían entre veinte instructores a los que les correspondía 20 caballos a cada uno. Mas tarde el rey Felipe II fundo la Caballeriza Real de Córdoba, con el fin de mejorar la cría de caballos, quedo ubicada en el mismo sitio en que tenia Alhaken sus 2000 caballos. Anteriormente Almanzor creo en la dehesa de Alamiriya una yeguada de Córdoba, aun hoy en día queda una porción de dehesa que se llama de la misma manera, próxima a Córdoba la vieja. Fernando III en la conquista de Córdoba utilizo caballos pesados para sostener a los caballeros y sus armaduras, los Reyes Católicos crearon un cuerpo de caballería ligera con caballos Valenzuela o cordobeses en su gran mayoría. 
     El libro de la Gineta y descendencia de los caballos Guzmanes (Madrid 1877), escrito por Luis Bañuelos y de la Cerda, describe la fiesta de toros y cañas en Córdoba, que se celebraba en la Corredera y en la calle la Feria. En la Corredera se realizaba con : Seis cuadrillas vestidas con librea de diversos colores, polainas y plumas blancas en el sombrero Los caballos adornados en sus crines y cabeza y con sillas de montar bordada. Entraban los jinetes empuñando una lanza con su banderola, abrían paso los tambores y trompetas, cuatro caballeros diputados ordenaban la comitiva, la música a un lado de la plaza, los jinetes entraban por parejas. Los de a pie que eran 40 o 50 se subían a la ventanas para torear, cuando se soltaban a los toros se jugaban con lanzas y garrochon, varillas, a cuchilladas o corriendo al través. La corrida era así: El toro se encontraba encerrado en un rincón de la plaza, al soltarlo cincuenta hombres a pie le lanzaban un gran numero de dardos que quedaban prendidos en su piel, cuando el animal estaba cansado por tanto pinchazo sonaba la corneta y entraba el jinete de turno portando el garrochon, saludaba a la presidencia , se dirigía al toro, clavaba en el costado y quebraba el instrumento. Una vez que partía dos o tres rejones, soltaban dos o tres perros que hacían presa en el toro por las orejas, y los hombres de a pie le cortaban los jarretes, lo acosaban y remataban los toreadores.         Acabados los toros se jugaba a las cañas, los caballeros salían fuera de la plaza a coger las adargas, y mientras los caballeros diputados de capa y espada despejaban la plaza de la gente de a pie, entraban los jinetes llevando la adarga embrazada y la caña de mano. Al compás de instrumentos de guerra daban la vuelta a la plaza y ocupaban su sitio las cuadrillas, tres en una parte de la plaza y tres en otra. El juego comenzaba con la presencia de una cuadrilla, que recorría la plaza por delante de las otras cuadrillas que esperaban enfrente; sin dejar de correr arrojaban las cañas. Los atacados respondían de la misma forma , pero unos y otros empleaban las adargas para evitar que las cañas les alcanzaran, así hasta que todas las cuadrillas corrieran sus cañas, finalmente los caballeros diputados salían y se colocaban en medio de las cuadrillas, en ese momento los jinetes dejaban caer sus cañas y terminaba la escaramuza. La fiesta con capas y gorras solían organizarse por nacimiento o matrimonio de algún caballero cordobés, tenia lugar en la calle de la feria, que se cerraba y se colocaban andamios para la gente. El día de la fiesta entraban las damas y los caballeros se subían en las ventanas, el causante de la fiesta en la ventana , comenzaba a soltar toros bravos, quedando seis u ocho caballeros en la calle para torear. Había siempre heridos al ser calle y toros bravos.
     A partir del S.XVI los caballos criados en Córdoba eran muy apreciados, descendían de un caballo berberisco que en el reinado de Carlos I un embajador marroquí de vuelta a su patria dejo enfermo en un mesón, era de la mejor raza berberisca. El caballo sano y el mesonero lo vendió a un tal Guzmán y este a Luis Manrique que lo dedico a padrear. Lo principal de esta raza lo adquirió el duque de Sessa y lo puso a cargo de un caballerizo, Francisco de Valenzuela. Este fue el origen de los nombres de Guzmanes y Valenzuelas. 
     El caballo en la plaza de toros de los califas aparece como: Alguaciles: Caballos hispano árabes, seleccionados por el tamaño y el pelo castaños, pues este color parece un uniforme. Entrenados para la presencia multitudinaria, aprenden el recorrido del paseíllo hasta ejecutarlo de memoria, es la única plaza de toros en que los alguacilillos siguen siendo representantes de la autoridad como antaño, pues son Policías. Caballos de Picar, con un peso medio de 550 kg., proporciones medias , cuello arqueado, grupa redonda y tórax de gran capacidad. Caballo de toreo, excepcional, con requisitos morfológicos y de comportamiento, con doma vaquera y alta escuela, raza básica española aunque ha evolucionado a la utilización del cruzado. En el primer tercio de la lidia suele usarse el anglohispano, el tercio de las banderillas que requiere terrenos ceñidos y componentes técnicos se usa el hispano árabe y para la suerte suprema en la que se debe citar a corta distancia , consentir mucho y salir apurado, el caballo español se hace imprescindible.