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miércoles, 24 de noviembre de 2010

¿Como era el alminar de Córdoba?



¿Como era el minarete de la mezquita cordobesa?. Si realmente queremos hacernos una idea veraz de la imagen que presento, solo tenemos que trasladarnos a la " puerta de Santa Catalina" de nuestra mezquita aljama, allí en la misma puerta podremos observar un bajo relieve en el que se representa el viejo alminar.

Esta constatado que los tres grandes minaretes almohades, entre los que se encuentra la Giralda, están hechos según el modelo de Córdoba. Ver estos minaretes es una buena manera de hacernos una idea de como era el de Córdoba originalmente y antes de la reforma de Hernán Ruíz.

Los almohades fueron grandes constructores de alminares. Utilizaron este elemento de la mezquita, símbolo por excelencia de la presencia y el triunfo del Islam, no sólo con objetivos puramente religiosos sino también como signo de legitimación y de propaganda e incluso con fines estratégicos. El alminar de la mezquita aljama de Córdoba les sirvió de modelo, lo que, a su vez, les permitía presentarse a sí mismos como herederos del califato omeya de Occidente. Los alminares de sus grandes aljamas, la Kutubiyya de Marraquech, la Giralda de Sevilla y o la de ˘asan en Rabat, manifiestan esos propósitos.

Este articulo es de Susana Calvo. “Las Mezquitas de pequeñas ciudades y núcleos rurales de al-Andalus”
Revista de Ciencias de las Religiones Anejos. 2004, X, pp. 39-63

Realmente ¿ a donde se dirigia la via Augusta desde Córdoba?





La Vía Augusta era la principal ruta terrestre de la Bética que unía Cádiz con Roma.
La Vía Augusta era, y es en la actualidad, una de las vías más transitadas de la antigüedad que unía Gades con la actual La Junquera donde enlazaba con la Vía Domitia. Era el eje principal de la Hispania romana, que dependiendo de las distintas invasiones de los pueblos que la habitaron, llegó a recibir distintos nombres: Vía Heracles (por Hércules en tiempo de los griegos), Camino de Anibal (cuando los cartagineses) -hay que tener en cuenta que Aníbal comenzó su marcha hacia Roma partiendo de Cádiz, ruta del Espart, etc. Y el emperador Augusto le dio su nombre entre los años 8 y 2 a.C.


Aunque la Vía Augusta siguió con ligeras variantes un trazado precedente, el de la Vía Heraklea, será Augusto, de ahí su nombre, hacia el cambio de era, el que confiera a este camino de una capacidad, dicho en terminos actuales “transnacional”. Prolongó la Vía Heraklea hasta Castulo y la hizo pasar por Corduba, Astigi e Hispalis hasta Gades. Sus sucesores, fundamentalmente Tiberio, mejoraran y consolidarán este viejo camino.

A nivel epigráfico esta vía es una de las mejor conocidas debido a que se han documentado más de cuarenta miliarios e inscripciones alusivas a puentes. Entre los miliarios, se conservan en el patio de la Mezquita de Córdoba un total de cuatro piezas, uno de época de Augusto, otro de Tiberio, un tercero de Caracalla, procedente de la Dehesa de Rabanales (actual campus universitario) y el último de Calígula.

En el siglo I d.C. la Vía Augusta (que unía a Roma con Gades) era la ruta terrestre más importante de la Provincia de la Bética. Discurría de este a oeste a lo largo de 262 millas, desde el Arco de Jano, situado en el Alto Guadalquivir, en las inmediaciones de la civitas de Castulo (Linares – Jaén), hasta la capital del conventus Gaditanus, Gades (Cádiz). La vía tenía la misma orientación que el río Guadalquivir y unía los dos extremos de la Provincia a través de un trazado aceptablemente llano.
Los puntos extremos de este camino, Gades y Roma, se unen a través de una calzada que discurre hoy por los países europeos. Por la antigua Tarraconesis, siguiendo la Vía Augusta, a través de las hoy comunidades Valencianas y Catalanas, la Bética se une al entramados de redes de la Galia e Italia.

Hay una alusión implícita en el Repertorio de Caminos de la Hispania Romana (p.468), al comentar los trabajos de Pierre SILLIÉRES sobre la Vía Augusta entre Córdoba y Cádiz.
Hay algo que deja insatisfecho en esta vía: ¿Por qué apunta desde el Sur a la insignificante Orippo, y no a Sevilla? ¿Por qué desde Carmona tampoco va derecha a Hispali, sino que hace un esguince para entrar en ella? ¿Heredarían los romanos un camino tartesio concebido en función de otros núcleos de población distintos de los romanos, e incluso en función de un distinto cauce del` Guadalquivir?

Que la Vía Augusta tal como aparece descrita en los Vasos de Vicarello y en el l.A. no pasaba por Hispali sino por un Hispalim-empalme.
Existen autores convencidos de que la primera Vía Augusta, en cuanto vía romana, iba mucho más directa de Corduba y Astigi a Gades . Pero pronto la atracción de Hispalis impondría el recorrido que nos han legado los Vasos de Vicarello.
Y aquí está el hecho curioso, aparentemente desconcertante, pero que podría ponernos en la pista de la solución de todo este problema: los tramos de calzada que en principio se explicarían por la atracción de Hispali, no tienen a Hispali como punto de mira.
La hipótesis, pues, es ésta: los tramos en cuestión fueron reaprovechados por los hispalenses/sevillados, pero su punto de mira primitivo era Tartessos. Es significativo que ambos terminan en puntos por donde se supone correría el brazo oriental del río Tartessos, donde se encontrarían los respectivos embarcaderos (uno de ellos sería en tiempos romanos la ciudad de Orippo).
Quiero recordar la importancia del asentamiento " Ibero " de la colina de los Quemados en el actual parque Cruz Conde, una civilizacion muy importante indigena previa a la colonizacion romana y que bien pudo deber su origen a esa red de ciudades dimanantes de la vieja Tartessos otro engma mas de la milenaria Córdoba.

domingo, 14 de noviembre de 2010

El enigma de las tumbas de los emires y califas cordobeses.


Los emires y califas de Córdoba fueron el punto de mira de las monarquías del mundo, parece difícil imaginar que los máximos representantes de esta dinastía no tuvieran un lugar especial para el deposito de sus restos mortales a la hora de enfrentarse a Alá. Si bien sabemos de la humildad del musulmán en el enterramiento, sin embargo también sabemos que personajes religiosos y relevantes sí están enterrados en mezquitas, a veces en tumbas de mucho lujo, como la del propio profeta Mahoma en Medina o las de los compañeros y los primeros imanes, que están dentro de distintas mezquitas sagradas como Kufa o Kerbela en Iraq, siendo lugares de peregrinación.
Al interior de las murallas sólo podían ser enterrados los califas, miembros de la familia real y personajes de alto rango, que contaban con los privilegios necesarios para ello. Dichas sepulturas son las conocidas con el nombre de Rawdas o Rauda, panteones o mausoleos "reales" ubicados normalmente entre jardines (TORRES BALBÁS, 1957, 133). Todas las ciudades importantes solían poseer una, aunque arqueológicamente solo se conocen los ejemplos de la rawda de los sultanes en la Alhambra (Granada), descubierta en 1892 (TORRES BALBAS, 1981, 16) y el posible Panteón Real del cementerio de la ALMONIA (Valencia), con una cronología imprecisa del s. XI-XIII (PASCUAL, 1989,406). De Córdoba conocemos los datos aportados por los textos escritos que nombran a los califas y personajes enterrados junto a ellos en la rawda al-Julafa, localizándola en el interior del Alcázar Califal. A pesar de haber realizado algunas excavaciones cercanas a la zona donde desde siempre se la situaba, Palacio episcopal y su entorno (CASTEJÓN, 1965, 229) y Figura contando con la noticia de un hallazgo de restos óseos en los sótanos de alguna de las
casas de los alrededores, no se han obtenido resultados satisfactorios. La propuesta mas plausible sobre su posible ubicación la describen MONTEJO, GARRIGUET y ZAMORANO
(MONTEJO et alii, 1999, 169), basada en un pasaje de Ibn Hayyan reproducido por al-
Maqqari, en el cual se narra la venida de Ordoño IV a Córdoba: "Pasaron ante la puerta del Alcázar, y, al estar Ordoño, [por fuera], entre las puertas de la Azuda y de los jardines,preguntó por el lugar del enterramiento de al-Nasir li-din Allah [Abd al-Rahman 111 (912-961)l. Le indicaron el sitio que corresponde en el interior del Alcázar, en la Rauda, ocupa la tumba, y entonces Ordoño se quitó el gorro, se inclinó ante el lugar de la tumba, y oró, tras lo cual volvió a ponerse el gorro en la cabeza" (GARC~AG ÓMEZ, 1965,324). Teniendo en cuenta la liofilización de las dos puertas citadas en el pasaje, la Rawda podría situarse entre la mitad occidental del Seminario y la calle Amador de los Ríos. Asimismo en una carta apócrifa del Emir Abd Allah, hijo de Muhammad a su nieto Abderraman III le dice cuanto sigue:
"cuando este escrito llegue a tus manos, amado hijo de mi llorado hijo, seras Emir de al Andalus. Delante de ti estará mi cadáver envuelto en blanca mortaja que desde los viejos tiempos del " Inmigrado" es sudario despues de ser bandera de nuestro linage y al lado cercano a mi cuerpo,ya frio estará esperando abierta en el Cementerio de nuestros antepasados, la terrible fosa donde habra de reposar durante siglos".
. Obviamente en esta carta apocrifa se hace mencion a un enterramiento dinástico. Añadamos algo mas. Mas tarde en la misma carta hace otra reflexion interesante, esta vez referente al asesinato de su hermano, cuyo autor fue el mismo y ante la sumisión que tuvo que manifestar ante Umar Ben Hafsum y su gente, suplicarle cobardemente y entre lágrimas que le concediera permiso para transportar a Córdoba el cadáver de Al Mundi y así poder darle digna sepultura en el "Panteón de su familia"
.
En otra cronica se señala que un dia despues de la muerte de Abderraman III, primer califa, con su sequito, el cortejo se puso en camino para llevar a enterrar en su panteon del "Alcazar".

A día de hoy y salvo que la arqueología cordobesa nos de una inmensa sorpresa, que a mi me conste, no tenemos ni un solo enterramiento de la época árabe, no ya de Califas, sino ni de los Emires, tampoco de los Reyes de Taifas, por tanto nos pasa un poco como con los Reyes Visgodos, que salvo excepciones no tenemos claro donde fueron enterrados.

.Documento núm. 41 a 852, septiembre, 22, noche del miércoles al jueves. Muere el emir ‘Abd al-Rahman II y es enterrado en el panteón de los califas en el Alcázar de Córdoba "Muere el emir ‘Abd al-Rahmán (II) ben al-Hakam ben Hishám b. ‘Abd alRahmán ben Mu’awiya b. Hishám b. ‘Abd al-Málik ben Marwán, la vela del jueves a tres días pasados de Rabi ‘II de este año =22 septiembre 852 y se enterró el jueves en la tumba de los califas en el Alcázar de Córdoba. Cerca de su tumba estaban enterrados sus hermanos, al-Mugira y Umaya. Rezó la oración fúnebre su hijo, el emir Muhammad ‘Abd al-Rahmán. Había nacido en Toledo en el mes de Sha’ban del año 176 = octubre-noviembre 792, desempeñando entonces su padre, al-Hakam, el gobierno del emir Hishám. Su reinado fue de treinta y un años, tres meses y seis días. Murió a la edad de sesenta y dos años." (Ibn Hayyan, Muqtabis edic. M. A. Makki, p. 158.) Al oeste de los baños califales, alrededor de los años 1977 - 1978, parece ser que se produjo un hallazgo curioso. En los alrededores de los baños califales debido a la construccion de alguno de los inmuebles que se encuentran por allí,apareció una estructura de planta central, llena de sepulturas de gran riqueza, con presencia de ataudes con ornamentaciones en marfil. La calidad de los materiales aparecidos y su coincidencia con la "Rawda" o cementerio califal hizo suponer que se podría tratar de algún enterramiento de la familia califal o emiral, de ahí que todo aquello se ocultase por lo comprometido que pudiera resultar.Existe asimismo una rumorologia referente a la ubicacion de un gran hallazgo en el barrio de San Basilio, en las cercanias de las escalinatas que bajan desde el Campo Santo de los Martires.

Hay quien afirma que los mandatarios árabes de la ciudad de Córdoba, podían estar enterrados bajo el Alcázar musulmán, pero es preciso recordar que este era mayor que el actual ( ver fotografia)y que actualmente coincide en gran parte con el Palacio Episcopal.

A continuación abundamos un poco mas en este misterio añadiendo el articulo "Las tumbas de los Califas cordobeses" de Miguel Franco

¿Donde están las tumbas de los emires y los califas que gobernaron nuestra ciudad, y gran parte de España, durante tres siglos?

En aquella época, la tradición era que los cementerios estuviesen extramuros de la ciudades, como también ocurría con los romanos. Solo los califas y los emires tenían el derecho a ser enterrados intramuros de la ciudad, en este caso Córdoba, en concreto en el recinto del Alcázar.

El cementerio de estos gobernantes se encontraba, según era costumbre, en una esquina de un jardín o “rawda” del Alcázar, donde eran enterrados a poca profundidad y sin alardes decorativos (una lapida o poco más). Vamos, que no existían grandes mausoleos o cosas por el estilo.

El Alcázar de los emires y califas cordobeses (Alcázar andalusí) ocupó, en sus orígenes, lo que es hoy en día el Palacio Episcopal y el Museo Diocesano. Posteriormente se realizaron diversas ampliaciones y, en su época de mayor esplendor, llego a ocupar, cuando menos, el siguiente espacio de la ciudad:

Los arqueólogos lo suelen situar en el espacio que hoy ocupan los jardines del Campo de los Santos Mártires o jardines “de las Manos”, pero no hay unanimidad al respecto (Antonio Arjona piensa que está en el solar que ocupaba el Alcázar Viejo de la Judería).

Cuando Córdoba fue conquistada por los “cristianos”, lo que quedaba de los edificios y solares que componían el Alcázar andalusí fueron repartidos entre diversas “instituciones” y “mandamases” de la época. También se construyó, en la esquina suroccidental y a lomos de la muralla, un nuevo recinto que es hoy conocido como “el Alcázar de los Reyes Cristianos, frente al cual se hizo una amplia explanada (actual jardín del Campo de los Santos Mártires).

La reurbanización de la zona, los derribos y la construcción de nuevos edificios terminaron por acabar, poco a poco, con el Alcazar andalusí. No es mucho lo que se conserva hoy de él. Se puedan ver parte de las murallas en la fachada del Palacio Episcopal y en el Palacio de Congresos, algunos restos excavados en los solares que hay al lado de la Biblioteca Provincial y los baños califales en el jardín “de las Manos”.

Los estudios arqueológicos que se han hecho sobre el Alcázar andalusí son escasos, y menos aun son los intentos por localizar la rawda. Quizá ya ni exista, por haber sido arrasada en épocas pretéritas.

De todas formas, llama la atención el desinterés que existe por desentrañar los misterios de un recinto monumental que fue tan importante en su época, aunque para finalizar añadamos el siguiente texto:
852, septiembre, 22, noche del miércoles al jueves. Muere el emir ‘Abd al-Rahman II y es enterrado en el panteón de los califas en el Alcázar de Córdoba

"Muere el emir ‘Abd al-Rahmán (II) ben al-Hakam ben Hishám b. ‘Abd alRahmán ben Mu’awiya b. Hishám b. ‘Abd al-Málik ben Marwán, la vela del jueves a tres días pasados de Rabi ‘II de este año =22 septiembre 852 y se enterró el jueves en la tumba de los califas en el Alcázar de Córdoba. Cerca de su tumba estaban enterrados sus hermanos, al-Mugira y Umaya. Rezó la oración fúnebre su hijo, el emir Muhammad ‘Abd al-Rahmán. Había nacido en Toledo en el mes de Sha’ban del año 176 = octubre-noviembre 792, desempeñando entonces su padre, al-Hakam, el gobierno del emir Hishám. Su reinado fue de treinta y un años, tres meses y seis días. Murió a la edad de sesenta y dos años."

(Ibn Hayyan, Muqtabis edic. M. A. Makki, p. 158.)

sábado, 13 de noviembre de 2010

El enigma de Medina Al-Zahira, la ciudad de Almanzor





Siempre hemos oido hablar del palacio de Medina Azahara, la ciudad palatina, pero hubo otro palacio de similares caracteristicas encubierto en parte por la grandeza del anterior, hablo de Medina Al´Zahira. ¿ Que sabemos de su ubicacion, de su desaparicion?, fue el centro de poder en su momento, mandado construir por Almanzor en los albores de la desmembracion del califato?, adentremonos en este enigma intentando aportar algunos datos que al menos esclarescan un poco mas el misterio de este palacio singular.

Medina Alzahira, en árabe la "ciudad resplandeciente" fue una ciudad palatina construida por Almanzor en el siglo X en las cercanías de Córdoba en la margen derecha del Guadalquivir. Su construcción se produjo entre 979 y 987. Almanzor abandonó Medina Azahara, se instaló en ella y la convirtió en el segundo centro administrativo y de poder del Califato, hasta que fue saqueada y destruida en abril de 1009.

La ubicación de Medina Al Zahira se ignora (según el ensayo sobre Almanzor de Laura Bariani, Editorial Nerea, 2003). Pero se sabe que era una auténtica ciudad, cuyo nombre se traduce por "ciudad resplandeciente".

Según este ensayo, la ubicación fue elegida de acuerdo con unos presagios que habían anunciado que la ciudad que se edificara en ese lugar se convertiría en el centro de todo el poder, poder del que quedarían privados los Omeyas.

Es posible que la imposibilidad de conocer su ubicación esté relacionado con que, apenas 30 años después de su edificación, fue completamente destruida por el Omeya Muhammad al Mahdi, que derrocó al califa Hisham y declaró la guerra civil.
El Omeya comprendió bien que para deponer a Hisham había que poner fin a la dinastía de los amiries (la de Almanzor) y que para triunfar en el intento era preciso atacar su bastión geográfico y simbólico. En febrero de 1009 "ordenó destruir la ciudad, derribar sus muros, arrancar sus puertas, desmantelar sus palacios y borrar sus trazas".

Se barajan varios lugares de ubicacion, algunos hablan del barrio de Fidiana, otros en las inmediaciones del Pryca Zahira, los mas en el poligono de las Quemadas( de ahi vendria lo de "las Quemadas", ya que se considera que fue incendiada).Incluso algun autor se atreve a presentar fotografias de los restos del palacio ubicado en el poligono antes mencionado.En realidad la ubicacion exacta no se sabe con certeza pero se presupone qe estaba a las a fueras de Córdoba hacia la zona este, pero no se han encontrado nada mas que arrabales que llegaban hasta la zona de Fátima próxima al Pryca. Las ultimas excavaciones en la avenida de Libia nos muestran hectareas y hectareas de restos arqueologicos de arrabales musulmanes que se dirigen hacia las zonas mencionadas anteriormente, algo que es bien significativo.
Según historiadores musulmanes de la época este palacio era aun mas grande y hermoso que Madinat al-Zahra.

Otras opiniones son mas concretas y ubican los restos de este antiguo palacio en el poligono industrial de las Quemadas donde actualmente se encuentra el centro de discapacitados "Proymer" . A los restos se pueden acceder desde un camino que sale desde la salida de la autovia hacia el mismo poligono industrial (enfrente de una nave de maquinaria). Por el camino se pueden observar restos de esta etapa de esplendor de la Península Ibérica como pueden ser aljibes, pozos y demás para el abastecimiento de agua, así como los cimientos. estoy seguro que al igual que el antigo anfiteatro romano, o el gran circo, se conseguira finalmente localizar este extraordinario recinto, ese dia sera grandioso porque recuperaremos del olvido una nueva joya de ese collar que es nuestra urbe...


Las almunias eran residencias campestres, a veces verdaderos palacios, situados a las afueras de la ciudad. No eran sólo grandes fincas de recreo rodeadas de extensos jardines bien irrigados, sino también importantes explotaciones agrícolas o ganaderas que producían cuantiosos beneficios al propietario. Una de las más antiguas de Córdoba era la almunia al-Rusafa, edificada por el emir Abd al-Rahman I (756-788) al norte de la capital. En ella, según las fuentes, se plantaron plantas exóticas y árboles traídos de Siria y otras regiones por los agentes del emir, entre ellos una palmera y unos granados que daban gruesos frutos, variedad que fue conocida desde entonces como granada rusafí, por proceder de la Rusafa siria, o granada safarí, en recuerdo de Safar, la persona que, al parecer, la introdujo en la provincia de Málaga. Esas nuevas especies, incluida dicha granada, se aclimataron en esta almunia y después se expandieron por la Península.

Otra almunia muy famosa fue la de al-Na‘ura o de la Noria, construida por el emir Abd Allah (888-912). Ésta fue ampliada y embellecida en el siglo X por Abd al-Rahman III, que la convirtió en su residencia preferida antes de construir Madinat al-Zahra’. Pertenecían a ella los restos encontrados por D. Félix Hernández en 1957 en el Cortijo del Alcaide y otros encontrados recientemente cerca de allí. Sus jardines estaban irrigados por el agua que una gran noria extraía del Guadalquivir.

El mismo emir construyó la almunia al-Nasr o de la Victoria, situada asimismo junto al río. Toda la orilla estaba plantada de olivos y servía de paseo a los elegantes, según las fuentes: «siempre había gente paseando bajo las sombras de los árboles por la frescura del lugar».

Durri el Chico, el fatá o gran oficial de origen esclavo de al-Hakam II, construyó una almunia llamada al-Rumaniyya, que regaló luego al califa al-Hakam (en 973). Según los autores árabes, ésta había sido una «creación personal suya, su lugar de retiro y la inversión de todo su caudal».


«Había llegado en ella al colmo de la perfección», era tan bella y bien dispuesta que el califa acudía allí con frecuencia. Poseía jardines bien regados y tierras de labor que reportaban al fatá pingües beneficios. Las ruinas de esta almunia fueron excavadas en 1910 por D. Ricardo Velázquez Bosco y destruidas más tarde por las obras de un cortijo. Ocupaba un área de 4 hectáreas a los pies de la Sierra de Córdoba, al oeste de Madinat al-Zahra’. Se niveló el terreno mediante terrazas y se situó en la más alta el edificio residencial, cuya estructura era más modesta pero similar al de Madinat al-Zahra’, y bajo ella una gran alberca de la que aún se conservan parte de los muros perimetrales. Otra almunia ha sido localizada en la finca de Turruñuelos, al noroeste de Córdoba, con nada menos que once hectáreas y media de extensión.

Las grandes mansiones del interior de la ciudad también poseían sus jardines, que hoy podemos imaginar gracias a un relato de Ibn Hazm en su obra titulada El collar de la paloma. En unas líneas recuerda una fiesta familiar que se celebró en sus casas del arrabal oriental de Córdoba. Las mujeres pasaron el día en casa y por la tarde se trasladaron a un torreón que había en la finca y que hacía las veces de mirador. Poseía éste unos ventanales con celosías o ajimeces desde los que se dominaba el jardín de la casa y se podía divisar toda Córdoba y su vega. Tras contemplar el paisaje, las mujeres bajaron al jardín, donde las más ancianas pidieron a una joven esclava que cantara acompañada del laúd. La contemplación de la naturaleza era uno de los placeres más arraigados en la sociedad andalusí, así lo demuestra este relato y también la organización de los jardines de la ciudad palatina de Madinat al-Zahra’

El patio de los naranjos





La presencia de árboles en los patios de las mezquitas de Al Ándalus parece tener su origen en la propia mezquita mayor de la capital, Córdoba. Ibn Hayyan, el famoso cronista cordobés del siglo XI, dice que el introductor de esta costumbre fue un sirio llamado Sa‘sa‘ah ibn Sallam, imán de plegarias en Córdoba, ciudad donde murió hacia 796. Este imán opinaba, en contra de la opinión de otros alfaquíes, que era lícito plantar árboles en el patio de la mezquita. Por su parte, Ibn Attab, otro alfaquí cordobés de prestigio, se oponía a esa plantación por ser una novedad ilícita y defendía que era mejor cortarlos, pues de todas las grandes ciudades que él conocía, sólo en Siria las mezquitas tenían árboles. Respecto a sus frutos, si existían, debían ser el almuédano y el resto de los servidores de la mezquita quienes los recogieran. Otros alfaquíes, al contrario, reclamaban el derecho de todos los fieles a disfrutar de esos frutos porque éstos nacían de Dios.

En la Mezquita aljama de Córdoba se sabe de la existencia de palmeras en el patio poco después de la conquista de la ciudad. Hoy día, y gracias a plantaciones sucesivas a lo largo de los siglos, el patio cordobés posee una gran cantidad de naranjos, cipreses, cinamomos y palmeras. Aunque no se tengan documentados, lo probable es que, al menos tras la ampliación del patio por el califa Abd al-Rahman III (s. X), también se plantasen naranjos o limoneros, los árboles citados con más frecuencia en los patios de las mezquitas andalusíes. En todo caso su número sería mucho menor que en la actualidad, porque hay que tener en cuenta que el patio era también un espacio destinado a la oración, sobre todo en la masiva congregación de fieles en la plegaria de los viernes a mediodía. No obstante, los autores árabes sólo hablan muy ocasionalmente de los árboles de las mezquitas.

Jerónimo Münzer, el viajero alemán que recorre España hacia 1495, poco después de la conquista de Granada, describe los jardines del patio de algunas mezquitas andaluzas. Desconocemos su disposición, pero la mención por parte de Münzer de la palabra jardín hace sospechar que se trataba de algo más que de árboles plantados en un patio.

De la mezquita mayor de Almería dice: En el centro de la mezquita mayor hay un amplio jardín plantado de limoneros y de otros árboles, enlosado de mármol, y en medio de él la fuente en donde los fieles se lavan antes de entrar al templo. Respecto a la que llama «vasta mezquita» de Sevilla, dice que su jardín estaba plantado de cidros, limoneros, naranjos, cipreses y palmeras; el de la aljama del Albaicín de Granada estaba plantado de limoneros. También tenían jardín las pequeñas mezquitas de barrio de Granada, como la de San José, que poseía un enorme olivo cargado de aceitunas. Las mezquitas en uso en Argelia y Marruecos todavía tienen árboles plantados en sus patios.

Las mezquitas, fuera de las horas canónicas de oración, eran lugares de descanso, meditación y oración para los ciudadanos, que podían frecuentar sus naves o su patio a cualquier hora del día. Se trataba del espacio público más importante de las ciudades islámicas y en ese sentido el jardín de las mezquitas se puede considerar también un jardín público abierto a todo el mundo, un jardín de refugio como el que cita el Corán

Un jardín que quizá recordara aquél que recibirán los musulmanes en recompensa por su fe y sus buenas obras, el jardín del Paraíso, tal y como se podía leer en las inscripciones que decoran la macsura y el mihrab de la propia mezquita mayor cordobesa .

¡No temáis ni estéis tristes! ¡Regocijaos, más bien, por el Jardín que se os había prometido!
© Instituto Cervantes (España), 2004-2010. Reservados todos los derechos.


Veamos por ejemplo los naranjos, que desde finales del siglo XVI( hay algunos historiadores que opinan que los primeros naranjos del patio fueron traidos por los cruzados desde Jerusalen) dan nombre al recinto: suman hoy 96, organizados en tres cuadros, con sus alcorques circulares intercomunicados por acequias rectilíneas trazadas en el suelo empedrado, que en primavera inundan el patio con el desmesurado aroma del azahar. Entre los naranjos, esbeltos cipreses apuntan al cielo, mientras los penachos de las escasas palmeras, suavemente mecidos por la brisa, acentúan la nota de exotismo oriental.

Se trata de un recinto cerrado de 130 metros de largo por 50 de ancho que está dividido en tres partes, cada una de ellas con un surtidor en el centro. Además, en el interior del Patio se sitúan la Fuente de Santa María o del Caño del Olivo y la Fuente del Cinamomo.

En sus muros de cierre, pero por el exterior, se encuentran las fuentes del Caño Gordo y la de Santa Catalina, además del Arca del Agua.

Bajo la zona correspondiente a la ampliación de Almanzor, se halla un gran aljibe cuya construcción se remonta al siglo X.

jueves, 11 de noviembre de 2010

El enigma de las reliquias de los Santos Mártires de Córdoba


El fenómeno del martirio resulta algo inexplicable, ya que es contrario a un instinto basico,primario y principal como es el de la supervivencia. No solo era cuestión de contrariar a la autoridad reinante, además se debía tener una capacidad de aguante al dolor que en la actualidad parece incomprensible, para finalmente aceptar la muerte incuestionable. Este fenómeno tuvo su momento en Córdoba, hasta tal punto que incluso los mismos cristianos llegaron a tacharlo como de aptitud de "soberbia".

En abril del año 850 un sacerdote perteneciente a la iglesia de San Acisclo, llamado Perfecto fue acusado de proferir insultos contra Mahoma, fue condenado a muerte y decapitado. Este hecho dio lugar a una progresiva cadena de actos de exaltacion religiosa. Los árabes respondieron en primera instancia con blandura, pero ante la persistencia de los cristianos, al cabo de un año sufrieron martirio varios cristianos. Abderraman ordeno la prisión del obispo de Córdoba Eulogio y continuaron los martirios mas crueles si cabe. Finalmente Eulogio fue degollado.

Bien según la tradición, las reliquias de los Martires se conservan en la urna de plata custodiada en la parroquia de San Pedro.Restos recopilados durante generaciones y venerados por los vecinos de Córdoba, pero ¿ realmente que encierra esa urna de plata?, los restos humanos existentes en ella , ¿ a quien pertenecen?.

A ciencia cierta, poco se sabe de estos Santos Mártires. Escasas noticias, transmitidas muchas veces de forma tradicional pero sin apoyatura documental, apenas son algunos detalles de las vidas y martirios de estos cristianos cordobeses. Sin embargo, se sabe con total seguridad, por la investigación llevada a cabo sobre dichas reliquias —en 1997 y 1998— por los doctores Fernández Dueñas y Felipe Toledo, que en la urna hay restos humanos de dos épocas distanciadas por varios siglos, que perfectamente podrían corresponder al tiempo transcurrido entre las persecuciones romana y califal.

Reproducimos a continuación el artículo sobre las reliquias de los Santos Mártires del que es autor el médico y académico cordobés Ángel Fernández Dueñas, y que aparece publicado en el Boletín de la Real Academia de Córdoba (año LXXXIII, número 146, Enero–Junio 2004, páginas 215–230). En el artículo, el autor expone algunas de sus conclusiones tras haber investigado sobre las Reliquias de los Santos Mártires.

Un día del mes de diciembre de 1997, don Manuel Nieto Cumplido, Canónigo Archivero de nuestra Santa Iglesia Catedral, me comentó el proyecto del Sr. Obispo D. Javier Martínez, referido a la apertura del Arca de los Santos Mártires, para proceder a un tratamiento de conservación, recuento y clasificación de las sagradas reliquias en aquella contenidas.

A primeros de marzo del año siguiente, recibí el nombramiento de Perito Médico para tal menester, firmado por el Canciller–Secretario del obispado, don Felipe Tejederas (q.e.p.d.), citándome para el día cinco siguiente, en la Sala Capitular de la Catedral Mezquita, con el fin de proceder a la misión encomendada, una vez prestado juramento ante el Sr. Deán y Vicario Judicial de la Diócesis, don Alonso García Molano, en presencia del Sr. Delegado del Obispo, el referido Sr. Nieto y el Promotor de Justicia, don Juan Arias Gómez.

A las cinco de la tarde del día señalado, nos reunimos –junto al Sr. Obispo y los canónigos antes citados, –algunos miembros más del Cabildo y el párroco de San Pedro– el carpintero, el cerrajero y los guardias de seguridad, además de los peritos médicos designados, el Dr. Toledo Ortiz y el que esto escribe.

Tras haber jurado, todos los que intervendríamos en el proyecto, ejercer nuestras respectivas funciones con honestidad y celo, se procedió a la apertura del Arca, serrando su tapa superior, habida cuenta de la imposibilidad de abrir los candados que la aseguraban, por haberse perdido las llaves correspondientes, cosa nada extraña si recordamos que la última vez que se cerró la Urna fue el 4 de mayo de 1791.

Una vez facilitado el acceso a su contenido, me cupo el honor de ir extrayendo los restos, al par que el Dr. Toledo iba colocándolos fuera. La impresión que tuve en aquellos momentos, fue la de estar introduciendo mis manos en las mismísimas entrañas de Córdoba; ellas, mis pobres manos, tocaban y tomaban aquellos restos sagrados de unos cordobeses que dieron su vida confesando a Cristo, unos, en los primeros siglos de nuestra Era y, los más, en los años centrales del siglo IX. Experiencia única, que forma parte de mis recuerdos más vívidos y entrañables.

Durante dos meses y medio, las reliquias permanecieron sobre la misma Mesa Capitular, en tanto que el Dr. Toledo y yo, procedíamos, en nuestros ratos libres, a su clasificación y recuento. No quiero ni puedo dilatarme más en cada una de las circunstancias que vivimos solos y encerrados (situación necesaria y acordada con los guardias de seguridad), desarrollando nuestra interesante tarea.

Por mi parte, desde que supe la misión que se me encomendaba, me puse a leer, de una forma tal vez desordenada, todo lo que pude encontrar de la extensísima bibliografía referente a los Santos Mártires de Córdoba; pensaba, infeliz de mí, que podría llegar, incluso, a su identificación, una vez conocidas las circunstancias de su martirio, sueño, en fin, que quizá se haya cumplido en un caso solamente.

A partir de entonces, me propuse una línea de investigación más rigurosa, acudiendo a las prístinas fuentes escritas, que son, para los mártires mozárabes, las obras de San Eulogio y Álvaro Paulo, sin obviar las noticias que nos legaron aquellos escritores, cordobeses y foráneos, que, a lo largo de los siglos, se ocuparon del tema y que me abstengo de citar, por quedar reflejados en su mayoría, en las correspondientes notas a pie de página.
Habiendo adquirido, creo, un aceptable conocimiento de los mártires cordobeses, de su vida y circunstancias de su muerte, acometo hoy, siquiera sea una aproximación, sobre la relación de los restos estudiados con los datos históricos que he podido recabar. No pretendo hacer una exposición exhaustiva porque excedería, en mucho, el limitado espacio de un artículo, aunque no renuncio a retomar el tema, más pausada y extensamente, en un futuro inmediato.

Sí les prometo, que intentaré ceñirme siempre a posibilidades objetivas, a cuestiones compatibles con la verdad, a la luz de la historiografía y la razón, obviando explicaciones forzadas y, a veces, manipuladas por muchos autores.


He de comenzar exponiendo pormenorizadamente, la relación de huesos que pudimos estudiar. De esta relación, quiero resaltar estos datos:

– Pudimos contabilizar 450 piezas óseas de adulto, más un número considerablemente menor, perteneciente a niños, que merecerá una explicación, creo que convincente, más adelante.

– Fijémonos, especialmente, en el número de cráneos (seis, completos; doce, absolutamente definidos, aunque incompletos y 80 trozos de bóveda craneal) y en el de fémures, derechos e izquierdos, por cuanto, basándome en dichas piezas óseas, he de construir mis deducciones.

A este respecto y aunque sólo sea a vuelapluma, he de apuntar, que, por ejemplo, Martín de Roa afirma que existían en el Arca “...nueve cabezas casi enteras, muchas partes de otras, que, al parecer de los médicos, eran de otras nueve y huesos de otros 18 cuerpos, que según eran, entre sí, diferentes, no podían de ser de menos número y algunos quemados...”. Este mismo número, 18, es el que defiende Sánchez de Feria, aunque matiza que habrían que añadirse los restos de seis mártires más, tres hispanorromanos (Acisclo, Victoria y Zoilo), un hispano–godo (Agapito) y dos, mozárabes (Natalia y Félix), no tenidos en cuenta por autores anteriores. Una tercera teoría, defendida por otros, es la de considerar los “dieciocho clásicos”, más los seis hispano–romanos, de los que no podrían contabilizarse sus cabezas. Gran parte de estas afirmaciones choca frontalmente con mi investigación, como estoy seguro de poder demostrar.

A Martín de Roa le puedo argüir, que ninguna pieza ósea –excepto los cráneos alcanza– el número de 18; las cifras más aproximadas, son 17 fémures derechos, 14 izquierdos y 12 húmeros y 11 coxales, también izquierdos. Y en cuanto al número total, baste recordar que, cada cuerpo humano, sin contabilizar las piezas craneanas, se compone de 178 huesos, cifra, que multiplicada por 18, significarían 3.204 piezas óseas, número muy superior a las 352, excluidos los cráneos, contabilizadas en nuestro estudio.

Sé, por supuesto, que es absolutamente imposible que pudieran conservarse todos y cada uno de los huesos de los mártires que, tras diversos avatares, pudieron, al fin, recalar en la Basílica de los Tres Santos, hoy iglesia de San Pedro. Existen, al menos, tres causas comprobadas, que pueden explicar esto:

La primera de ellas, hay que situarla en los primeros años del reinado de Mohamed I (853 y 854), cuando dos torvos personajes, el exceptor Gómez, cristiano apóstata y el conde de los cristianos, Servando, caído en la herejía al final de su vida, no se contentaban con abrumar a sus antiguos correligionarios con onerosos impuestos e innumerables vejaciones, sino que el segundo de los citados llegaría a exhumar algunos cadáveres de los mártires que se veneraban en distintas iglesias, para mostrar sus restos a los ministros del emir, mofándose de ellos.

Otra causa que influye en esta merma de reliquias se dio a raíz de su descubrimiento en la iglesia de San Pedro, el 26 de noviembre de 1575, cuando, quizá a causa del exaltado fervor que provocó un hallazgo tanto tiempo intentados, desapareció un número, nunca cuantificado, de huesos, incluido un cráneo que, tiempo después, sería devuelto y colocado en el Arca.

– El tercer motivo hay que basarlo en la enorme veneración que suscitaban las reliquias de los mártires, a lo largo de toda la Edad Media, en todo el Occidente cristiano, que trajo como consecuencia el deseo de reyes, obispos y abades de monasterios, de poseer alguna de ellas y si, al principio, las más buscadas y deseadas fueron las de los hispano–romanos, sobre todo, Acisclo y Zoilo, después del siglo IX serían también las de los mozárabes. Córdoba, tierra de mártires, fue un punto especial de demanda, como se expondrá más adelante; por ahora, bástenos decir, que, en cierto grado, este fenómeno también influyó en el número de piezas óseas, que, en definitiva, quedaron en el Arca.

A estas tres circunstancias expuestas, había que añadir la pérdida de muchas de ellas a consecuencia de múltiples y dispares circunstancias que podemos suponer, y la desaparición de otras, constituidas por pequeños huesos, que irían deteriorándose a lo largo de los siglos, hasta originar su destrucción. A este respecto, he de comentar la gran cantidad de restos pulverizados, existentes en el fondo del Arca, que hubimos de recoger en unas bolsas al efecto y depositar dentro de aquella, antes de ser sellada.

Con respecto a los restos de niños, noticia esta no constatada en ninguna de las fuentes consultadas, tal vez para evitar supuestos escandalosos, pero escamoteo, al fin y al cabo de la verdad histórica, hemos de introducir ya su explicación, aunque en estos momentos haya de ser apresurada:

En los monasterios dúplices existentes en nuestra sierra, con frecuencia recalaban familias enteras que, a veces, llevaban niños de la más tierna edad. Ello, lo podemos constatar en la Regla de San Fructuoso, Regula communis, en la que se dice: “Cuando alguno viniera con sus mujeres y sus hijos pequeños, menores de siete años, es voluntad de la Santa Regla común, que padres e hijos se pongan en manos del abad, para que él disponga, con toda solicitud, lo que debe observar cada uno. Teniendo compasión de estos niños tan tiernos, les permitirán que puedan ir del padre a la madre, cuando quieran…”. O sea, es natural que en los cementerios de estos centros de espiritualidad, fueran inhumados los cadáveres de los niños que morían y en dos de ellos, Peñamelaria y Cuteclara, recibieron enterramiento algunos mártires que, en algún momento y por diferentes causas, fueron trasladados a otros lugares. Es verosímil que, entre los restos de adultos, fueran incluidos, quizá, a veces, voluntariamente, algunos huesos de niños, lo que explica, de forma lógica, nuestro inesperado hallazgo.

Expuestas estas consideraciones previas, vayamos al fondo de la cuestión, que quiero exponer de la forma más sucinta posible. Pero, primero, quiero detenerme en esta imagen, que reproduce el cuadro que pintara en 1870, Ángel María de Barcia, el más completo, sin duda, que se ha dedicado a los mártires cordobeses, conocido, sobre todo. Gracias a las reproducciones difundidas por la fototipia Hauser y Menet, muchas de las cuales las podemos encontrar en conventos e iglesias de nuestra ciudad, incluso en algunos domicilios particulares.

En la parte superior del cuadro, vemos una alegoría de los Cielos, presidida por Jesús portando la cruz, símbolo de su martirio y la Virgen Maria y a ambos lados, los mártires de las persecuciones romanas. A la derecha, tras un ángel en pleno vuelo, los dos santos hermanos, Acisclo y Victoria y un poco más atrás, Fausto, Januario y Marcial. A la izquierda, inmediatamente, Lorenzo y su pan–illa simbólica I–I y más al extremo, Zoilo y sus 21 compañeros de martirio.

Inmediatamente por debajo, los límites nebulosos de la sierra y la cinta plateada del río, se continúan con el alcázar del emir, la Mezquita y, finalmente, a la izquierda, una panorámica del barrio de la Ajerquía. A este lado del río, se sitúa una Torre de la Calahorra absolutamente figurativa, por cuanto no existía aún en el siglo IX.

En la base del cuadro, aparecen los mártires mozárabes en número de 53, reunidos en la margen izquierda del Guadalquivir, en el sitio donde casi todos ellos fueron colgados tras su decapitación en las puertas del palacio emiral, que se encontraban, aproximadamente, en el lugar que hoy ocupa el Triunfo de San Rafael de la Puerta del Puente.

En el centro de ellos, aparece Eulogio, primer e indiscutible historiador del movimiento martirial mozárabe y catalizador del mismo; el santo blande una espada manteniendo una actitud de arenga a sus compañeros de destino y, a ambos lados de los símbolos del martirio, la cimitarra y las palmas, aparecen todos los campeones de la fe, repartidos en diversos grupos, según fueron sacrificados.

Su identificación, por supuesto, aproximada, la he intentado durante muchas horas y cuando ya estaba concluida, encontré en una reproducción de este cuadro, existente en la iglesia de San Francisco, otra casi idéntica que figura al pie de la litografía, sin que me haya sido posible, por cuestión de tiempo, hacer un pormenorizado cotejo con la realizada por mí.

En definitiva, los mártires cordobeses, reconocidos por la Iglesia, alcanzan el número de 57, que comprende seis hispano–romanos y 51 mozárabes. Yo, por mi parte, llego a contabilizar 89 –31 y 58, respectivamente– a saber:

Entre los primeros, además de los seis, por todos aceptados, Acisclo, Victoria, Fausto, Januario, Marcial y Zoilo, habría que añadir los 21 compañeros de martirio de éste último, además de Lupo, Aurelia, Sandalio y Secundino, que suman los treinta y uno afirmados.

En cuanto a los mártires mozárabes, además de los 48 sacrificados en la década de los años cincuenta del siglo IX, durante los reinados de Abderramán II (822–852) y Mohamed I (852–886), que constituyen el cuerpo fundamental de este trabajo, hay que incluir además, a Adolfo y Juan, martirizados en el año 825, y a Felicitas y Maria, decapitadas en el 860, los cuatro, víctimas de los dos emires citados; por fin, también hay que contabilizar a Dulce, Pelagio, Argentea, Vulfura y Eugenia, muertos bajo la égida de Abderramán III y a Ágata, de la que no puedo precisar la fecha de su martirio. Total, 58. En la gráfica correspondiente, (Fig. 4) puede comprobarse con facilidad, la cadencia de esta persecución en la Córdoba islámica de la “tolerancia”, que alcanzó su cenit en los años 851 y 852.

Pero, centrándonos en el tema de las reliquias contenidas en el Arca, limitemos aún más la cuestión: En la lápida colocada en la fachada de la iglesia de San Pedro, figura una relación de los mártires, que, se asegura, están incluidos en la citada urna, cuestión en la que, en algunos casos, no puedo estar de acuerdo. Esta relación, que expongo, enumerada cronológicamente, es la siguiente:

Acisclo, Victoria, Fausto, Januario, Marcial, Zoilo, Agapito, Perfecto, Sisenando, Pablo diácono, Teodomiro, Flora, Maria, Natalia, Félix seglar, Cristóbal, Leovigildo, Emila, Jeremías seglar, Rogelio, Servideo, Argimiro, Elías y Argentea.


Refiriéndonos a Acisclo y Victoria, hemos de recordar que los restos del primero, se esparcieron por muchos lugares de España, hasta en seis ocasiones, a partir del año 688, hasta 1339. En lo que respecta a Victoria, sólo figura el traslado a Tolosa, en el año 810, de “la cabeza y otras reliquias”.

Mucho más revelador resulta el caso de Zoilo, alguna de cuyas reliquias fueron llevadas en el año 630 a Medina Sidonia y en el 851 a Pamplona y, al fin, en 1070, lo que quedara de su cuerpo, sería trasladado a Carrión de los Condes. Sin embargo, a favor de su testimonial presencia en el Arca, a pesar de lo que diga Ambrosio de Morales –otra sabrosa cuestión a debatir– hemos de decir, que en 1714, sería devuelta a Córdoba, “la canilla de un brazo”, atendiendo a la petición hecha 114 años antes desde Córdoba, donde se deseaba contar con alguna reliquia del santo. Aunque ésta fuera depositada, en principio, en la ermita de San Zoilo, tras la desaparición de ésta, pudiera haber sido agregada al Arca en alguna de las aperturas habidas, a lo largo del siglo XVIII.

Los restos de Fausto, Januario y Marcial –verdaderos titulares de la Iglesia de los Tres Santos, hoy San Pedro– han de estar, por pura coherencia, en la sagrada Urna, pero ¿qué restos? Si recordamos su martirio, comprobamos que, tras serles amputados nariz, orejas y labio superior y extraídos los dientes, fueron quemados y los restos que quedaran, fueron pasto de los perros. Poco podría ser recuperado, obviamente.

Agapito, aunque figura en la relación que comentamos, es seguro que no fue martirizado y muy dudoso, incluso, que fuera santo. Aunque así lo nombra Antonio de Yepes, Usuardo en su Martirologio, le trata de Venerable y Florez sólo hace mención de que “en Córdoba le veneraban como santo”. Pero, yendo al fondo de la cuestión que tratamos, es casi imposible que parte de sus restos estén en el Arca, pues su cuerpo entero fue trasladado, junto al de San Zoilo, a Carrión de los Condes.

Exceptuando a Agapito, por las razones aducidas, concedamos, con todas las suspicacias legítimas y realizando una nueva profesión de fe, que, efectivamente, figuran en el Arca, restos, pocos, de Acisclo, Victoria, Fausto, Januario, Marcial y Zoilo.

En cuanto a lo que respecta a los mártires mozárabes, poseemos muchos más elementos de juicio, para poder sentar nuestras conclusiones. La primera de ellas es la negativa a aceptar la presencia de Elías en el Arca, como afirma la aludida lápida de San Pedro, por cuanto este santo, muerto el17 de abril del año 856, junto a los monjes Pablo e Isidoro, tras ser decapitado, fue arrojado al Guadalquivir, desapareciendo su cuerpo, como sucedería también con sus compañeros de martirio.

Intentemos un apretadísimo resumen de las circunstancias de la vida y muerte de los 48 mártires aludidos:

De ellos, 22 fueron naturales de Córdoba; cuatro, de su provincia; seis, pertenecientes a la diócesis de Sevilla; tres, a la de Granada y uno, respectivamente, nacidos en Martos, Badajoz, Alcalá de Henares, Toledo, Portugal, Francia, Palestina y Siria, no constando el lugar de nacimiento de cuatro más. Todos, menos dos, residían en la propia ciudad o en los monasterios de la sierra y en lugares aledaños, como eremitas.

Fueron 38 hombres y 10 mujeres de todas las edades, con evidente predominio de los jóvenes (27). De ellos, 35 fueron clérigos –sacerdotes, diáconos o monjes– y 12, seglares (desconociéndose el estado de uno, Salomón). Cuatro procedían de familia totalmente musulmana; cinco de matrimonios mixtos y tres más, antiguos cristianos islamizados, que volvieron al seno del cristianismo.

Todos, excepto dos, Sancho y Argimiro, fueron decapitados, aunque fue dispar el destino de sus restos. Diecinueve mártires, después de degollados, fueron colgados y quemados, siendo esparcidas las cenizas de trece de ellos, en las aguas del Guadalquivir; de los seis restantes, pudieron rescatarse restos de dos, Cristóbal y Leovigildo y una parte de las cenizas de Émila, Jeremías seglar, Rogelio y Servideo. De los seis colgados y arrojados al río, sin ser quemados, sólo fueron recuperados los restos de dos, Rodrigo y Salomón. Uno, Argimiro, fue descolgado del patíbulo y enterrado por los cristianos por especial licencia del emir. Nueve más, tras su muerte, fueron directamente tirados al río, de donde fueron rescatados todos, excepto Amador. Por fin, doce fueron abandonados en el lugar de la ejecución, todos ellos recuperados, menos Abundio, del que San Eulogio en su Memorial de los Santos, dice que “se le expuso a las fieras para que lo devorasen”. Sólo de uno, Witesindo, se desconoce el destino de sus restos.

Observamos que los que fueron quemados y arrojadas al río sus cenizas, lógicamente desaparecieron para siempre, lo mismo que sucedió con cuatro de los colgados y arrojados al Guadalquivir e idéntica suerte la que corrieron, uno de los nueve directamente sumergidos tras su decapitación y el único de los doce cuyos cuerpos fueron abandonados en el lugar del martirio. En total, de los 48 mártires mozárabes, 28 pudieron ser rescatados y 20, definitivamente se perdieron.

Reduzcamos, ya, nuestra exposición, a los 24 rescatados, sin contar los cuatro representados en el Arca sólo por sus cenizas. Seis no pueden estar en ella por haber sido trasladados fuera de Córdoba, como es el caso de Aurelio y Jorge, llevados al monasterio de San Germán de los Prados, en París, en el año 858; y Félix monje (San Félix de Córdoba en los santorales, al que no hay que confundir con San Félix de Alcalá, mártir homónimo, un año después de aquéI), que también fue trasladado a Carrión de los Condes, junto a Zoilo y Agapito en el 1070 y, finalmente, Eulogio y Leocricia, llevados a Oviedo en el año 883. Un sexto mártir, Luis, fue extraído del Guadalquivir pocos días después de su muerte en el año 855, en Palma del Río, donde quedaron sus restos. Nos queda seguir el rastro de 18 mártires. De todos ellos existe constancia del destino de sus reliquias, que fueron repartidas por iglesias y monasterios de Córdoba. Las Basílicas de San Zoilo, San Acisclo, Tres Santos, San Cristóbal y los monasterios de Peñamelaria, San Ginés de Tercios, Santa Eulalia de Mérida, Cuteclara y Santos Cosme y Damián, fueron los lugares de veneración de estos mártires y de ellos, sólo recalarían en la cripta de San Pedro, según los diversos autores consultados, estos diez: Perfecto, Sisenando, Flora, Maria y Argimiro, procedentes de San Acisclo; Pablo diácono, Teodomiro, Cristóbal y Leovigildo, llevados de San Zoilo y Natalia, de Tres Santos. De los ocho restantes, sólo existe constancia de su primer enterramiento.

Antes de seguir adelante, tratemos del caso de Argentea, incluida en la relación de la lápida y no estudiada, por pura razón cronológica, entre los 48 santos mozárabes ya tratados. Esta joven virgen y mártir, hija del caudillo muladí Omar ben Hafsum, degollada en el año 931, en el reinado de Abderramán III, aunque no figura en ningún santoral antiguo conocido, ni siquiera en el Calendario de Recemundo, escrito sólo 30 años después de su muerte, sí es verosímil que pueda estar entre las sagradas reliquias.
Aprestémonos ya a extraer algunas conclusiones teniendo en cuenta, por un lado, el recuento de las reliquias existentes en el Arca y, de otro, las posibilidades que nos brindan los textos consultados.

Concedamos que, además de restos de los seis mártires hispano–romanos y las cenizas de los cuatro mozárabes aludidos, también se encuentren en ella, los diez recién citados, además de Argentea. Se alcanzaría un número máximo de 21, tres menos de los especificados en la lápida de San Pedro.

Sin pretender hacer un análisis exhaustivo de las reliquias, me limitará a considerar los fémures y los cráneos hallados, para intentar determinar, sin intención de dogmatizar, quiénes pueden estar en el Arca.

Como veíamos más atrás, existen 20 fémures derechos o restos de ellos identificables, 14 masculinos y seis femeninos y 21 izquierdos, 16 de hombre (uno, hispano–romano) y cinco de mujer. Luego, hay, al menos, seis mujeres, de las que, las cinco siguientes, sabemos que pueden figurar en el Arca.

De Victoria, por las razones expuestas y otras, que se han obviado en aras de la brevedad, no pueden existir fémures. Tampoco de Flora y Maria, de las que, únicamente, consta la existencia de sus respectivas cabezas. Dos de estos huesos, sí pueden corresponder, en cambio, a Natalia y a Argentea. Luego nos faltarían cuatro mujeres por localizar.

Basándonos también en el número de fémures, en los izquierdos en este caso, hay, al menos, 16 hombres, uno de ellos, hispano–romano. Ateniéndonos a los mozárabes –15– podemos atribuir un fémur, con toda seguridad, a Perfecto, Pablo diácono, Teodomiro y Argimiro, cuyos esqueletos pudieran haber estado completos, e incluso, también a Sisenando (a pesar de haber sido pasto de ratas y perros) ya Cristóbal y Leovigildo (quemados y parcialmente recuperados). Luego, todavía, sobran ocho fémures para atribuir a otros tantos varones.

Tomando los cráneos como punto de referencia, hemos visto que existen seis completos y 12 “inequívocos” (macizo maxilar y base del cráneo), y 80 trozos de bóveda para completarlos más que cumplidamente. Total, 18 (seis de mujer y 12 de hombre), de los que, siete, pueden atribuirse a Perfecto, Pablo diácono, Teodomiro, Flora, Maria, Argimiro y Argentea, y tres más, a Sisenando, Cristóbal y Leovigildo, a pesar de los condicionamientos expuestos. Tendríamos diez adjudicados, pero nos faltarían ocho nombres más.

Ante esta “ausencia” de mártires, hemos de plantear la siguiente hipótesis, fundada en los textos y tradiciones: Es probable, al parecer, que de la Basílica de los Santos Mártires, en 1275, fueran llevadas todas las reliquias reunidas, a San Pedro o, al menos, en algunos casos, directamente, desde las distintas iglesias en la que, originariamente, fueron enterradas. Esto, pudo suceder perfectamente, con las correspondientes a Gumersindo, Servodeo, Liliosa, Columba, Pomposa, Pedro monje, Rodrigo, Salomón y el cuerpo de Maria. Un total de cinco hombres y tres mujeres, número que nos permite responder a las deducciones planteadas:

1. Los cuatro fémures femeninos que faltaban, corresponderían a Liliosa, Columba, Pomposa y María. Se justifica así, perfectamente, el número de mujeres en el Arca.

2. De los ocho fémures izquierdos masculinos sobrantes, cinco podrían corresponder a Gumersindo, Servodeo, Pedro, Rodrigo y Salomón y aún sobrarían tres.

3. Es lógico y lícito asignar los ocho cráneos que restaban, a cada uno de los mártires últimamente relacionados, exceptuando a María, cuya cabeza ya figuraba en el Arca.
Después de toda esta exposición, me atrevería a establecer cinco conclusiones a este estudio.

Primera conclusión: En el Arca de los Santos Mártires, existen, no sólo los restos tradicionalmente aceptados, sino también todos los procedentes de las distintas iglesias de Córdoba.

Segunda conclusión: El recuento de las mujeres mártires, es perfecto:

En el Arca: Flora, Maria, Natalia, Liliosa, Columba, Pomposa y Argentea.

Fuera de Córdoba: Leocricia (en Oviedo).

Perdidas: Digna, Benilde y Áurea.

Tercera conclusión: En cuanto a los varones:

En el Arca: Perfecto, Sisenando, Pablo diácono, Teodomiro, Gumersindo, Servodeo, Pedro monje, Argimiro, Rodrigo, Salomón, Cristóbal y Leovigildo.

Fuera de Córdoba: Aurelio y Jorge (en París), Félix seglar (en Carrión de los Condes), Luis (en Palma del Río), Eulogio (en Oviedo).

Perdidos: Los quince ya conocidos.

No se conoce su destino: Abundio y Witesindo.

Cuarta conclusión: La relación de mártires, que figura en la lápida de San Pedro, no se ajusta totalmente a la verdad.

– Incluye a Elías, que se da como desaparecido.

– Cita a Agapito, que no fue mártir, y a Félix seglar, trasladado, como quedó dicho a Carrión de los Condes.

– No cita a los mártires que estaban en las diversas iglesias; sólo, a los procedentes de San Acisclo, San Zoilo, uno de San Cristóbal y dos, de Tres Santos.

Quinta conclusión: Basándome en el estudio de los restos hallados, puedo afirmar, que existen huesos de, al menos, 19 personas y cenizas de otras cuatro, correspondientes a 23 mártires mozárabes.

Haciendo una tercera y última profesión de fe, habría que sumar a este número, los seis santos martirizados en época romana, todos decapitados, con lo que los restos, serían de 29 personas. Sin embargo, todavía faltan los nombres de tres varones más, dueños de los tres fémures izquierdos que nos quedaban por adjudicar, con lo que el número total de personas, cuyos restos reposan en el Arca, asciende a 32.

¿Pudiera corresponder a Zoilo, Agapito, Félix, a pesar de saber con certeza que fueron trasladados a Carrión de los Condes en 1070? No lo creo, por las razones expuestas y alguna más, en la que no puedo ahora extenderme.

¿Deberíamos atribuirlos a los protomártires mozárabes Adolfo y Juan, que sabemos, fueron inhumados en San Cipriano, y a Vulfura, compañero de martirio de Argentea, enterrado en “cementerio desconocido?

No existe referencia alguna al respecto y su aceptación, sin más, sería un absurdo intento de cuadrar el círculo... En definitiva, al terminar de escribir este trabajo, fruto de muchas horas de satisfecha dedicación, sólo puedo terminar diciendo de los restos humanos que encierra el Arca de los Santos Mártires, incluidos los de los niños, que no son todos los que están ni están todos los que son.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Que son realmente los restos arqueologicos de Cercadillas


En los primeros años de los noventa, la ciudad de Cordoba se vio conmocionada por el hallazgo a extramuros de la ciudad, justamente donde se construiria la estacion del AVE, de unos monumentales restos arqueologicos. Si bien aparecian estratos de diversas epocas, los mas llamativos tanto por su envergadura como por su ubicacion, fueron catalogados como los restos de un antiguo palacio tardorromano perteneciente al emperador Maximiano Herculeo.El denominado palacio de Maximiano Hercúleo está situado dentro del Yacimiento Arqueológico de Cercadilla en Córdoba. Tradicionalmente se ha considerado fue construido por el emperador Maximiano en la época de la tetrarquía (entre el año 293 y 305), creyéndose que su construcción pudo ser originada como fruto de la dispersión de los centros de poder del imperio romano, por un lado, y debido a las incursiones de piratería franca en la zona del estrecho de Gibraltar, por otro.

El profesor de Historia del Arte de la Universidad de Sevilla Ramón Corzo Sánchez aseguró que los restos arqueológicos de Cercadillas corresponden a un palacio episcopal ordenado construir por el obispo Osio y no a un palacio imperial de Maximiano, como algunos arqueólogos han sostenido durante más de una década. El profesor Corzo ha demostrado que no fue un palacio de uso imperial que luego pasó a tener un uso religioso, sino que desde un principio fue religioso. Se trata --dijo-- "del palacio episcopal de Osio dedicados a San Acisclo. El edificio de Osio siempre sirvió de modelo a la arqueología cristiana en España. Hay relaciones formales como el tipo de arquitectura y la construcción de la fachada, así como elementos formales de dependencias idénticas a otros del siglo IV en la Península". Cercadillas es un edificio martirial, dedicado a conmemorar a San Acisclo, que es similar a otros que hay en España como el de la Alberca (Murcia), donde hay un gran monumento funerario cristiano que tiene una relación formal con Cercadillas y permite comprender que no es copia de edificios orientales, sino que es copia de Cercadillas, que se convierte en una referencia". También existe otro edificio denominado el Casón de Jumilla, que es cristiano y ha emulado en algunos aspectos al palacio cordobés.

Según el profesor Corzo, la confusión a principios de los años 90, se debió al hallazgo del fragmento de una inscripción de Maximiano, que junto a la aparición del anillo del obispo Sansón (siglo VI) o la lápida de Lampadio (obispo también del siglo VI), hizo pensar que lo mandó construir Maximiano a finales del siglo III y posteriormente tuvo un uso cristiano. Se sabe por las crónicas que Maximiano pasó por Córdoba camino de Africa, pero apenas estuvo dos meses en la ciudad.

Pero fue Osio en época de Constantino (muy a finales del III, principios del siglo IV) quien ordenó construir el edificio. Hay que tener en cuenta que Osio desarrolló su actividad pública después del Concilio de Nicea (año 313), que es cuando el cristianismo se hace religión oficial del Imperio. Tras abrazar el cristianismo influido por su madre --Santa Elena--, Constantino hace al obispo Osio su mano derecha y unifica la religión del Imperio. Osio se convierte en el siglo IV en la figura de mayor influencia, ya que marca los pasos del emperador. Es lógico que el hombre más fuerte del imperio tras Constantino ordene construir en Córdoba un complejo arquitectónico donde se refleje lo más adelantado de la arquitectura monumental, con aparejos y técnicas romanas, que se usaba en las murallas de Constantinopla. Vinieron a Córdoba arquitectos de Roma.

Sostiene Ramón Corzo, que se puede observar en Cercadilla que aparecen unidades de medida de los edificios cuyas proporciones son las de la arqueología cristiana --que no pudo existir en época de Maximiano--, basándose en el módulo de 80 centímetros, unidad de medida utilizaba muy similar a la de la vara castellana, de 81 centímetros, y "viene de ese primer edificio documentado en Córdoba".

Esta tesis también la defendió en el año 2000 el arqueólogo Pedro marfil, durante un congreso internacional sobre Visigodos y Omeyas , celebrado en Mérida, donde subrayó la idea apuntada por el profesor Corzo. En ese momento Marfil se desmarcó de la tesis de su compañero de excavación Rafael Hidalgo, con el que intervino durante las investigaciones arqueológicas de Cercadillas, tras haber destruido las máquinas el 80 por ciento de los restos hallados. La teoría del palacio de Maximiano se tradujo en una tesis doctoral y en algunas publicaciones, que ahora se están debilitando con las nuevas investigaciones.

De todo ello se desprende que aun hoy en dia no sabemos exactamente que es lo que realmente tenemos, si un palacio romano o bien uno episcopal, aunque lo cierto es que ha permanecido oculto durante mas de un milenio, cercano a un anfiteatro romano que tambien lo ha estado. ¿Cuantos restos arqueologicos de vital importancia aun permanecen por desenterrar e interpretar?

domingo, 7 de noviembre de 2010

El enigma de San Rafael



Nuestra hermosa ciudad esta impregnada por imagenes de San Rafael, son muchos los rincones de nuestra urbe los que esconden a este notable arcangel,muchos cordobeses creen que el arcángel San Rafael es el patrono de Córdoba, cuando realmente son los mártires Acisclo y Victoria. San Rafael es el custodio de Córdoba desde que en la Edad Media se atribuyó a su protección contra una epidemia de peste, tras varias apariciones a un fraile llamado Padre Roelas.

San Rafael (hebreo: רָפָאֵל, Rāp̄āʾēl) es uno de los tres arcángeles conocidos por nombre dentro de la tradición católica, dado que la referencia al personaje se da dentro del libro de Tobias ó Tobit , los otros dos arcángeles son Miguel y Gabriel.

El nombre proviene del hebreo רפאל: Rafa-El, que significa ‘el Dios El ha sanado’ o ‘¡sana, El!’ o ‘medicina de El’ . Actualmente la palabra hebrea equivalente a médico es rofe, conectado con la misma raíz de Rafa-El. En árabe es llamado اسرافيل Israfil.

Otro milagro atribuido al arcángel es la intervención en el hallazgo de las reliquias de los Santos Mártires cordobeses cuya urna se conserva en la Basílica Menor de San Pedro de la capital. En unas obras de restauración en noviembre de 1575 se descubren las reliquias de un grupo numerosísimo de mártires de las persecuciones romanas y mozárabes, agrupadas en una "fosa común". Según el testimonio del P. Roelas, el mismo arcángel San Rafael autentificó esas reliquias afirmando el origen martirial de los restos encontrados. Posteriormente el Concilio Provincial de Toledo del 22 de enero de 1583 declararon auténticos esos mismos restos.

En definitiva, nuestro San Rafael tiene su origen en la ciudad de Córdoba a consecuencia de una epidemia de peste bubonica procedente de Sevilla ( por ello la mayoria de las estatuas de San Rafel existentes en nuestro casco miran hacia Sevilla), se recurrio a este santo y no a otro porque era el adecuado, llamemosle el competente, al igual que cuando deseamos riquezas lo hacemos con San Pancracio. Probablemente el padre Roelas jamas supo la influencia que causo con esta decision, calles con ese nombre, celebraciones, nombres de pila...etc. Este es el origen y no otro del San Rafael en Córdoba.

Las inscripciones del monumento a San Rafael junto al Arco del Triunfo o Puerta del Puente



En 1736 varios caballeros devotos elevaron al Ayuntamiento cordobés un memorial solicitando la construcción de un Triunfo a san Rafael en un espacio conocido como Corral de los Ahogados. El primer diseño fue encargado a un arquitecto de Roma pero el proyecto quedó olvidado hasta que en 1765 se retomaron las obras, encargándose de ellas el escultor Michel de Verdiguier. El conjunto está constituido por un zócalo de jaspe, simulando un monte horadado sobre el que se eleva un castillo con el escudo del obispo promotor de las obras, Martín de Barcia. A los pies del castillo se recuestan las figuras de san Acisclo y santa Victoria, los patronos de la ciudad, junto a santa Bárbara. De la torre del castillo se proyecta una columna de mármol y encima se ubica un cimacio que sirve de peana a la figura de san Rafael.



Cercan este monumento diez pedestales con verjas intermedias, y sobre ellos faroles que de noche lo alumbran. En sus frentes se leen diez inscripciones latinas explicando el objeto de la obra y los atributos en ella colocados, y las cuales son como sigue:

La primera alude al castillo y león, que representan las armas de Córdoba, y dice así: Corduba, patritia olim et regia cognominata, in leonis fortitudine, ac inexpugnabili castello tesseram ducens, postassyriorum regni eversionem custodia Raphaelis munita, acceptum a D. O. M. piissimum donum hoc publico, mirabili, et augusto monumento, in aeternum gratitudinis suae erga Deum pignus, ejus antistitis impensa mirifice erecto futuris generationibus devote commendat.

La segunda alude a la palma, como señal de victoria, por haber sido Córdoba capital de la Bética en tiempo de los romanos y luego corte de los árabes. Es como sigue: Post tot tantasque victorias super omnes Baeticae civitates Corduba Metropolis eminet, fereque omnium nationum Hispaniam dominantium primaria Sedes ac curia. Palmam ergo jure meritoque obtinenti in Raphaelis custodia, tamquam suae gloriae fontali origine, dignatasEpiscopalis cordubensis ex toto opitulans, opus hoc magnitudine et majestate alteri impar, grato animo in posterum admirandum reliquit.

La tercera alude a la roca sobre la que descansa el castillo y después la columna con el ángel, que demuestra la firmeza en la fe demostrada siempre por los cordobeses. Es la siguiente: Numquam a catholica fide Corduba discessit, et in Petri Petra firmiter fúndata, Romanae Ecclesiae semper adhaesit: arii labe gotorum regibus contaminatis numquam paruit: sarracenorum tyrannica potestate opresa, fidem servavit in crepidine satis robusta firmitatem exprimens. Antistes cordubensis suis magnificentissimis expensis Raphaeli custodi suo hanc memoriam dicavit.

La cuarta alude al caballo, cuyo significado ya hemos dicho, y explica su inscripción: Super epistylium praeeminentis hujus scapi marmoream Raphaelis custodis cordubensis statuam in Baetis ripa, a quo provinciae nomen et fama, equorum nobilitate, frumenti, olei, vini, olerumque fecunditate satis notae equo, frugibus, et arboribus lapideis ad radices ejus excultis significatae, dignitas Episcopalis cordubensis suis magnificentissimis sumtibus elevaricuravit, ut Corduba antiquissimum provinciae caput de tanto custode gloriam et honoremposteritati commendet.

La quinta se refiere al milagro obrado por San Rafael con Tobías, y la casualidad a haberse colocado su imagen sobre la margen del río donde estuvo el hospital de los Ahogados. Es como sigue: In Baetis ripa lapidea Raphaelis imago mirifice erecta et exaltala est a D. D. Martino de Barcia, Episcopo cordubensi, in tanti custodis obsequium in loco ubi antiquitus coemeterium pro in Baeti suffacatis sepeliendis exstitit. Mira sane Providentia, ut qui Tobiam a devoratione piscis ad ripam Tigris liberavit, cordubenses ab instantibus et devorantibus malis liberet.

La sexta alude al águila con quien se compara al señor Barcia, que costeó el monumento y extendió la devoción a San Rafael. Es ésta: Episcopus cordubensis sicut aquila provocans ad volandum pullos suos, expandit alas suae devotionis, et ad custodis Raphaelis cultum cordubenses provocat: custodiam enim a gentibus, in similitudinem aquilae de longe venientibus, Cordubae mutuatam mirifice exaltare vult, et futuris generationibus memoriam reliquit.

La séptima alude al escudo de armas del señor Barcia que se ve sobre la puerta del castillo. Es como sigue: Ut in die ultionis Domini misericordiam a Deo Corduba consequatur per manus sui piissimi custodis Raphaelis, antistes cordubensis tamquam bonus Pastor, homo sine querela properans deprecari pro populo, proferens servitutis suae scutum, orationem, et per incensum deprecationem allegans resistit irae, et finem imponit necessitati, ostendens, quoniam suus est famulus.

La octava es dedicada a las imágenes de Santa Bárbara, San Acisclo y Santa Victoria: Super muros tuos, o Corduba, Episcopus cordubensis constituit custodem tuum Raphaelem, qui tota die ac nocte non tacet: et venient etiam in auxilium tibi speculatores murorum tuorum, Ascisclus scilicet et Victoria in protectionem tuam constituti, simulque Barbara, quam magna devotione Pastor tuus fuit prosecutus. Audi ergo voces eorum, et erit tibi secura protectio.

La novena alude a la protección del Arcángel Custodio de Córdoba: Levat Corduba oculos suos in montem, id est, in Raphaelem, unde venit auxilium ei: custodit enim eam in introitum suum et exitum suum ex hoc nunc, et usque in saeculum, et spiritus nequam ei non nocebit. Levat inquam oculossuos in montem, quem piissima devotio antistitiscordubensis contra saeculorum oblivionem erexit.

Y la décima, sobre el juramento de San Rafael y su encargo de dar culto a las reliquias de los santos Mártires: Archangelo Raphaeli coelesti medico, viantium fideli comiti, divinae misericordiae piissimo ministro, qui cordubensem custodiam sibi a Deo traditam juramento attestatus est, sanctorum cordubensium cultum et erga forum ossa piam devotionem commendavit. In tanti protectoris obsequium praefatus Episcopus cordubensis hanc marmoream statuam in ostio civitatis et in conspectu omnium populorum munificentiori manu elevari iussit.

En el patio o paseo que rodea el monumento hay otras tres inscripciones, dos de ellas en castellano y la otra en latín, que comprenden la historia de toda esta obra y las indulgencias concedidas a los que rezaren ante las imágenes allí colocadas. Insertámoslas a continuación para conocimiento de nuestros lectores:

:Gobernando la Iglesia Universal la Santi dad de Nuestro M. S. P. Clemente XIVy reynandoen España la Magestad del Señor Don Carlos III elilmo. Señor Don Martín de Barcia, Obispo de Cór doba, á propias expensas por su ardiente devociony la de su Ilustrísimo Cabildo principió la erecionde este Triunfo en 29 de abril de 1765, elevando sucolumna, y sobre ella la imágen de nuestro SantoCustodio Rafael en el de 1771, después de benditala estátua, y colocadas en su pecho las reliquiasdel Santísimo Leño de la Cruz., con partículas del velo de María Santísima, de la capa de su benditoEsposo Señor San Josef, y huesos de los Santos Pe lagio mártir, y Roque confesor, concediendo en su veneración 40 días de indulgencia á los que con ella rezaren una Ave María, rogando al Señor porel bien de su Iglesia y sana conservación de este pueblo.

La segunda explica su conclusión de este modo:

:Siendo Pontífice Romano Nuestro M. S. P. Pió VI y en el reynado de Nuestro Augusto Soberano Don Carlos III se concluyó este Triunfo en 31 de diciembre de 1781, baxo la dirección y ardiente zelo del Ilustrísimo Señor Don Baltasar de Yusta Navarro, Obispo de Córdoba, á expensas del caudal, que del espolio del Ilustrísimo Señor Barcia asignó la piedad del Excelentísimo Señor Don Manuel Ventura Figueroa, Caballero Gran Cruz, de la Real distinguida Orden de S. M. de su Consejo y Cámara, Gobernador del Supremo de Castilla, Comisario General de la Santa Cruzada, y Colector General en los Reynos de España: colocando las santas estátuas, y en el pecho de la de Santa Bárbara partículas de su cráneo, y de las Santas Agueda y Columba: en el de San Acisclo huesos de su cuerpo, de San Alvaro y otros; y en el de Santa Victoria parte de la cadena de su prision, y huesos de otros Santos: concediendo su Ilustrísima 40 días de indulgencia á los que devotamente rezaren una Ave María ante cada una de estas efigies, pidiendo a Dios por el bien de su Iglesia y eterno descanso de los fieles sepultados en este cementerio.

Finalmente, en el frente meridional del muro que da al río se halla colocada otra inscripción, que comprende la historia de toda esta obra, y dice así:

:D. O. M. / Divoque Raphaeli Archangelo, coelestis aulae Principi, /pio, ciementi, misericordi, / hujus cordubensis civitatis beneficentissimo Custodi, / in obsequii et gratitudinis signum / hoc mirum opus /maiestate, gravitate et pulchritudine omnibus impar / Ill. D. D. Martinus de Barcia, Cordubensis Episcopus. / D. O. S. / Quod licet expensis suis fieri curarit, morte tamen praeventus / perficere non potuit. /Illud autem post decem annorum curriculum / devotione, zelo ac pietate motus / Illustr. D. D. Balthasar de Yusta Navarro, ejusdem Sedis antistes, / erexit, direxit, ac perfecit, / regio nomine constituente / Excmo. D. D. Emmanuele Bonaventura Figueroa, / Supremi Regii castellae Senatus Gubernatore amplissimo, / in divi Petri suprema cathedra sedente / Ssmo. D. Nostro Pio Papa Sexto, /unica, viva ac vera catholicae fidei regula, / in Hispanias fauste ac dulcissime regnante / D. Nostro Carolo III pio, felici, augusto. / Anno Domini MDCCLXXXI.

El hospital de los ahogados


Siempre hemos escuchado que el rio Guadalquivir , llamado en epoca romana "Betis" y en epoca ibera " Certir",tambien ha tenido otros nombres como Circem, Persi, Tartesos, Betsí, e incluso hasta Thuria, a llegar a Guadalquivir, y
cuya traduccion del arabe significa " Rio Grande", era navegable hasta la ciudad de Hispalis( Sevilla), y desde esta hasta Cordoba se debian utilizar barcos de calado inferior porque la travesia ya era mas dificultosa.Han habido articulistas que se han atrevido incluso a hablar de las distintas ubicaciones que han tenido los diferentes puertos en las distintas epocas.Lo que parece cierto es que sin duda debio existir una gran efervescencia en el rio, incluso de tal magnitud que existio un cementerio concreto a donde se llevaban las victimas de los ahogamientos en este. A continuacion extracto una descripcion de este antiguo "tanatos-hospital", relacionado en el paseos por Córdoba.

A un lado del Palacio Episcopal, entre el seminario de San Pelagio y las oficinas o fielato de la Puerta del Puente, antigua aduana, se eleva un suntuoso monumento dedicado a San Rafael a expensas del ya nombrado obispo don Martín de Barcia. Antes de describirlo en todas sus partes nos parece oportuno dar a conocer cuanto hemos podido averiguar acerca de su historia, con los datos sueltos encontrados y con los muchos que nos suministra el folleto escrito por el presbítero don Gregorio Pérez e impreso en casa de Andrés de Sotos, calle de Bordadores, en Madrid, año 1782.

Al hablar en el barrio de la Magdalena de las muchas epidemias que han afligido a Córdoba, y al hacer la historia del convento de la Merced, hoy Casa de Socorro Hospicio, nos ocupamos ligeramente del contagio del año 1278, de la aparición de San Rafael al venerable Simón de Sousa en el convento de la Merced y del encargo del Arcángel por el obispo don Pascual sobre la colocación de su imagen en la torre de la Santa Iglesia.

Pues bien, aquel fue el motivo para que este prelado -cuyo apellido y demás circunstancias no anotan los autores, si bien le dan gran fama de virtudes y santidad- concibiese y realizase el pensamiento de fundar un hospital para el socorro y asistencia de los pobres contagiados. Dedicolo a la Virgen María en una imagen pintada al fresco que después estuvo sobre la puerta de la iglesia y aún existe en una de las capillas de la Catedral, donde llamaremos la atención de nuestros lectores.

Este fue el primer hospital que tuvo Córdoba después de la reconquista y donde se dio sepultura a su caritativo fundador, que lo dejó dotado, si no con tantos bienes que pudieran bastar a las necesidades de una población tan numerosa. Otra epidemia mayor, la de 1363, evidenció esta verdad, y el Cabildo proyectó entonces, llevándolo a cabo en poco tiempo, el hospital de San Sebastián, en unas casas que llamaban del Lavatorio y en cuyo solar se hizo después el mesón del Sol aún existente, dando nombre a la calle donde está situado.

La poca importancia del primero, ya conocido por el de los Ahogados, porque a él conducían los cadáveres de los infelices víctimas de sus descuidos o imprudencias en las aguas del Guadalquivir, y los embates de éste, iban arruinándolo, en cuyo triste estado encontrábase, según memorias, en el año 1470.
De hospital a Cementerio de pobres

En esta época de grandes trastornos en Córdoba por las cuestiones ya contadas en esta obra entre el obispo Solier y don Alonso de Aguilar, ausente el primero, el Cabildo eclesiástico, viendo abandonado y casi hundido el hospital, dispuso cerrarlo con una tapia y establecer en él el cementerio de los pobres que fallecían en el de San Sebastián, entonces el mejor con que contaban los cordobeses. Conservose, sin embargo, la iglesia con sus imágenes, altares y alhajas, llegando así hasta el primer tercio del siglo XVIII, pues siendo tal vez la parte más fuerte del edificio resistió las avenidas del río y entre ellas la mayor, o sea la de 1481, que derribó casi la totalidad de aquel hospital.

Por este tiempo o pocos años después sacaron de aquel sitio el sepulcro del fundador y colocaron los restos en el muro del coro antiguo de la Santa Iglesia Catedral. Después los trasladaron a la capilla mayor nueva, y permanece bajo el órgano antiguo, con una inscripción que en 1607 hizo poner el obispo don Diego Mardones.

Concluimos el siglo XV y entramos en el XVI con el hospital de los Ahogados o de Nuestra Señora de la Guía, nombre que tomó la imagen referida desde el día de la batalla del Campo de la Verdad, convertido en cementerio de los pobres muertos en el de San Sebastián, si bien conservándose la iglesia como una ermita. En 1515 el obispo don Martín Fernández de Angulo agregó del todo el primero al segundo, inclusas las alhajas y objetos del culto. Entonces fue cuando quedaría la Virgen sobre el muro de fachada, permaneciendo así hasta nuestros días, porque el interior de la iglesia se destinó a graneros de la Fábrica de la Catedral y el resto del solar siguió de cementerio hasta 1593, que se concedió terreno para este objeto dentro del mismo hospital de San Sebastián, quedando aquel sitio convertido en un corral cercado, donde se fundían las campanas y efectuaban otras operaciones de las dependencias del Cabildo y de palacio.

Mas no le bastó esto para que lo fuesen también abandonando, hasta que la Ciudad se incautó del terreno y, pasados muchos años, perdidas las memorias del hospital y de quiénes eran sus propietarios, la vendiese al seminario de San Pelagio para la ampliación del mismo en 1735, que empezaron a abrir cimientos para caballerizas y otras oficinas. Mas viendo la multitud de restos humanos que exhumaban se concretaron a tomar sólo una parte, o sean los miradores que tiene el colegio hacia el río, dejando la restante, o sea lo ocupado actualmente por el paseo del Triunfo.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Los Infantes de Lara




Paseando por la calle Cabezas, muy cercanos al palacio de los marqueses del Carpio, se ubica una pequeña callejita arqueada donde al parecer en su momento estuvieron expuestas las cabezas de los infantes de Lara. Legendaria tradicción cordobesa rememorada cada vez que paseamos por el lugar,... pero realmente que tiene todo esto de cierto, entramos en el camino de la leyenda o nos encontramos ante un hecho histórico, corroborado y demostrado documentalmente. A continuación expongo un resumen de las circunstancias históricas y posteriormente plasmo las conclusiones del enciclopedista Menendez Pidal, con ellas podremos sin duda acercarnos un poquito mas a la verdad....

Los siete infantes de Lara (también puede encontrarse como los siete infantes de Salas) es una leyenda conocida a partir de textos conservados en crónicas medievales, cuyo testimonio más antiguo figura en la versión ampliada de la Estoria de España compuesta durante el reinado de Sancho IV de Castilla, antes de 1289, que fue editada por Ramón Menéndez Pidal con el nombre de Primera Crónica General.[1] A partir del relato de las crónicas (también figura en la Crónica de 1344 o Segunda Crónica General y en una interpolación a la Tercera Crónica General cuya copia data de 1512) Ramón Menéndez Pidal encontró indicios de la existencia de un antiguo cantar de gesta desaparecido que reconstruyó parcialmente y dató hacia el año 1000, y que sería, junto con el Cantar de mio Cid y el Poema de Fernán González, uno de los más importantes cantares de gesta de la literatura castellana y el ejemplo más primitivo de épica española. La tradición ha elaborado la leyenda también en el romancero.

Los infantes de Lara eran hijos de Gonzalo Gustioz (o Gustios) y Sancha Velázquez, mejor conocida como Doña Sancha. La historia gira en torno a una disputa familiar entre la familia de Lara y la familia de Ruy Velázquez y su hermana Doña Sancha. El motivo más destacable es el de la venganza, principal motor de la acción.

Descripción de la leyenda

Según la versión transmitida por la leyenda contenida en la versión sanchina de la Estoria de España, que podría recoger un antiguo cantar de gesta compuesto hacia el año 990, en el transcurso de las bodas entre Doña Lambra —natural de Bureba— y Rodrigo Velázquez de Lara, más conocido como Ruy Velázquez, y también llamado Roy Blásquez —hermano de Doña Sancha, madre de los infantes—, se enfrentan los familiares de la novia con los de Lara. De ese enfrentamiento resulta muerto Álvar Sánchez, primo de Doña Lambra, a manos de Gonzalo González, el menor de los siete infantes de Lara.

Más adelante Gonzalo González es visto por Doña Lambra mientras se baña en paños menores, suceso que Doña Lambra, al considerarlo como una provocación sexual a propósito, interpreta como una grave ofensa. Doña Lambra, aprovechando este lance para vengar la muerte de su primo Álvar Sánchez, que no ha sido satisfecha aún, responde con otra afrenta al ordenar a su criado arrojar y manchar a Gonzalo González con un pepino relleno de sangre, ante la risa burlesca de sus hermanos. Gonzalo reacciona matando al criado de Doña Lambra, que había ido a refugiarse bajo la protección del manto de su señora, que queda asimismo salpicado de sangre.

Estos sucesos provocan la sed de venganza de Doña Lambra. Por ello, su marido Ruy Velázquez urde un plan por el que Gonzalo Gustioz, señor del enclave de Salas, es enviado a Almanzor con una carta cuyo contenido indica que sea matado el portador de la misiva. El padre de los infantes desconoce el contenido de la carta porque está escrita en árabe. Almanzor se apiada de Gonzalo Gustioz y se limita a retenerlo preso, pues considera excesivo el sufrimiento de su cautivo, que es aliviado por una hermana del propio Almanzor. De ambos nace un hijo llamado Mudarra, quien más adelante será adoptado por Sancha Velázquez. Años más tarde este hijo, aunque bastardo, vengará, matando a Ruy Velázquez, el crimen cometido a sus hermanastros, ya que los siete hermanos de Lara habían sido dirigidos hacia una emboscada ante tropas musulmanas en la que, a pesar de su valía guerrera, son decapitados y sus cabezas remitidas a Córdoba. Allí serán contempladas dolorosamente por su padre Gonzalo Gustioz en uno de los plantos más emotivos de toda la epopeya castellana.

El anillo de Gonzalo Gustioz o anillo de Mudarra
En la prosificación del cantar, Gonzalo Gustioz finalmente es liberado. Justo antes de partir, la hermana de Almanzor, que durante el cautiverio se había acostado con Gonzalo Gustioz, le comunica que está embarazada de él (el niño será Mudarra). Gonzalo Gustioz ve aquí una posible vía para vengarse de Ruy Velázquez, así que toma un anillo y lo rompe en dos pedazos, dándole una parte a ella y quedándose él con la otra mitad. Mudarra recibe este medio anillo como herencia, siendo posteriormente reconocido por su padre Gonzalo al juntar las dos partes y ver que encajan perfectamente. En la prosificación del cantar de la Crónica de 1344[3] o Segunda Crónica General, Gonzalo Gustioz queda ciego con el paso de los años, y al juntar el anillo se produce un milagro: él recupera la vista y el anillo queda unido permanentemente. En opinión de Ramón Menéndez Pidal, la trama secundaria del anillo y su uso para el reconocimento de padre e hijo, es una de las muchas pruebas del origen germánico de la épica española.

La exhibición de reliquias de los siete infantes de las leyendas y obras literarias ha sido, desde antiguo, empeño de varios monasterios, pues la vinculación con prestigiosos héroes (ya fueran reales o ficticios) proporcionaba a estos establecimientos eclesiásticos un aumento de los recursos económicos y los peregrinos atraídos por los mismos. Así, los pretendidos sarcófagos de los siete infantes de Lara se muestran en el Monasterio de San Millán de Suso, aunque los restos que pretenden ser los de los hermanos asesinados han sido disputados por otros monasterios, como el de San Pedro de Arlanza; también la iglesia de Santa María de Salas de los Infantes afirma guardar sus cabezas, y exhibió mucho tiempo siete cráneos que eran tenidos por los de los siete hermanos; por otro lado, en la Catedral de Burgos se dice que se halla el sepulcro de Mudarra. La disputa por la posesión de reliquias de célebres héroes, conocidos legendariamente, ha sido habitual desde la Edad Media hasta nuestros días.

En la conferencia dada por don RAMON MENENDEZ PIDAL en Córdoba, año 1951 se expone que:

Los cordobeses tenían olvidada esa calleja. ¿Desde qué fecha? Parece ser que fue en el pasado siglo cuando se cerró su entrada por la calle Cabezas. Tenemos un dato que fecha la ocultación de la calleja muy a principios del siglo XIX o algo antes.

Cuando el insigne cordobés don Angel de Saavedra, futuro duque de Rivas, escoge, para iniciar la revolución romántica, la leyenda tan cordobesa de los infantes de Lara, y en el destierro de 1823 escribe El moro expósito, los recuerdos sacados de la patria acuden a la mente del poeta siempre insistentes y gratos. Habla mucho de su ciudad natal, de Córdoba, en los versos y en las notas que les añade, pero en el romance cuarto refiere que Giafar, el rival de Almanzor, el que tienen prisionero al padre de los infantes, después de mostrar a éste las cabezas de sus hijos, las coloca como bárbaro trofeo a las puertas de su alcázar, de donde Zaide, el ayo de Mudarra, las recoge para enterrarlas en el jardín de su castillo. No hay aquí nota alguna que aluda a la tradición cordobesa.

Parece, pues, que don Angel de Saavedra, en su primera juventud, que va del último decenio del siglo XVIII al primer cuarto del XIX, no había oído nada de la calleja, ni se había fijado su atención en los arquillos que pudo leer en la Historia escrita por Morales.

Ambrosio de Morales nos informa que en su tiempo, es decir, hacia 1580, cuando escribe su Historia, era señalada la antigualla que hoy nos ocupa. “En Córdoba, escribe Morales, hay hasta agora una casa que llaman de las Cabezas, cerca de la del marqués del Carpio, y dicen tomó este nombre por dos arquillos que allí se ven todavía, sobre que se pusieron las cabezas de los infantes” (libro XVI, capítulo 46). Se conoce que la callejuela estaba muy obstruida con añadidos que impedían ver más de dos arcos...

La calleja, pues, en sus siete arcos (actuales, una vez derribados los obstáculos) muestra el origen de la tradición: cada arco, según la imaginación popular, habría de tener una de las siete cabezas, y esta invención es anterior al siglo XVI, en que Morales no veía más que dos arcos. Estamos, pues, en presencia de una tradición medieval, quién sabe de qué antigüedad; tradición que en tiempos del gran historiador comenzaba a perder fuerza, ya que había perdido el apoyo numérico en los arcos visibles que no llenaban la mágica cifra impar. La obstrucción de la calleja debió de comenzar en los primeros decenios del año 1500, cuando la casa llamada de las Cabezas sufrió una gran reedificación.
En la niñez de Morales, poco más o menos hacia 1520, cuando el gran historiógrafo tenía siete años, dicha casa era toda ella de tipo árabe: “Agora todo aquello está labrado de nuevo, mas siendo yo pequeño, edificio había allí antiguo morisco, harto rico, y decían haber sido allí la prisión y cárcel donde Gonzalo Gustioz estuvo.”

Pero ¿quién era este Gonzalo Gustioz y quiénes estos infantes de Lara?
Córdoba me da… el recuerdo de uno de los primeros y más emocionantes de mis hallazgos literarios…; estudiando las numerosas crónicas guardadas en la Biblioteca Nacional, al tomar un gran infolio, digno de extender sus tapas sobre las espaldas de un facistol catedralicio, se abre al azar el voluminoso tomo por un capítulo encabezado… con grandes letras góticas de a pulgada que decían: “Alicante… comenzó de andar por sus jornadas fasta que llegó a Córdoba, e esto fue un viernes, viéspera de sant Cebrián.” El nombre de Córdoba y la fecha, víspera de San Cipriano, trajeron a mi memoria un hermoso romance de los Infantes de Lara que comienza:

Pártese el moro Alicante
víspera de San Cebrián;
ocho cabezas llevaba,
todas de hombres de alta sangre…

(…) La vieja leyenda, tal como la contaba un cantar de gesta prosificado en la Crónica General iniciada por Alfonso el Sabio, comenzaba contando que en tiempos del conde Garci Fernández (finales del siglo X) se celebraron en Burgos las magníficas bodas del ricohombre Ruy Velázquez con doña Lambra. La alegría de las fiestas se ve malamente turbada por una disputa sobre los deportes caballerescos allí ejercitados; se llega a palabras ofensivas entre la novia y su cuñada, la madre de los siete infantes; ocurren también homicidios; con otras graves injurias que dan origen a una mortal enemistad entre las dos familias. Los llantos desesperados de la novia hacen que Ruy Velázquez, fingiendo reconciliación, envíe a su cuñado Gonzalo Gustioz, señor de Salas, padre de los siete infantes, como embajador a Córdoba, so pretexto de pedir a su gran amigo Almanzor ayuda pecuniaria para atender a los desmesurados gastos que las bodas le habían ocasionado.

Le envía con una carta traidora escrita en árabe, en la cual decía al moro que hiciese matar al mensajero, y que después él le entregaría a los siete infantes, grandes defensores de Castilla, induciéndoles a ir en guerra sobre la frontera de Almenar, donde el capitán moro Galbe los podía sorprender y dar muerte. Vista por Almanzor la insidiosa carta, se compadeció de Gonzalo Gustioz y se limitó a hacerle echar en prisión, mandando a la princesa su hermana que guardase y atendiese al prisionero castellano. Y así acaeció que pasando los días se hubieron de enamorar la princesa mora y el señor de Salas, y de ambos nació un hijo, Mudarra, que después fue gran caballero, como la leyenda dirá.

Antes que estas aventuras se realizasen y sabiéndose sólo en Castilla que Gonzalo Gustioz cumplía su embajada, Ruy Velázquez invitó a sus sobrinos los siete infantes para ir con él en cabalgada contra tierra de moros en el campo de Almenar. En el camino, el ayo de los siete jóvenes les quiere disuadir de la guerra a que van, pues ve agüeros muy contrarios; pero los infantes se empeñan en seguir adelante y, según el traidor había dispuesto, les sorprende el capitán moro Galbe, les cerca, les rinde, y acuciado por el traidor Ruy Velázquez los degüella, y lleva las siete cabezas a Córdoba. Esta era la costumbre de los ejércitos musulmanes: sus victorias eran anunciadas siempre por carretadas de cabezas de los enemigos vencidos, las cuales eran expuestas sobre las almenas de los muros de Córdoba, y a veces llevadas después a otras ciudades, y hasta enviadas al África como testimonio del éxito militar.

Las cabezas de los siete infantes son presentadas por Almanzor a su prisionero Gonzalo Gustioz. Ésta es la escena de mayor fuerza trágica en la terrible leyenda. Gonzalo Gustioz coge una a una las desfiguradas cabezas de sus hijos, las limpia del polvo y de la sangre que las cubría y cumple con cada una el deber ritual hacia el difunto, dedicándole un lamento y un elogio fúnebre.

Toda Córdoba compadecía el dolor del prisionero, y Almanzor le dio libertad para que volviese a Castilla, llevando consigo las siete cabezas. Gonzalo Gustioz, al despedirse de la princesa mora, sueña en una posible venganza; se quita un anillo, y partiéndolo en dos, da a ella una mitad como señal por donde pudiera reconocer al hijo de ambos, cuando fuese crecido y se lo enviase. Allá en Salas, Gonzalo Gustioz arrastra una triste vida, viejo, sin amparo, sin poderse vengar de Ruy Velázquez, quien, a pesar de su traición en connivencia con Almanzor, seguía poderoso y honrado en la corte del conde Garci Fernández.

Así pasaron muchos años hasta que un día llega a Salas el hijo nacido en Córdoba, Mudarra, con 200 caballeros moros, y se da a conocer mostrando el medio anillo. Pasadas las primeras alegrías del reconocimiento, se dirigen Mudarra y su padre Gonzalo Gustioz a Burgos, y al entrar en el palacio condal, hallan allí, con el conde, al traidor Ruy Velázquez. Mudarra le desafía y le mata, vengando así la muerte de los siete infantes y la prisión del padre...

...Esta leyenda, contada en esta crónica del siglo XIII, según un cantar de gesta anterior, tiene un aspecto histórico; dos de sus personajes, el conde Garci Fernández y Almanzor, son conocidamente históricos; como narración histórica la consideran las crónicas medievales, y lo mismo hicieron los principales historiadores desde los primeros tiempos modernos hasta Berganza, a comienzos del siglo XVIII. Después Ferreras, Masdeu, Lafuente, etc., hablan del suceso, pero negándole crédito. La cuestión parecía resuelta en este sentido. Sin embargo, en el estudio que hice de este tema en 1896, volví a abogar por un considerable fondo histórico en el relato legendario.

La afirmativa o la negativa tienen un interés científico de gran alcance. Una de las cuestiones que con más ardor se discuten desde comienzos del presente siglo en el campo de la crítica literaria es la historicidad de la epopeya, como que de esa cuestión depende el concepto que sobre la esencia de este gran género de poesía cabe formar.

La crítica que podemos llamar tradicionalista afirma la poesía épica de la Edad Media como un género tradicional, esto es, un género cuyas producciones nacen coetáneamente a los sucesos que celebran, y luego se elaboran, mucho o poco, en el curso de su transmisión a las generaciones subsiguientes, revistiendo así el carácter de una poesía popular o nacional. De este modo, con matices muy varios, piensan Gastón Paris, Milá y Fontanals, Pío Rajna, Ferdinand Lot y tantos otros, yo entre ellos.

La crítica que llamaremos individualista afirma, por el contrario, que los cantares de gesta nacen mucho después de los sucesos tratados, inspirándose en alguna antigua crónica, en algún poema latino o en una leyenda oral, ni más ni menos que Walter Scott se inspiraba para escribir cualquier novela histórica, y son obra de un solo individuo. Así, en una u otra manera, piensan Philippe Auguste Becker, Joseph Bédier, Camille Julien y muchos otros modernos.

Las gestas, según este individualismo, carecen de todo interés histórico, son juegos de imaginación fraguados por poetas tardíos. Por el contrario, según el tradicionalismo, la epopeya tiene un profundo valor histórico, pues arrastra siempre consigo materiales de la coetaneidad en que nació.

Debemos, pues, escrutar en particular la historicidad de la leyenda de los Siete Infantes, a pesar de la común opinión de los historiógrafos modernos que, sin especial examen, la trataron como leyenda totalmente ficticia. Ya, según he indicado, cuando la estudié por primera vez, en 1896, sugerí algún fundamento real, haciendo notar la identificación del moro Galbe de la leyenda con el célebre Gálib, muerto en 981, gobernador de la frontera castellana durante la vida del conde Garci Fernández, y a cuyo lado hizo Almanzor sus primeras armas contra los cristianos. Hacía valer también otros rasgos, como el hecho de colocar la frontera al norte del Duero, cosa que no podía ocurrírsele a un poeta del siglo XII o XIII, sino viéndose constreñido a ello por una tradición ya consagrada.
Bastantes años después, leyendo al gran historiador cordobés Aben Hayán, me salió al paso la solución precisa del problema.

En el largo resumen que la Crónica General del siglo XIII da del cantar de gesta, se distinguen claramente dos partes. La primera mitad es de fuerte sabor realista: las fiestas, las disputas, los altercados, los homicidios en las bodas y en las tornabodas de Ruy Velázquez, la íntima amistad de este ricohombre castellano con Almanzor en las rencillas de los cristianos, los agüeros, superstición militar muy medieval, los largos incidentes de la cabalgada en la frontera del Duero, la presencia de Garci Fernández y de Galbe…, todo rebosa exacto particularismo de la vida hispana en los últimos decenios del siglo X. Por el contrario, la segunda mitad de la leyenda es de tono abiertamente novelesco: la princesa guardiana de un prisionero y enamorada de él, episodio que figura en numerosas ficciones de varios pueblos; el anillo partido en señal de reconocimiento, tema de muchos cuentos; el hijo bastardo vengando el honor de la familia legítima, asunto de varias gestas, como la de la Reina calumniada, y otros temas así que se repiten en diferentes relatos.

Almanzor en esta segunda parte ya no figura con sus rasgos históricos, sino con el rasgo novelesco de mandar a su hermana que cuide del prisionero Gonzalo Gustioz, y con el de amar paternalmente al bastardo Mudarra.

A pesar de todo esto, hay algo en la primera mitad que parece, más que real, invención caprichosa y lo que es peor, invención inhábil. ¿Cómo Ruy Velázquez y sus sobrinos los siete infantes, teniendo en Córdoba ante Almanzor un mensajero amistoso, atacan sin motivo ninguno la frontera musulmana? ¿Cómo los sobrinos no ven que, al entrar en cabalgada devastadora por la frontera de Almenar, comprometen la situación de su padre y el éxito de la embajada que el padre había llevado a Córdoba? Con razón Gastón Paris no comprendía la imprudencia de tal ataque fronterizo, y suponía malamente que la embajada de Gonzalo Gustioz debía de ser un torpe añadido posterior a la primitiva leyenda.

Después, también parece contrario al realismo de la primera parte de la leyenda el que en Córdoba se aprisionase a un mensajero, atropellando la inmunidad del embajador, que en la cultísima corte califal era escrupulosamente respetada. Recordemos un ejemplo. El ya citado Aben Hayán, refiriendo una embajada de la monja Elvira, tutora del rey de León, cuenta que los embajadores, puestos ante el trono de Alhakén II en el palacio de Medina Azahara, comenzaron su discurso con palabras injuriosas (probablemente algún fanático concepto contra la religión islámica), palabras tan descomedidas que el califa, a voz en grito, arrojó de su presencia al intérprete, mandándole castigar muy mal, y arrojó también a los embajadores, haciéndoles saber que, a no haberle detenido la inmunidad del cargo que traían, hubieran sido castigados igualmente.

Por esto, la prisión de Gonzalo Gustioz, presentando la corte de Córdoba como bárbara conculcadora del derecho de gentes, parece novelesca, no histórica, y más cuando la vemos adornada con el detalle de la carta traidora, evidentemente ficticio: es la carta pérfida que figura en otras ficciones de otras literaturas. Y, sin embargo, esas dos acciones chocantes (el ataque militar cuando está pendiente una embajada amistosa y el encarcelamiento del embajador) se dieron en un preciso momento del siglo X: en Castilla, el mensaje pacífico, desmentido injustificadamente por un ataque guerrero, y en Córdoba, la violación de la inmunidad del mensajero.

Reduzcamos a esquema esencial la primera parte de la leyenda, la parte realista, y nos bastará esto: gobernando a Castilla el conde Garci Fernández, un ricohombre de su corte, Ruy Velázquez, envía a Gonzalo Gustioz con embajada de amistad a Córdoba. Estando pendiente la embajada, Ruy Velázquez, con sus sobrinos los siete hijos del mensajero, ataca la frontera de los moros por Almenar, en tierras de Soria. En aquella frontera, el moro Galbe mata a los siete infantes. El trofeo de sus cabezas llega a Córdoba la víspera de San Cebrián.

Ahora bien: Abén Hayán refiere que en agosto del año 974, el conde de Castilla Garci Fernández había enviado embajada al califa de Córdoba para afirmar la pacífica amistad que hacía años existía entre ambos Estados. Mientras los embajadores cumplían su misión, el conde Garci Fernández atacó inopinadamente la frontera de Deza, en tierras de Soria, y derrotó a los valíes de aquel distrito, subordinados de Gálib, gobernador de aquella frontera. Al saber esto, el califa, indignado, mandó expulsar a los embajadores castellanos, respetando su inmunidad; pero como ellos se resistiesen a la orden de expulsión, los mandó prender y los encarceló muy duramente.
La noticia del rebato de Deza, que causó la indignación del califa, llegó a Córdoba el 12 de septiembre.

Los sorprendentes puntos de semejanza en tiempos, lugares y personas entre una y otra serie de hechos son nada menos que siete:

1º Firme paz y amistad entre Burgos y Córdoba.

2º Embajada amistosa enviada a Córdoba por el conde Garci Fernández o por un ricohombre de ese mismo conde.

3º Esa embajada es desmentida extrañamente por un ataque guerrero de los castellanos.

4º El ataque se realiza por la frontera de Soria, por Deza o por Almenar.

5º En esa frontera actúa Gálib, según la Historia; Galbe, según el cantar de gesta.

6º Los embajadores o el embajador, a pesar de la inmunidad propia de su cargo, son presos en Córdoba...
Tantas semejanzas me habían bastado para identificar seguramente los dos sucesos cuando por primera vez aproximé los dos relatos en 1929; pero después, calculando fechas, caí en la cuenta de una semejanza más:

7º La noticia de la agresión dirigida por Garci Fernández sobre la tierra de Deza llegó a Córdoba el 12 de septiembre, y las cabezas de los siete infantes caídos en la frontera de Almenar llegaron a Córdoba la víspera de San Cebrián.
¡Cuál no sería mi sorpresa cuando, al hacer averiguaciones sobre la fiesta del famoso obispo de Cartago, San Cipriano, me encuentro con que, según el calendario del siglo X, se celebraba el 14 de septiembre, antes de que se trasladase al 16 para dejar su día a la fiesta de la Exaltación de la Cruz! De modo que, según el cantar de gesta, las cabezas de los infantes que llevaban la noticia de la cabalgada sobre Almenar llegaron a Córdoba la víspera de este santo, esto es, el 13 de septiembre, un día después que la noticia de la cabalgada sobre Deza.
Esa sorprendente coincidencia vino a remachar firmemente la certeza de la identificación, bien firme ya antes de apoyarse en esta última evidencia.

La cabalgada de los infantes sobre Almenar fue, pues, el incidente desgraciado de unos cuantos muertos cristianos, en la victoriosa cabalgada que sobre Deza dirigió el conde Garci Fernández, rompiendo la paz con el Islam. Deza y Almenar distan entre sí sólo 25 kilómetros, y las incursiones fronterizas abarcaban extensiones mayores de terreno. Hasta 80 kilómetros se extiende la incursión que describe el Poema del Cid por las riberas del Henares...
(…) Por lo demás, el ambiente que envuelve la primera parte de la gesta de los infantes es de una verdad histórica bien extraña, que no se repitió en la historia de España con los caracteres que se dan en la segunda mitad del siglo X. Ese Ruy Velázquez tan amigo del moro de Córdoba que puede pedirle dinero para los gastos de las bodas; que le encomienda una venganza exigida por la novia; ese ricohombre castellano que después de cometida la traición de acuerdo con el moro, sigue honrado en la corte de Castilla, refleja perfectamente un singular período, no sólo la larga paz y amistad entre los cristianos del Norte y el califato cordobés, sino de sumisión, de mediatización sufrida por todos los Estados cristianos, intervenidos y casi gobernados por los califas Abderramán III y Alhakén II, desde 959, en que Sancho el Gordo de León y la orgullosa reina Toda de Navarra van a humillarse ante Abderramán III para obtener su auxilio, hasta el año 974 en que el conde Garci Fernández rompe inesperadamente la paz, agrediendo en Deza. Son quince años de majestuosa hegemonía de Córdoba sobre todos los Estados cristianos del Norte.

Éstos, sumisos a una poderosa mediatización, acuden continuamente a Córdoba ante el trono del califa en el palacio de Azahara. Se suceden frecuentes embajadas, cuyo rendido acatamiento se complace en destacar Aben Hayán. Embajadas de los reyes de León, de Sancho el Gordo o de Ordoño el Malo, o del niño Ramiro III y su tutora la monja Elvira; embajadas del rey de Navarra, García Sánchez y su tutora la reina Toda; embajadas varias del conde Borrell de Barcelona; embajadas del conde de Galicia Rodrigo Velázquez, o del conde Fernán Laínez de Salamanca, o de Fernando Ansúrez, conde de Carrión, etc.

Del embajador Gonzalo Gustioz ninguna historia árabe dice una palabra, pues nunca dan el nombre de los enviados. Que una historia latina hablase de él, ni pensarlo siquiera. Las concisas crónicas latinas, pobrísimas de pormenores, no se permiten nombrar más que la persona del rey y la de los enemigos con que el rey tiene que combatir.

Sólo será posible hallar el nombre de ese emisario en algún documento notarial de los conservados en los archivos eclesiásticos. Y en efecto, diez documentos de los monasterios de Cardeña y de Arlanza, y de la catedral de Burgos, nombran al padre de los infantes y a su hijo mayor Diego. Por esos documentos sabemos que Gonzalo Gustioz fue poblador de Salas, y que fue potestad o gobernador de la tierra de Juarros, incluida al Norte en la Alfoz de Lara.

Los diez documentos pertenecen a los años 963, 969, 970, 971,972, 974 y 992. La presencia de Gonzalo Gustioz es, pues, frecuente en la docena de años que va desde 963 a 974, en que el nombre se repite en nueve documentos; después, contrastando con tanta frecuencia, hay un vacío de dieciséis años en que el nombre no reaparece, hasta que en 992 se halla en el décimo y último documento. Reparemos ahora que la ocultación de Gonzalo Gustioz en esta colección diplomática que he podido reunir ocurre a partir del documento fechado en 974; fecha reveladora: es el año de la embajada pacífica de Garci Fernández, seguida de la acometida bélica contra la frontera de Soria.

Todo, pues, sucede en nuestros diez documentos como si Gonzalo Gustioz hubiera ido con los embajadores de Garci Fernández y hubiera sufrido en Córdoba una larga prisión de todos o parte de esos dieciséis años en que no tenemos de él noticia documental ninguna. Por desdicha, la Historia de Aben Hayán ha llegado a nosotros incompleta, y quedando interrumpida después de contarnos la prisión de los embajadores castellanos, no sabemos la suerte ulterior de los prisioneros. Lo más probable es que sufrieron un largo encarcelamiento, toda vez que a la injustificada ruptura de paz por Garci Fernández siguió un largo periodo de guerras del que forman parte las tan reiteradas incursiones de Almanzor.

El profesor Angelo Monteverdi, a nombre de la crítica individualista, objetó sobre la identificación de la cabalgada legendaria contra Almenar con la cabalgada histórica contra Deza, preguntando extrañado: si ambas pertenecen a un mismo suceso, ¿por qué la acción desdichada de los siete infantes en Almenar hubo de ser cantada por los castellanos, y en cambio la acción gemela, pero victoriosa, de Garci Fernández en Deza no mereció ser recordada?
La objeción es injustificada de todo punto. Con sobrada razón se ha dicho que la derrota es la musa épica por excelencia.

El desastre militar inspira las más famosas gestas francesas, la Canción de Roland, el Aliscans. La derrota y prisión del príncipe Igor es el tema de la más famosa gesta rusa. La infausta batalla de Kossovo constituye el más popular canto servio.

La mayoría de nuestros romances fronterizos cuentan derrotas sufridas por los cristianos en la guerra de Granada, y tan grande es la propensión de esos romances a los temas trágicos, que las victorias cristianas prefieren mirarlas desde el campo moro, como derrotas; así cantan el dolor del rey de Granada por la pérdida de Alhama o por la de Antequera, y no la alegría de los cristianos por tales conquistas. La aflicción de la desgracia tiene una fuerza purificadora (desde Aristóteles era sabido), tiene un valor poético de que carece el orgullo del éxito.

La victoria de Garci Fernández en Deza es muy probable que fuese cantada, pero ese canto, si existió, no se mantuvo en la tradición. En cambio, es preciso suponer que a fines del siglo X un poeta anónimo de Castilla compuso un canto noticiando la muerte de los jóvenes caídos en la frontera de Almenar con la prisión de Gonzalo Gustioz en Córdoba, y que ese canto fue impresionante y muy repetido en aquellos lúgubres días en que el poderío de los ejércitos musulmanes tenía abrumada, subyugada toda la cristiandad hispana. Ese canto noticiero se refundió, con la adición de un complemento, la invención de Mudarra, nacido en Córdoba para vengar la muerte de los siete infantes castellanos; con ese epílogo se redondeaba poemáticamente la trágica acción.

El poema, el cantar de gesta, se propagó por todas partes:
“arte de ciego juglar
que canta viejas fazañas
y con un solo cantar
cala todas las Españas”.

Las Crónicas Generales de la nación, desde el siglo XIII, acogieron el martirio de los siete infantes y la venganza de Mudarra como parte esencial de los fastos nacionales; los historiadores de la Edad Moderna, Garibay, Morales, Mariana y sucesores, incluyeron también el relato épico; lo tomó como tema escénico el teatro, desde Juan de la Cueva a Lope de Vega, Hurtado Velarde, Matos Fragoso y varios otros; trataron esta leyenda a comienzos del siglo XIX el conde de Noroña, Altés y Gurena y Joaquín Francisco Pacheco; el duque de Rivas, desterrado, entre todos los recuerdos de su amada Córdoba, escoge el de los infantes de Lara como tema de su revolucionario manifiesto romántico; después el padre Arolas, Somoza, García Gutiérrez, Fernández y González y otros renuevan en varios modos el viejo tema.

Por su parte, Córdoba cultivó siempre como propia la lúgubre y dolorosa leyenda. La atrajo así cuanto pudo. El paso más audaz fue el prescindir de la frontera del Duero. Esa frontera era bien real en el siglo X, pero resultaba inconcebible cuando la reconquista avanzó hasta el sur de España, de modo que fue inevitable el colocar la acometida y la muerte de los infantes en Andalucía.

Ya un Sumario de Crónicas de España, hecho a fines del siglo XIV, decía que los siete infantes “fueron muertos cerca de Córdoba”; y Ambrosio de Morales precisa que la muerte fue “en el campo de Albácar, castillo famoso a cuatro leguas de Córdoba, donde las sierras abren ancho llano para se poder dar una batalla”. Ese castillo de Albácar está efectivamente a cuatro leguas de Córdoba, sobre el río Guadiato, y allí se señala un campo de Arabiana, quizá nombre erudito colocado allí para competir con el Arabiana de Soria. En 1615, Ambrosio de Salazar, maestro de español en la corte de París, en una violenta discusión lexicográfica con el gramático francés César Oudin, también maestro de español, le corrige (muy sin razón por cierto) el significado de la voz tremedal, diciéndole “que es un montón de piedras como el que está en los campos de Arabiana, junto a Córdoba, no sé si pasaste por allí…, donde hay un calvario que es donde murió Gonzalvillo, el menor de los Laras”.

Salazar usa aquí la voz calvario en el mismo sentido que montículo; y a este propósito recuerdo que un erudito cordobés del pasado siglo, Luis Ramírez Casas-Deza, en un artículo publicado en el Semanario Pintoresco de 1849, sobre la muerte de los siete infantes, escribe: “en la misma Córdoba se designa otro sitio de sus muertes a una legua de la ciudad, cerca del santuario de Nuestra Señora de Linares, y allí se ven como señales siete montones de piedras que se han ido formando desde tiempos muy antiguos”. Esa misteriosa frase, “se han ido formando”, se refiere evidentemente a la muy vieja costumbre existente entre muchos pueblos, de señalar el sitio donde ha ocurrido una muerte violenta, arrojando el transeúnte en aquel lugar una piedra, acompañada de una oración o una maldición según la calidad de la víctima; de modo que los siete montículos en Nuestra Señora de Linares o en el campo de Albácar, formados desde tiempos muy antiguos, nos revelan un culto popular a la memoria de los jóvenes burgaleses caídos en defensa de la fe religiosa y de la fe civil de la España reconquistadora.

No sé si todavía hoy se conserva algún resto de esa piadosa práctica en la campiña de Córdoba. Muy interesante sería el indagarlo. En cuanto a la ciudad, bien sabemos que no ha olvidado el recuerdo y el cultivo de esa multisecular tradición nacional, a la cual ha dado la más alta expresión artística de los tiempos modernos el cordobés autor de El Moro expósito.

Y en esa tenaz recordación es bien de notar que con los escritores siempre colaboró el vecindario; lo que nos lleva a reincidir en la antigualla que hoy inauguramos, trayendo aquí un acuerdo del Cabildo de la ciudad tomado el 6 de octubre de 1553… referente a la calle de las Cabezas: “Su señoría dio licencia a Rodrigo Alonso, jurado, para que pueda hacer una portada y poner siete cabezas, y que diga que son las de los siete infantes de Lara, y que es la calle de ellos; que para lo hacer se le dio licencia en forma, para que la pueda hacer sin pena alguna.” Ignoro si esa portada se hizo efectivamente, pero podemos asegurar que el intento del jurado Rodrigo Alonso no fue el que originó la aplicación de la leyenda a la calle en cuestión.
Las palabras de Ambrosio de Morales referentes a la casa de las Cabezas con sus dos arquillos, nos dicen, según al comienzo expusimos, que el nombre remonta a tiempos muy anteriores en que se veían siete arcos, los siete con que la acertada restauración de hoy ha restituido esta olvidada calleja de la ciudad a un estado medieval que ya no era conocido en tiempo de Ambrosio de Morales.

(…) Este rincón de vuestra hermosa ciudad encierra en su estrechez grandes y valiosos recuerdos, que se extienden sobre muy esenciales aspectos de la historia política y de la historia cultural de España a través de siglos y siglos.